La inventiva artística volcada a la reimaginación de clásicos universales representa uno de los desafíos más arduos para cualquier creador contemporáneo. Enfrentarse a versiones que ya se han consolidado en el imaginario colectivo requiere no solo de técnica, sino de una visión disruptiva que logre justificar la existencia de una nueva lectura.
En este complejo escenario se sitúa ‘The Bride’, la más reciente incursión cinematográfica de Maggie Gyllenhaal, quien en su segunda labor como directora decide alejar el foco del monstruo tradicional para colocarlo, con una fuerza arrolladora, sobre su compañera. Gyllenhaal evidencia un profundo amor por el séptimo arte, distanciándose de las narrativas masivas y convencionales para construir una pieza que bebe directamente del cine negro de los años 30 y de la sensibilidad gótica de la propia Mary Shelley.
Situada en un Chicago sombrío de la década de 1930, la película presenta al monstruo de Frankenstein (interpretado por Christian Bale) no solo como una criatura de retazos, sino como un ser solitario y apasionado del cine que busca mitigar su aislamiento. En su anhelo por encontrar conexión, recurre a la Dra. Euphronios (Annette Bening) para crear a una compañera. Lo que inicia como un deseo desesperado de amor pronto se descarrila hacia una espiral de violencia, persecución y tragedia, marcando el tono de una obra que se resiste a ser clasificada bajo un solo género.
Un «Frankenstein» de géneros y estética punk rock
La propuesta de Gyllenhaal destaca por su hibridez intrínseca; es, en sí misma, un «Frankenstein» de géneros que logra fusionar con audacia el romance, el musical, el drama policiaco y la tragedia clásica. Esta estructura, aunque fragmentada y por momentos experimental, refuerza la valentía de un relato que busca frescura en la transgresión. La narrativa se cocina a fuego lento, apoyada en una fotografía que evoca el cine clásico mediante el uso de encuadres teatrales, iluminaciones contrastadas y atmósferas profundamente góticas. Sin embargo, esta base academicista se ve sacudida por un tono estético de «punk rock» que inyecta una energía visceral a la cinta.
Esta ferocidad visual no es meramente decorativa, sino que funciona para evidenciar la monstruosidad interna de los personajes como un resultado de acciones violentas e impulsivas. Desde secuencias explícitas que incluyen lenguas arrancadas y golpes cargados de rabia, la película utiliza lo corporal para elevar la tensión hacia un escenario oscuro y frenético. Es en este caos donde la directora se aleja de los convencionalismos de Hollywood, apostando por imágenes grotescas que buscan incomodar e inquietar al espectador a través de una honestidad visual brutal.
A pesar de que esta fragmentación construye un collage hipnótico de tramas entrelazadas, también es el punto donde la obra comienza a tambalearse, pues no siempre logra ejecutar de manera equilibrada cada uno de los discursos planteados.
Identidad y empoderamiento sobre los restos
El pilar que sostiene esta ambiciosa estructura es, sin duda, la interpretación de Jessie Buckley como la novia. Buckley dota al personaje de una furia intensa y una ansiedad inquietante, apoderándose de cada encuadre y demostrando por qué es una de las actrices más relevantes de la actualidad. A diferencia de otras versiones, esta «novia» no se define por etiquetas ni por su nombre de pila; ella busca una libertad absoluta que la aleja incluso del control de la autora original, Mary Shelley. La película se convierte así en una oda al individualismo y a la autonomía, permitiendo que la criatura femenina forje su propia identidad de forma reactiva ante un mundo que intenta encasillarla.
En este sentido, Gyllenhaal utiliza la metaficción para entablar un diálogo con Shelley, incorporándola como un ente neurológico que influye en la narrativa. Esta búsqueda de identidad se plantea de forma sobresaliente, evitando discursos aleccionadores para adentrarse en lo más perverso del tejido social y en las atrocidades que deben romperse para alcanzar la verdadera libertad.
Por otro lado, el monstruo de Christian Bale ofrece un contrapunto fascinante a versiones recientes de la criatura, como la de Jacob Elordi; mientras que aquel era un ser frágil y temeroso, el Bale encarna a una criatura azotada por la soledad y el deseo sexual, un ser que ya ha sido marcado por los factores externos de un mundo hostil. El actor traza una interpretación entrañable, dándole sentimiento a su monstruo en cada dialogo que pronuncia pero, sobre todo en la mirada con la que deambula por el resto del metraje, despertando una sensibilidad emocional en el espectador, que permite comprender el peso que esta criatura lleva sobre si.
Entre la ambición técnica y el tropiezo narrativo
A pesar de sus múltiples aciertos, ‘The Bride’ es un ejercicio fílmico que por momentos parece pesar más en su concepción ideológica que en su ejecución final. La ambición de Gyllenhaal es innegable y se percibe en un diseño de producción vibrante que recrea unos años 30 melancólicos, acompañados por una banda sonora que potencia el dramatismo visual.
No obstante, la cinta sufre de ciertas ideas que no terminan de «cocerse» dentro de la narrativa, provocando que el clímax se diluya y que algunas circunstancias pierdan fuerza al no estar suficientemente reforzadas en el guion.
Resulta contradictorio que, mientras la directora se arriesga con una narrativa fragmentada y experimental, sea conservadora en el apartado puramente cinematográfico. La cámara recurre con excesiva frecuencia a planos abiertos, perdiendo la oportunidad de aprovechar la potencia de los planos cerrados que habrían beneficiado el carácter corporal y asfixiante de la historia.
Es curioso notar que, en comparación con el trabajo reciente de Guillermo del Toro sobre el mismo mito, Gyllenhaal arriesga mucho más en su propuesta, alejándose del conformismo, aunque esto la lleve a ahogarse ocasionalmente en sus propios riesgos.
En última instancia, ‘The Bride’ se consagra como una obra de romance gótico que abraza el exceso emocional para redimensionar a dos monstruos clásicos. Es una violenta y notable interpretación sobre la identidad y el feminismo que, si bien no triunfa en todos sus frentes, merece ser aplaudida por su audacia en una industria que pocas veces se atreve a proponer algo verdaderamente nuevo.
Con su número musical inesperado y su atmósfera de caos perfecto, la película deja claro que la libertad, tanto de la obra como de su protagonista, es un derecho que se reclama a través del arte.
DIARIO DE MÉXICO