Columna de Hierro.
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CUERNAVACA, MOR. 07 10 2026.- Durante su Segundo Informe de Gobierno, Margarita González Saravia dejó caer una frase que pasó casi inadvertida entre cifras, aplausos y anuncios:
“No nos dejaremos intimidar por nadie”.
No dijo quién pretende intimidarla. Tampoco puso nombres sobre la mesa.
Y motivos para sentirse presionada no le faltan.
El crimen organizado ocupa necesariamente el primer sitio. Apenas un día después del informe, El Universal abrió su edición dominical con una radiografía de la narco guerra en Morelos basada en información de un atlas criminal conocido por las propias autoridades.
No descubrimos entonces que Morelos tiene un problema de grupos criminales. En Columna de Hierro lo hemos documentado desde hace tiempo. Lo relevante es que el propio aparato gubernamental dispone de información sobre organizaciones, células y territorios donde operan.

Docenas de grupos criminales siembran miedo, violencia y muerte. Su capacidad de fuego incluye armas automáticas, fusiles AK-47 y AR-15 y, en distintos episodios, hasta explosivos. No estamos hablando de simples hampones del fuero común, sino de organizaciones que se disputan territorios, se enfrentan entre ellas y desafían a las fuerzas del Estado.
La ironía resulta inevitable:
¿Quién intimida más? ¿Las organizaciones criminales que asedian Morelos o los adversarios políticos y grupos de presión que rodean al gobierno desde dentro y desde fuera?
Porque las presiones también han llegado por otras vías.
Uno de esos frentes creció dentro de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
Resistencia Estudiantil surgió y se fortaleció en medio de asesinatos, feminicidios, desapariciones e inseguridad que golpearon directamente a la comunidad universitaria. Sus reclamos tuvieron causas reales y víctimas con nombre.
Alrededor del movimiento aparecieron también personajes con larga trayectoria política, entre ellos Mario Rojas Alba y Ana Isabel León Trueba, ex presidenta del IMPEPAC. Su participación ha sido presentada como acompañamiento u observación y León Trueba ha defendido públicamente la legitimidad de las demandas estudiantiles.
Eso no convierte por sí mismo una protesta universitaria en una conspiración política.
El 2 de octubre la inconformidad volvió a las calles de Cuernavaca. Estudiantes, familiares de víctimas y colectivos marcharon para exigir justicia.
Después llegaron los destrozos.
Integrantes del llamado “bloque negro” rompieron cristales, realizaron pintas, lanzaron piedras y petardos y se registró fuego en una oficina de Palacio de Gobierno. Periodistas denunciaron posteriormente empujones, amenazas y presiones para borrar imágenes.
Una cosa fueron las demandas de los estudiantes. Otra, los actos violentos.
Todo ocurrió un día antes del Segundo Informe.
Pero el conflicto universitario no era el único.
Las llamadas “Amilcingas”, estudiantes de la Normal Rural “General Emiliano Zapata”, forman parte de un movimiento normalista articulado con otras escuelas rurales del país dentro de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México.
El 23 de septiembre llegaron nuevamente a Cuernavaca.
No venían solas.
Como informó oportunamente Columna de Hierro y posteriormente consignaron distintas fuentes periodísticas, participaron también jóvenes procedentes de las Normales de Ayotzinapa, Guerrero, y Tenería, Estado de México.
La protesta llegó hasta Palacio de Gobierno y terminó con cristales rotos, pintas y colchones incendiados.
Amilcingo había dejado de ser un conflicto escolar localizado en Temoac. Ya estaba en pleno centro de Cuernavaca, frente al despacho de la gobernadora.
Y casi simultáneamente estalló otro frente.
El Partido del Trabajo llevó su enfrentamiento con el gobierno hasta las puertas de Palacio. Hubo bloqueos, cadenas y candados.
El pleito terminó viajando a Bucareli.
Una representación petista acudió a la Secretaría de Gobernación, donde fue recibida por el subsecretario César Yáñez. Ahí fueron escuchados sus planteamientos, pero también se estableció un límite: el derecho a manifestarse y sostener demandas legítimas no ampara desmanes ni conductas que puedan constituir delitos.
Un conflicto político nacido en Morelos había llegado ya a Gobernación federal.
Después están PAN y PRI.
