-Integraron 56 Brigadas y entraron en acción.

-Militares Revolucionarios dirigieron las batallas.

-Con Portes Gil se puso fin y firmaron “arreglos”.

RÁFAGA

Es digna de reconocimiento la mujer mexicana, porque siempre es apoyo en las acciones que vivimos y destaca su labor desde los tiempos prehispánicos, la lucha insurgente de Independencia, en la Reforma, en la Revolución y hasta nuestros días.

Hablamos, referimos, recordamos y comentamos de las mujeres que ofrendaron su vida, de las que sobresalieron en la Literatura, las Ciencias, el Arte Pictórico, en los sets Cinematográficos y en la Televisión, reconocemos a las historiadoras, a las escritoras, etcétera.

La Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE), institución fundada en 1833 por Valentín Gómez Farías, celebra el centenario de La Guerra Cristera, calificándola como un Movimiento Social en el que intervino la Iglesia Católica y el Gobierno Federal.

Con exposiciones muy fundamentadas y alejadas de cualquier ismo, martes y jueves hay conferencias virtuales, por zoom, que incluyen la participación de sus miembros en las diversas entidades de la República.

Se imparten de las 18 a las 20 horas y las repeticiones están disponibles en Facebook.

El sociólogo y académico Hugo R. Castro Aranda, presidente de la SGME, abrió este ciclo de conferencias que coordinan el historiador Oscar González Azuela y la doctora María Eugenia Alejandra del Valle Prieto Ortega.

Resulta interesante conocer el desarrollo de estos hechos, ejecutados cuando se suponía que estaban terminados los movimientos armados en México.

La trascendencia del enfrentamiento bélico y las acciones gubernamentales son los temas centrales que abordan los expertos en la materia.

LA LEY CALLES MARCÓ LA PAUTA

La Guerra Cristera o La Cristiada tuvo lugar del 3 de agosto de 1926 al 6 de junio de 1929, con una réplica entre 1934 y 1941, según aparece en las páginas históricas, donde se asienta que del Episcopado Mexicano partió la orden de cerrar templos, iglesias y parroquias y no fue orden del gobierno de Plutarco Elías Calles.

De hecho, los inicios de este Movimiento Social tienen su origen en la publicación oficial de la Ley Sobre Delitos y Faltas en Materia de Culto Religioso y Disciplina Externa, conocida como Ley Calles, del 14 de junio de 1926.

Los católicos del Distrito Federal junto con los de Jalisco, Guanajuato, Michoacán y otras entidades federales, manifestaron su oposición a la mencionada Ley Calles. Se demandaba la anulación de dicha legislación, la que, según el Presidente sonorense, era para asegurar “la laicidad en México”.

Cinco son los puntos principales, todos consistentes en prohibiciones a los católicos:

1.-Las Iglesias no podían tener escuelas primarias; existían las católicas. 2.- No se permitía la existencia de órdenes religiosas. 3.- Organizar manifestaciones públicas fuera de templos; 4.-Los bienes raíces serían confiscados y los existentes pasaban al dominio del gobierno; 5.- Las iglesias no tenían personalidad jurídica, se restringían los derechos políticos a Ministros y se controlaba el número de Sacerdotes en cada Estado.

Otro antecedente callista, en 1925 el gobierno promovió la creación de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, declarando patriarca a José Joaquín Pérez Budar, Sacerdote cismático de origen oaxaqueño que antes fue Coronel del Ejército y estuvo con Porfirio Díaz.

Se desconocía al Papa Pío XI y también a El Vaticano como entidad gubernativa. Como Estado surgió el 11 de febrero de 1929.

En Veracruz y en Tabasco los gobiernos establecen condiciones a los Sacerdotes. Deben ser casados y mayores de 40 años de edad para poder ejercer.

TRES GENERALES REVOLUCIONARIOS

En ese mismo 1925 surge la Liga Nacional para la Defensa de las Libertades Religiosas, ligada a Los Caballeros de Colón, con dirigencia integrada por Miguel Palomar y Vizcarra, Rafael Cisneros y Villarreal, Luis G. Bustos y René Capistrán Garza.

Será en Valparaíso, Zacatecas, donde se prende la mecha. Los Generales José Pedro Quintanar Zamora y Aurelio Robles Acevedo, originarios de ese municipio están al frente del Ejército Nacional Libertador.

Son los primeros dos líderes de la Cristiada. Después aparecerá otro militar revolucionario, el General Enrique Nicolás Gorostieta Velarde, egresado del H. Colegio Militar. Nació en Monterrey.

Gorostieta fue reconocido como Comandante en Jefe y combatió junto con René Capistrán Garza (periodista) y Jesús Degollado Guízar. Murió en la batalla en Atotonilco El Alto, Jalisco.

Dicho General fue asesinado precisamente cuando se realizaban las negociaciones para el final de la Guerra Cristera. Al regiomontano se le atribuyen las frases: “Pelear como los Valientes” y “Morir como los Hombres”.

Quienes le dieron muerte, se dirigieron a los seguidores de Gorostieta Velarde: “Vean cómo a su líder no lo salvó el Cristo Rey al que tanto imploran”.

