Jesús Te Ampare

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Por momentos, el mar también grita. Pero esta vez no lo hace con olas, sino con manchas. Oscuras. Espesas. Innegables.

El Golfo de México se tiñó de negro justo en el peor momento: Semana Santa. La temporada más importante para el turismo. La más esperada por miles de familias. Y, paradójicamente, la más ignorada por quienes debieron prevenir el desastre.

No fue un accidente invisible. Fue una tragedia anunciada… y después, mal administrada.

El derrame de hidrocarburos no solo contaminó playas y ecosistemas; contaminó la verdad. Porque mientras las imágenes recorrían redes sociales -fauna marina cubierta de crudo, arena ennegrecida, pescadores desesperados- las autoridades optaron por el libreto más gastado del poder: minimizar, confundir, negar.

Versiones contradictorias. Declaraciones tibias. Silencios incómodos.

La Secretaría de Marina dice una cosa. Pemex otra. Los gobiernos estatales, atrapados entre el costo político y la realidad, ensayan discursos que no resisten el contraste con la evidencia.

Y la pregunta flota -más pesada que el petróleo-: ¿quién se hace responsable?

Porque aquí no hay espacio para la simulación. Hay más de 50 mil pescadores veracruzanos afectados. Hay hoteles con cancelaciones. Restaurantes vacíos. Comunidades enteras cuya economía depende del mar… hoy inutilizable.

Pero lo más grave no es solo el daño ambiental o económico. Es el intento deliberado de ocultar la magnitud del desastre.

Se quiso tapar el sol con un dedo… pero el mar no se deja.

En política, esconder la verdad es una apuesta peligrosa. Porque cuando la realidad irrumpe -como lo ha hecho ahora-, no solo exhibe la incompetencia, sino también la falta de ética pública.

La ciudadanía no necesita discursos tranquilizadores. Necesita certezas. Necesita saber qué ocurrió, quién falló y, sobre todo, quién va a responder.

Porque en este país, la “bolita” siempre termina rodando… hasta que nadie la quiere recoger.

Hoy le toca a la Secretaría de Marina, a Pemex y a los gobiernos estatales dejar de evadir y asumir.

No se trata de culpas políticas. Se trata de responsabilidades institucionales.

Semana Santa debió ser sinónimo de descanso, de derrama económica, de vida.

Hoy es sinónimo de opacidad. De omisión. De crisis.

Una Semana Santa negra. No por el luto… sino por el petróleo.

ceciliogarciacruz@hotmail.com