x.- El Mundial sí… pero la escuela también.
Durante algunos días, México vivió una de esas polémicas que parecen sacadas de una caricatura nacional: reducir más de un mes el calendario escolar debido al Mundial de Futbol 2026. Y aunque la propuesta intentó justificarse con argumentos logísticos, climáticos y de movilidad urbana, la percepción social terminó siendo mucho más simple y contundente: “quieren menos clases por el futbol”.
La sola idea provocó una reacción inmediata. Padres de familia, maestros, analistas y ciudadanos comenzaron a cuestionar cómo era posible que un país con graves problemas educativos siquiera considerara recortar semanas efectivas de aprendizaje.
Después de años de rezago derivado de la pandemia, bajos niveles en matemáticas y comprensión lectora, y una crisis silenciosa de abandono escolar, el anuncio cayó como una bomba política.
La propuesta impulsada desde la SEP por Mario Delgado pretendía adelantar el cierre del ciclo escolar con el argumento de las altas temperaturas y la compleja logística que implicará la Copa del Mundo en México, Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, el problema fue de percepción pública: el país no escuchó “medida preventiva”, sino “vacaciones mundialistas”.
Y ahí apareció el verdadero error político.
Porque México podrá ser un país apasionadamente futbolero, pero también es una nación profundamente preocupada por la educación de sus hijos. El gobierno pareció subestimar ese sentimiento. Mucha gente interpretó la propuesta como un gesto populista: sacrificar clases para quedar bien con el entusiasmo colectivo que genera el Mundial.

La crítica se volvió todavía más fuerte cuando comenzó a señalarse algo elemental: el torneo solamente impactará directamente a tres ciudades mexicanas -Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey- mientras que el recorte afectaría a más de 29 millones de estudiantes en todo el país.
La narrativa comenzó entonces a cambiar peligrosamente para la SEP. Ya no se hablaba de logística, sino de improvisación. Ya no parecía una estrategia educativa, sino una ocurrencia política mal calculada.
Y fue justamente en ese momento cuando intervino la Presidenta Claudia Sheinbaum.
La mandataria pidió revisar nuevamente la medida, escuchar a padres y autoridades estatales y reconsiderar la decisión. Finalmente, el gobierno optó por mantener intacto el calendario escolar oficial y preservar los 185 días efectivos de clase.
La rectificación fue bien recibida por amplios sectores sociales. Incluso personas críticas del gobierno reconocieron que, en esta ocasión, hubo capacidad para corregir antes de convertir el tema en una crisis nacional.
En política, dar marcha atrás a tiempo también es gobernar.
Y Sheinbaum entendió rápidamente el riesgo que se estaba construyendo.
De haberse mantenido la propuesta original, la oposición habría instalado una narrativa devastadora: “el gobierno prefiere el futbol antes que la educación”.
El daño pudo haber sido enorme.
La Presidenta terminó enviando otro mensaje: el Mundial puede ser una fiesta nacional, pero la educación sigue siendo prioridad de Estado.
Eso le permitió recuperar control político, mientras el costo del desgaste quedó principalmente sobre la SEP y Mario Delgado, cuya imagen salió afectada por un episodio que muchos consideraron precipitado y mal planeado.
El caso deja además una lección importante para el nuevo gobierno: en tiempos de redes sociales y opinión pública instantánea, las decisiones educativas ya no pueden anunciarse únicamente desde el escritorio burocrático. Requieren consenso, explicación y sensibilidad social.
Porque el futbol despierta pasión. Pero tocar el calendario escolar toca algo todavía más profundo: la idea que millones de familias tienen sobre el futuro de sus hijos.
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