Jesús te Ampare

La historia demuestra que las democracias no mueren únicamente por los golpes de Estado o por las bayonetas. También pueden erosionarse lentamente mediante el desprestigio sistemático de las instituciones, el debilitamiento de los contrapesos y la descalificación permanente de la Prensa crítica.

Cuando el poder político decide dividir a la sociedad entre “leales” y “enemigos”, entre “patriotas” y “traidores”, el terreno fértil para el autoritarismo comienza a consolidarse.

Hoy, la relación bilateral entre México y Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas.

La tensión no es solamente diplomática o comercial; es una confrontación de visiones sobre seguridad, soberanía y gobernabilidad.

El gobierno estadounidense, encabezado por Donald Trump, considera a diversos grupos criminales mexicanos como organizaciones terroristas y exige una ofensiva frontal y coordinada para erradicarlos.

Del otro lado, la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en rechazar cualquier intervención extranjera bajo el argumento histórico de la defensa de la soberanía nacional, porque ésta no es negociable.

El problema no radica en defender la soberanía —principio legítimo de toda nación independiente—, sino en convertirla en un muro político para evitar el escrutinio internacional frente al crecimiento de la violencia criminal.

La soberanía no puede confundirse con impunidad institucional ni utilizarse como escudo retórico mientras regiones enteras del país permanecen sometidas por mafias capaces de controlar territorios, economías y estructuras de poder local.

A lo largo de la historia contemporánea, los gobiernos con tendencias autoritarias han empleado una estrategia semejante: desacreditar primero a quienes cuestionan al poder.

Ocurrió en Cuba con Fidel Castro, donde la Prensa independiente fue absorbida por el aparato revolucionario; sucedió en Venezuela bajo Hugo Chávez y Nicolás Maduro, donde periodistas y medios críticos fueron perseguidos y asfixiados económicamente; también en Nicaragua con Daniel Ortega, cuyo régimen convirtió el periodismo libre en una actividad prácticamente clandestina.

México aún no llega a esos extremos, pero los signos son preocupantes. El lenguaje político se ha degradado peligrosamente. A periodistas y analistas se les llama “comentócratas”, “carroñeros”, “conservadores”, “vendidos” o “chayoteros”, no para debatir ideas, sino para desacreditarlos ante la opinión pública.

Es la vieja táctica del poder populista: destruir la credibilidad del mensajero para evitar discutir el contenido del mensaje.

El problema es que cuando una sociedad pierde confianza en la prensa libre, también pierde su capacidad para distinguir entre hechos y ficción.

Hannah Arendt advertía que el ideal del régimen totalitario no consiste únicamente en imponer mentiras, sino en destruir la noción misma de verdad objetiva.

Cuando todo puede relativizarse, manipularse o descalificarse, la ciudadanía queda atrapada en un ambiente de confusión permanente donde prevalece la propaganda sobre la realidad.

En este contexto, el periodismo independiente se convierte en una actividad de alto riesgo.

México continúa figurando entre los países más peligrosos del mundo para ejercer esta profesión.

Periodistas asesinados, desaparecidos, secuestrados, encarcelados o expulsados de sus espacios laborales son parte cotidiana de una tragedia que amenaza directamente a la democracia.

El mensaje implícito es devastador: investigar, denunciar o cuestionar puede costar la vida.

Y aun así, miles de comunicadores continúan trabajando. Porque entienden que una nación sin prensa libre termina convertida en una sociedad ciega, incapaz de reconocer sus propios problemas.

Sin periodismo independiente, la violencia se normaliza, la corrupción se oculta y el crimen organizado encuentra condiciones ideales para expandirse.

La relación México-Estados Unidos quizá pueda recomponerse mediante acuerdos diplomáticos, cooperación en seguridad y negociación política.

Pero la relación entre el poder y la verdad es mucho más compleja. Cuando un gobierno comienza a considerar incómoda la crítica y peligrosa la libertad de expresión, la democracia entra en una zona de riesgo.

Al final, los hechos siempre terminan enfrentándose con la ficción.

Y la historia enseña que ningún régimen autoritario ha logrado silenciar para siempre la verdad. Ésta duele, pero prevalece.

ceciliogarciacruz@hotmail.com