Ellos juegan otro papel. Son oposición institucional y hacen lo que corresponde a una oposición: critican, fiscalizan, exhiben errores y preparan la siguiente elección.
Daniel Martínez Terrazas, coordinador de los diputados panistas y presidente de la Junta Política y de Gobierno del Congreso, ha hablado incluso de una crisis de gobernabilidad y ha colocado sobre la mesa la inseguridad, la violencia y los conflictos sociales.
Desde el PRI también han aumentado los cuestionamientos.
Y reapareció Lucy Meza.
La ex candidata a gobernadora volvió a reunirse en la Ciudad de México con Alejandro Moreno, dirigente nacional del PRI, y con el dirigente estatal Eliasib Polanco. Oficialmente hablaron de los retos y del futuro político de Morelos.
Nada extraordinario.
La oposición hace política.
Lo verdaderamente complicado comienza dentro de casa.
FUEGO AMIGO
Morena usa una sola camiseta, pero debajo de ella sobreviven grupos, lealtades, estructuras y proyectos propios.
Y hay una pieza que todos miran: Cuernavaca.
La joya de la corona electoral de Morelos tiene demasiados pretendientes.
Meggie Salgado Ponce cuenta con estructura propia. Juan Ángel Flores Bustamante conserva la suya. Agustín Alonso Gutiérrez construyó durante años su grupo político desde Yautepec. Víctor Mercado Salgado mantiene presencia y organización. Javier Bolaños Aguilar, proveniente originalmente del PAN e incorporado después al gobierno estatal, dejó la Comisión Estatal del Agua y entró abiertamente a la carrera política por la capital.
No forman un bloque opositor a Margarita. Tampoco sería serio calificarlos a todos como enemigos de la gobernadora.
Son políticos con sus propias tribus, intereses y proyectos, aunque militen bajo las mismas siglas.
Y solamente habrá una candidatura.
En medio de esa pelea apareció otro ingrediente: la guerra sucia.
Memes, reels, versiones anónimas y noticias falsas comenzaron a circular contra unos y otros. Los golpes dejaron los corrillos políticos y pasaron a las pantallas de los teléfonos celulares.
El asunto llegó a una reunión celebrada en Antica Villa, donde coincidieron más de ocho aspirantes, entre ellos legisladores federales y el senador Víctor Mercado.
Ahí Meggie Salgado puso el problema sobre la mesa: había que descubrir quién estaba promoviendo la guerra sucia entre compañeros. Incluso planteó que Morena debería sancionar a quienes recurrieran al juego sucio, impidiéndoles eventualmente el registro y la participación en las encuestas internas.
El fuego amigo ya estaba encendido.
Y todavía queda un círculo más cerrado: el propio gobierno.
Durante la primera etapa del sexenio hubo señales de una conducción política repartida entre la Secretaría de Gobierno y la Jefatura de la Oficina de la Gobernadora, encabezada por Héctor Javier García Chávez, “El Gato”, uno de los hombres de mayor cercanía política con Margarita.
Juan Salgado Brito llegó a Gobernación con décadas de experiencia y relaciones políticas. Durante su gestión, sin embargo, hubo cuestionamientos sobre el margen real de operación que conservaba la dependencia para negociar y procesar los conflictos políticos y sociales.
Después de su fallecimiento llegó Edgar Maldonado Ceballos.
Pero quedó flotando un asunto que rebasa los nombres: dónde termina la Secretaría de Gobierno y dónde comienza la influencia política de la Oficina de la Gobernadora.
Crimen organizado. Protestas sociales. Universidad. Normalistas. PT. Oposición. Morena. Aspirantes. Guerra sucia. Tensiones dentro del gabinete.
Todo eso estaba sobre la mesa cuando Margarita González Saravia pronunció aquella frase: “No nos dejaremos intimidar por nadie”.
El lector tendrá suficientes elementos para sacar su propia conclusión.
Pero sería deseable que Margarita González Saravia fuera más allá de aquel “no nos dejaremos intimidar por nadie” y le pusiera nombre y apellidos a quienes, desde su perspectiva, pretenden intimidarla.
Porque mientras ese “nadie” siga siendo anónimo, en Morelos caben demasiados nombres.
Y voy por más.
eusebiogimeno@gmail.com