Jesús te Ampare

En política existe una diferencia enorme entre la popularidad de escritorio y la popularidad de calle.

La primera se construye con encuestas, boletines oficiales, campañas digitales y narrativas repetidas hasta el cansancio.

La segunda se mide en el espacio público, donde no hay filtro, ni edición, ni margen para acomodar cifras. Ahí el juicio ciudadano suele ser brutalmente sincero. Un estadio lleno, por ejemplo, vale más que cien conferencias de Prensa.

La presidenta Claudia Sheinbaum aparece, según diversas mediciones demoscópicas, con altos niveles de aprobación.

Nada extraño en los primeros años de gobierno: la ciencia política demuestra que muchos mandatarios gozan de una “luna de miel” inicial, impulsada por expectativas, disciplina partidista y control de agenda pública.

Pero la historia mexicana enseña que la verdadera prueba no siempre ocurre en las urnas o en los sondeos, sino cuando el gobernante se enfrenta al ánimo espontáneo de la multitud.

Y pocas multitudes son tan sinceras como las del fútbol.

Con la próxima inauguración del campeonato mundial, México volverá a colocarse frente a los ojos del planeta. Sería una ocasión inmejorable para medir esa popularidad tan anunciada.

Si la presidenta acudiera al estadio, sabría en segundos lo que muchas encuestas demoran semanas en procesar: si el pueblo la aclama con vítores o la recibe con rechiflas. No habría margen para interpretación sofisticada. El sonido colectivo hablaría por sí mismo.

Los antecedentes nacionales no son alentadores para el poder.

En México, los estadios han sido escenarios donde la ciudadanía descarga frustraciones acumuladas.

El caso más recordado ocurrió con José López Portillo, quién tras la crisis económica, la devaluación y el desplome de confianza pública fue severamente abucheado en apariciones públicas al final de su mandato.

Muchos historiadores y cronistas lo ubican entre los presidentes más repudiados en eventos masivos de la era moderna.

Otro episodio emblemático fue el de Enrique Peña Nieto, quien en distintos actos deportivos y ceremonias públicas recibió silbatinas memorables, reflejo del desgaste por corrupción, inseguridad y descrédito institucional.

También Felipe Calderón enfrentó protestas sonoras en espacios abiertos, especialmente tras la polarización poselectoral y la violencia derivada de la guerra contra el narcotráfico.

Pero el discurso inaugural con motivo del campeonato Mundial de futbol México 1970, a cargo del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, es considerado el más corto. El abucheo de más de 100 mil personas reunidas en el Azteca, el 31 de mayo de hace 56 años, fue largo, larguísimo.

Los estadios tienen memoria. Son termómetro emocional de una nación. Ahí no se responde al encuestador con cortesía ni se teme contradecir al poder. El anonimato de la multitud libera la opinión.

El grito colectivo, para bien o para mal, es más auténtico que cualquier tabla estadística.

Por eso la pregunta resulta pertinente: ¿se atreverá la presidenta a someterse a esa medición directa durante la inauguración mundialista?

Si recibe ovación, su legitimidad saldrá fortalecida. Si escucha silbidos, quedará claro que una cosa es gobernar entre aplausos organizados y otra muy distinta hacerlo frente a un pueblo reunido sin guion.

Porque al final, en democracia, las encuestas orientan… pero el ánimo popular sentencia.

ceciliogarciacruz@hotmail.com