Columna de Hierro
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Hay afirmaciones que, por su gravedad, no pueden quedarse flotando en el aire como simple comentario de pasillo.
Y ésta es una de ellas.
El periodista Ramón Alberto Garza publicó que el martes, minutos antes de que Claudia Sheinbaum saliera a presentar su Segundo Informe de Gobierno, la Presidenta sufrió una “crisis de estrés”, que tuvieron que acudir médicos para estabilizarla y que estuvo “a nada de suspender” la lectura de su informe.
¡Caray!
Estamos hablando de la salud de la Presidenta de México.
Y precisamente por eso hay que preguntar, sin miedo y sin prejuicios:
¿De dónde salió esa información?
Porque hasta ahora tenemos una versión de un periodista con una larga trayectoria, sí; un periodista que ha ocupado posiciones importantes en medios mexicanos y que evidentemente tiene fuentes de alto nivel.
Pero una fuente, por privilegiada que sea, no es una prueba.
Y aquí aparece una circunstancia que hace todavía más necesaria la comprobación.
La historia médica públicamente conocida de Claudia Sheinbaum no revela, hasta donde se ha podido documentar, una enfermedad grave, crónica o degenerativa que permita explicar por sí misma una crisis capaz de llevarla a cancelar el acto político más importante de su segundo año de gobierno.

La presidenta tuvo COVID-19 en octubre de 2020.
Volvió a contagiarse en junio de 2022.
En ninguno de esos episodios se informó públicamente de complicaciones graves.
Y hace apenas unos días, el 21 de agosto, tuvo una gripe fuerte, con fiebre y tos, que la obligó a guardar reposo y a modificar temporalmente sus actividades.
En otras palabras: sí ha tenido enfermedades y achaques, como cualquier persona. Pero no existe, en su historial médico público, una enfermedad mayor que permita concluir que está padeciendo una condición incapacitante.
Y eso no significa que una persona sana no pueda sufrir una crisis de estrés.
Por supuesto que puede.
Tampoco significa que una crisis de estrés no pueda alterar temporalmente la presión arterial, el ritmo cardiaco u otros parámetros.
Puede ocurrir.
Pero precisamente por eso necesitamos saber qué ocurrió realmente el primero de septiembre.
Si llegaron médicos, ¿quiénes fueron?
¿Quién los llamó?
¿Eran médicos de Presidencia?
¿Médicos particulares?
¿Personal militar?
¿Dónde ocurrió la intervención?
¿Qué signo vital tuvieron que estabilizar?
¿Presión arterial?
¿Frecuencia cardiaca?
¿Oxigenación?
¿Glucosa?
¿Hubo un diagnóstico?
¿Quién determinó que la Presidenta estaba en condiciones de presentarse ante el país?
Y la pregunta más importante:
¿Quién le contó todo esto a Ramón Alberto Garza?
Porque aquí está el verdadero asunto.
Si la información salió de Palacio Nacional, tenemos una posible filtración.
Si salió de un médico, necesitamos conocer la naturaleza y credibilidad de esa fuente.
Si salió de un funcionario, hay que preguntarse qué funcionario tuvo acceso a esa información.
Si provino de alguien de seguridad presidencial, también merece investigarse.
Y si la información llegó por alguna fuente relacionada con Washington, entonces también tenemos derecho a preguntar cuál fue la ruta de esa información.
Pero cuidado.
Preguntar no significa acusar.
No tenemos elementos para afirmar que la CIA, el gobierno estadounidense o alguna Agencia de Inteligencia esté detrás de esta versión.
Eso sería irresponsable.
Lo responsable es formular la pregunta periodística:
¿Cómo llegó una información tan delicada hasta el escritorio de Ramón Alberto Garza?
Porque una cosa es que un periodista tenga una fuente, y otra, muy diferente, que esa información pueda ser corroborada.
Hasta ahora, no conocemos públicamente un comunicado de Presidencia ni de la Secretaría de Salud que confirme que la Presidenta estuvo a punto de cancelar su Informe por una crisis médica.
Tampoco conocemos el nombre de los médicos que supuestamente intervinieron, ni el diagnóstico, ni el parámetro clínico que habría tenido que ser estabilizado.
Entonces tenemos que separar tres cosas:
Lo que ocurrió. Lo que alguien afirma que ocurrió. Y lo que podemos demostrar que ocurrió.
Son tres cosas completamente diferentes.
Y esto no es defender a Claudia Sheinbaum.
Al contrario.
Si la Presidenta tuvo una crisis que puso en riesgo la realización de su Informe, el país tiene derecho a saberlo.
Y si no ocurrió, también tiene derecho a saber por qué una versión de semejante magnitud fue presentada como un hecho.
Porque la salud de quien ocupa la Presidencia de la República no es un asunto menor. Es un asunto de Estado.
Y justamente por eso nadie debería escudarse en el prestigio de una fuente para evitar las preguntas.
Ramón Alberto Garza puede tener las mejores fuentes del mundo. Puede haber recibido la información de una persona extraordinariamente bien colocada. Puede incluso estar diciendo la verdad.
Pero mientras no aparezcan elementos independientes que permitan comprobarlo, tenemos una versión, no una certeza.
Y en periodismo hay una regla que nunca debería jubilarse: A mayor gravedad de la afirmación, mayor debe ser la exigencia de la prueba.
Así que la pregunta queda sobre la mesa: ¿Quién dijo que Claudia Sheinbaum estuvo a punto de suspender su Informe?
Y agregaría otra: ¿Quién se lo dijo a Ramón Alberto Garza?
Porque si fue verdad, queremos saber. Y si no fue verdad, también.
Porque aquí no se trata de creerle a Sheinbaum. Ni de creerle a Garza.
Se trata de saber la verdad con pruebas irrefutables, la dimensión de la noticia así lo exige. Y voy por más….
eusebiogimeno@gmail.com