Hoy se realizó un magno evento en Plaza de Armas en la Plaza de Armas de esta ciudad capital de Morelos para presentar ante todo el Gabinete y la Clase Política la nueva Estrategia de Seguridad y sorprendió que uno de los puntos clave señala que hay que unificar la información porque las redes mienten, dijo la Gobernadora Margarita González Saravia.
Si lo analizamos desde una perspectiva institucional es comprensible que una estrategia de seguridad incluya un componente de comunicación. Todos los gobiernos del mundo necesitan comunicar resultados, desmentir rumores y evitar que la desinformación genere pánico. Hasta ahí, no hay nada extraño.
Sin embargo, la observación que se hace apunta a una cuestión más profunda: la seguridad pública no se fortalece principalmente con una estrategia de comunicación, sino con una estrategia de integridad institucional.



La historia reciente de México muestra que muchos planes de seguridad fracasan no por falta de diagnósticos, sino porque los ciudadanos terminan desconfiando de quienes deben aplicarlos. Cuando una sociedad sospecha que hay policías coludidos, funcionarios corruptos o mandos protegidos políticamente, cualquier anuncio gubernamental pierde credibilidad.
Los países y regiones que han logrado avances importantes contra el crimen suelen apoyarse en varios pilares simultáneos:
Controles de confianza periódicos, no solo de ingreso.
Exámenes toxicológicos aleatorios.
Evaluaciones patrimoniales para detectar enriquecimiento inexplicable.
Pruebas de polígrafo en áreas sensibles.
Unidades de Asuntos Internos verdaderamente autónomas.
Sistemas de denuncia anónima protegida.
Rotación de mandos en zonas de alto riesgo.
Auditorías externas e independientes.
Sanciones rápidas y públicas contra funcionarios corruptos.
Transparencia en resultados y estadísticas.
El caso de lugares como Singapur, algunas provincias de Canadá o diversos cuerpos policiales de Estados Unidos demuestra que la confianza ciudadana aumenta cuando la autoridad vigila tanto a los delincuentes como a sus propios funcionarios.
Por eso, si en una presentación de diez puntos se habla de comunicación estratégica, pero no se enfatiza con la misma fuerza la depuración policial, los controles anticorrupción, las investigaciones internas y la rendición de cuentas, es lógico que algunos observadores queden con dudas.
Mi lectura es que el plan puede contener elementos útiles, pero la pregunta decisiva sigue siendo: ¿quién vigilará a los vigilantes?
Porque la inseguridad en Estados como Morelos no es únicamente un problema de delincuentes armados. También es un problema de confianza pública. Y la confianza no se construye mediante boletines o narrativas; se construye cuando la sociedad ve que un policía corrupto, un mando deshonesto o un funcionario coludido son investigados y sancionados sin importar su cargo o afiliación política.
En otras palabras, la comunicación puede ayudar a explicar la realidad, pero jamás puede sustituir a la credibilidad. Y la credibilidad nace de la honestidad comprobable de las instituciones. Esa, quizá, es la pieza que muchos ciudadanos esperaban escuchar con mayor claridad.
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