Jesús Te Ampare

Un fenómeno cada vez más visible en la política mexicana es el ejercicio del poder con motivaciones vengativas, una práctica que, lejos de fortalecer la democracia, debilita instituciones y erosiona la confianza ciudadana.

De acuerdo con este análisis, el político resentido se caracteriza por confundir la función pública con el ajuste de cuentas personales.

Desde esta lógica, el cargo no se utiliza para gobernar en beneficio del conjunto social, sino para castigar a críticos, adversarios o viejos aliados que dejaron de ser útiles.

Entre los rasgos más recurrentes se encuentra la intolerancia a la crítica, especialmente la proveniente de los medios de comunicación y de voces independientes.

Cualquier señalamiento es interpretado como una agresión personal o una conspiración, lo que deriva en campañas de descalificación, estigmatización o presión institucional contra comunicadores y medios.

Otro elemento preocupante es el uso faccioso del aparato del Estado. Fiscalías, auditorías, órganos de control y tribunales pueden convertirse en instrumentos de intimidación o represalia, minando su credibilidad y su función como garantes de legalidad.

Cuando la justicia se percibe como selectiva, la confianza ciudadana se deteriora de manera acelerada.

El discurso del político vengativo suele fraccionar a la sociedad entre “leales” y “enemigos”.

Esta narrativa, aunque rentable en el corto plazo, genera un clima de confrontación permanente que paraliza el diálogo y obstaculiza la construcción de acuerdos.

Los errores derivados de esta forma de ejercer el poder son profundos.

En primer lugar, se debilita el Estado de Derecho, pues la ley deja de ser un marco imparcial y se convierte en un arma política.

En segundo término, el gobernante pierde legitimidad moral, ya que el rencor difícilmente puede sostener un liderazgo duradero.

Además, gobernar desde el miedo tiene costos administrativos: funcionarios y colaboradores optan por el silencio y la obediencia ciega, lo que cohíbe la innovación y la toma de decisiones vigorosas.

La política se transforma entonces en un espectáculo de contrapunteo, mientras los problemas estructurales permanecen sin resolver.

“La historia suele ser implacable con quienes utilizan el poder para vengarse”, coinciden especialistas internacionales.

Aunque la revancha política puede ofrecer triunfos momentáneos, a largo plazo suele convertirse en el principal argumento en contra de quienes la practican.

En un contexto democrático el poder debe servir para conciliar, gobernar y construir, no para saldar rencores.

Cuando la venganza sustituye a la política pública, el daño no recae únicamente en los adversarios, sino en toda la sociedad.

Lo bueno es que el tiempo se encarga de poner a cada rey en su trono, y a cada payaso en su circo.

Jesús te Ampare, despide con agradecimiento el año 2025, y desea a todo el mundo un Feliz Año Nuevo 2026. Enhorabuena.

ceciliogarciacruz@hotmail.com