El 14 de noviembre de 1924 un empleado del Presidente Álvaro Obregón entró a la Basílica de Guadalupe, disfrazado de feligrés. Llevaba una bomba casera mezclada en un ramo de flores y lo colocó cerca del altar. Estalló y el individuo no logró escapar. Estaba detenido en una Delegación de Policía, donde recibieron la orden directa del Presidente para que lo dejaran en libertad.

El Delegado Apostólico Ernesto Filipi fue expulsado por Obregón, bajo el cargo de infringir la ley, realizar un acto religioso en vía pública, al bendecir la primera piedra del sitio donde se levanta el monumento a Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete, Guanajuato.

LAS MUJERES EN ACCIÓN

Dos años antes de que se iniciaran los combates bélicos, las mujeres empiezan a organizarse, para entrar a defender su ejercicio católico y reunidas en Zapopan, Jalisco, anuncian la creación de Las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco y en seis meses, a partir de junio de 1927, tenían 10,000 afiliadas en diferentes entidades de la República. Llegó a quintuplicarse la cantidad.

Luz Laraza de Uribe y María Gollaz, apoyadas por Luis Flores González, dijeron que les pusieron ese nombre a las brigadas, porque Juana de Arco fue una santa guerrera, joven, campesina, llevada viva a la hoguera por “hereje”.

La misión de las mujeres fue muy similar a Las Soldaderas de la Revolución. Preparar la comida, lavar ropa, atender a los heridos, además de encargarse de reunir dinero, armamento, balas, municiones, buscar refugios para guarecerse, así como hacer “voto de silencio”.

Una de las líderes, Catalina de la Peña, se encargó de organizar “días de campo” con sus compañeras. No era para convivir, sino para llevar armas, parque, comida y dejarlas en lugares previamente convenidos con sus hombres.

Hay un pasaje relacionado con la atención a un herido. “Con un cuchillo, desinfectado y sacado al rojo vivo de la lumbre, le extrajeron las balas a uno de los caídos”. No había instrumental médico y si acaso algodón y alcohol.

Se acercaron a los hacendados y algunos de ellos cooperaron económicamente, entre ellos Jesús Quintero, José Guadalupe Gómez, Manuel Moreno, Salvador Aguirre y Luis Ibarra. Inclusive entregaron mulas para el traslado de víveres, ropa y no viajar a pie.

Sumaron 56 Brigadas femeninas con diferentes tareas.

La Unión de las Damas Católicas, lideradas por Elena Lascuráin de Silva, convocó a un boicot: no pagar impuestos al gobierno, dejar de usar el tranvía, no ir al cine, no comprar en las tiendas de gobierno. Los efectos golpearon la economía en Jalisco, Guanajuato y Zacatecas, así como después en otros lugares.

Por órdenes superiores la policía detuvo a Elena, a Refugio Garibay de Cortina y a Juana Pittman de Labarthie. Estuvieron en unas celdas del Palacio de Justicia Federal, en las calles de Donceles, en el D.F.¸ una segunda vez las arrestaron por “romper la ley y provocar manifestaciones públicas”.

No tuvo éxito la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa en una intención de hacer un movimiento armado, pero presionó al gobierno, declarándose como un movimiento pionero de participación cívica política de los laicos católicos.

Cuando finalizó el conflicto en junio de 1929, la Unión de Damas Católicas Mexicanas se reorganizó y dieron paso a la Unión Femenina Católica Mexicana, misma que habría de participar en las elecciones federales de 1955 y apoyaron al Partido Acción Nacional que postuló, como candidato presidencial, a Efraín González Luna.

LA INTERVENCIÓN DE PORTES GIL

En una u otra forma, los Presidentes y Generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, dieron motivo para la rebelión católica. Cada quien cuenta la historia, según su punto de vista. Hay más de cien autores y ninguno admite “pasión al escribir”.

Excélsior, dirigido por don Rodrigo de Llano, se opuso a la política callista y publicó “La verdadera apología del Movimiento Cristero”. Los sonorenses Obregón y Plutarco siempre tuvieron una relación tirante con Excélsior. Ellos se fueron, Excélsior sigue haciendo historia.

El gobierno aseguró que no ordenó cerrar los templos, pero si intimidó al mundo eclesiástico mexicano y por eso fue la Iglesia quien prefirió suspender las misas, bautizos, matrimonios y demás.

Al Presidente Interino, el tamaulipeco Emilio Portes Gil, le tocó dar por terminada la Guerra Cristera. Tenía un don conciliatorio y sabía influir para solucionar problemas. Ese era el sucesor accidental de Obregón, asesinado en La Bombilla, San Ángel.

Portes reunió al recién nombrado Embajador de Estados Unidos, Dwigth Morrow, como mediador. La Santa Sede designó como intermediario oficial al Obispo de Tabasco, Pascual Díaz Barreto. También estuvo el Delegado Apostólico, Leopoldo Ruiz y Flores, quien era Arzobispo en Morelia.

Entre los puntos del “arreglo”, porque así quedó escrito, entre la jerarquía católica y el gobierno, destacan tres: amnistía a los cristianos, devolución de los templos y la autoridad gubernamental en relación con la Iglesia Católica Mexicana.

jherrerav@live.com.mx