Por: Rosa Chávez Cárdenas
Las consecuencias por el confinamiento son incalculables. Muchos aceptan que están intolerantes, señoras, antes controladas, salen de compras y por cualquier nimiedad se alteran y actúan con violencia.
Me comentó una paciente en su último semestre de preparatoria, ahora que iniciaron el ciclo escolar, le enviaron el programa de estudios, con los proyectos que tiene que presentar, sintió como indigestión, casi se vomita.
Tanta presión y falta de comunicación les ocasiona ansiedad, hasta ataques de pánico. Ella como muchos jóvenes han estado pegados a la pantalla, algunos por responsables, otros adictos a los videojuegos, ya hasta perdieron el color de la piel, encerrados en su cuarto no reciben los rayos del sol.
Se ha descuidado la socialización, no están enfermos, pero, por la falta de estímulos han perdido el olfato y los sabores de los alimentos, ya no escuchan el canto de un pájaro, ni la lluvia.
El sistema de defensas está en reposo, así que, en lugar de beneficiar el encierro, puede ser peor que la enfermedad. Tenemos que recuperar la confianza, el trabajo en equipo y la solidaridad y, con algunos cuidados reintegrarnos. Somos seres sociables viviendo en comunidad.
Saturados de información, con el sistema de defensa en alerta, nos sentimos como en la selva: la ley del más fuerte y sálvese quien pueda. Pero la pandemia nos debe dejar lecciones.
El nivel de educación de una nación condiciona el nivel de desarrollo, al fomentar los valores, la educación emocional y solidaria, mejores posibilidades de crecimiento y justicia social tendrán nuestros jóvenes.
Qué tal si salen al campo y siembran un árbol, hortalizas en el jardín o en una maceta, para darse cuenta lo fácil que responde la naturaleza con nuestros cuidados.
En el confinamiento nos dimos cuenta de lo atrapados que estamos en el consumismo, la crisis económica nos enseña, voluntario a fuerzas a desapegarnos de objetos que no son indispensables, pero, definitivamente tenemos que comer, el alimento es la energía de la vida.
En el confinamiento muchos mostraron interés en preparar sus alimentos. Les propongo un ejercicio de memoria, vamos al baúl de los recuerdos, para recordar la receta más “reconfortante de la familia”.
Atrapados en la tecnología niños y jóvenes les da lo mismo comer una sopa instantánea, un pedazo de pizza, una salchicha y una hamburguesa con carne de la peor calidad acompañada de un refresco.
Recuerdo en mis vacaciones ayudar a mi abuelo con la cuajada para el queso y vender la leche recién ordeñada, a la tía preparar el pepián con las semillas que molía en el metate. Mi abuela paterna fue ejemplo de empresaria y multitareas, preparaba la comida con aquella sazón para sus cinco hijos varones, tiempos en los que escuchaba el dicho popular: “los hombres en la cocina huelen a caca de gallina”.
Los roles estaban muy explícitos, las mujeres en su casa y los hombres como proveedores. Después de la chorcha se retiraban a su trabajo y mi abuela como los españoles, invitaba a las nietas a tomar una siesta; guardo el consejo en la memoria: “¡vamos a tomar la siesta y luego venimos a limpiar la cocina!”.
También recuerdo la tortilla de huevo que de vez en cuando preparaba mi padre cargada de jamón y tocino. A mi madre prepararle su receta favorita; un adobo con carne de cabeza de res, y el pastel de garbanzo, receta de familia.
Todo un acontecimiento, los rituales en la cena de Navidad, el guajolote que se compraba vivo, como en Francia, le daban de beber alcohol, un mes antes de la Noche Buena para causarle una cirrosis.
Los olores y sabores permanecen en la memoria, las horas de cocimiento en el horno, y los acompañamientos: el bacalao noruego al estilo mexicano, las tortas de camarón con romeritos y para cerrar con broche de oro, el pastel de nuez.
Vamos recuperando el placer de preparar alimentos con las recetas de familia, de tal forma, los familiares fallecidos nos seguirán acompañando, no dejemos que nuestra herencia culinaria se pierda.
Enfrentemos el miedo, estamos alimentando a los dragones interiores que no dejan ser libres. Mejor vamos alimentando el espíritu. Necesitamos vivir, recuperarnos de todo lo que hemos perdido en la pandemia.
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