Durante su gira por Sinaloa, estado golpeado por dos años de violencia, la presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que la injerencia extranjera produce violencia. Una declaración que sabe a chilorio o aguachile y cuyos ingredientes conviene desmenuzar.

“La injerencia no resuelve los problemas, la injerencia provoca violencia. ¿Qué pide México? Soberanía, cooperación para el desarrollo que es lo que genera paz. ¡No queremos injerencia de ningún gobierno extranjero en nuestro territorio, los mexicanos definimos nuestro futuro!”.

Esa expresión remite a dos años de violencia en Sinaloa desde la sustracción, secuestro, entrega o captura ilegal del considerado líder histórico del Cártel de Sinaloa, el Mayo Zambada, que han dejado 4 mil ejecuciones, 4 mil desapariciones y casi 100 mil desplazamientos, según cifras preliminares.

La expresión presidencial tiene otra connotación actual y política, con destinatarios concretos: quienes piden, exigen y demandan una intervención extranjera para terminar con la inseguridad y la violencia, y también, ya aventajados en la carrera intervencionista, derribar al régimen actual y ponerse al frente.

La declaración de Sinaloa se dirige a la derecha mexicana, los llamados “neopolkos” (en alusión al undécimo presidente estadounidense James K. Polk, quien, en nombre del Destino Manifiesto, se anexó en 1848 el 55 % del territorio mexicano, expandiendo en un solo acto un tercio del territorio continental de su país).

Los neopolkos son quienes salieron a las calles de Reynosa, Juárez, Veracruz, Puebla y Ciudad de México a vitorear a las tropas extranjeras que aquel año invadieron a México para obligarlo a reconocer la separación del estado de Texas y, de pasadita, se llevaron otros siete estados, con los Tratados de Guadalupe-Hidalgo.

Entonces no había encuestas, pero, de haber existido, 9 de cada 10 neopolkos habrían respaldado la intervención, la seguridad nacional en manos extranjeras y la anexión territorial para salvar a la nación mexicana…, desapareciéndola. Como las encuestas que hoy afirman que existen (pero nadie conoce) y en las cuales, presuntamente, la mayoría de las y los mexicanos ya somos neopolkos.

La asociación injerencia extranjera-violencia política doméstica no es un invento. Es un activo tóxico en la historia de México. Como efecto o detonante, ambos términos van de la mano. Cuestión de visitar el Museo Nacional de las Intervenciones, en la CDMX (a unas cuadras del metro General Anaya), para ver cómo los dos han moldeado y acechado la formación y existencia de México como nación soberana.

Con 13 intervenciones extranjeras a cuestas (cinco con afanes de extinción o anexión), las y los mexicanos hemos desarrollado un gen histórico para detectar a los neopolkos y sus patrocinadores; el mismo ADN que nos alerta de que detrás del texto y el contexto están los pretextos: tras cada injerencia extranjera está el interés económico de apropiarse de las riquezas del suelo y subsuelo de la nación.

La afirmación de la presidenta Sheinbaum en Sinaloa —“la injerencia provoca violencia”— no es una consigna retórica ni un arrebato discursivo. Es una síntesis de dos siglos de historia nacional y un principio codificado en el derecho internacional desde 1648. La curaduría de las salas permanentes del Museo Nacional de las Intervenciones demuestra con rigor que la soberanía es la máxima potestad política de un pueblo libre para darse

leyes y definir su camino. Toda acción de un gobierno foráneo que pretenda menoscabarla es una intervención.

El artículo 39 constitucional es categórico: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste”. Por ello, ningún gobierno extranjero —ni sus tropas ni sus agencias ni sus “asesores”— puede arrogarse facultades exclusivas de las y los mexicanos. Más que cortesía diplomática, la no intervención es la piedra angular del orden internacional moderno, formalizado en el artículo 2, párrafo 4, de la Carta de la ONU, que prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.

En el ámbito interamericano, la Carta de la OEA refuerza este principio en su artículo 3, inciso e): “Todo Estado tiene derecho a elegir, sin injerencias externas, su sistema político, económico y social, y a organizarse en la forma que más le convenga”. México es firmante, pero ha sufrido en carne propia la violación de lo estipulado.

El mencionado museo consigna las seis principales intervenciones militares directas: el intento de reconquista española de Isidro Barradas en 1829; la Primera Intervención francesa o Guerra de los Pasteles (1838-1839); la Intervención estadounidense (1846-1848), que provocó la pérdida de más de la mitad del territorio nacional; la segunda Intervención francesa (1862-1867), que impuso el Segundo Imperio, con Maximiliano, y las intervenciones estadounidenses de 1914 y 1916, con la ocupación de Veracruz y la Expedición Punitiva contra Pancho Villa.

A estas seis se suman la conquista española de 1519-1521 y otras expediciones furtivas. El patrón es inequívoco: la ubicación geográfica de México; sus riquezas de suelo y subsuelo, y la vecindad con el país que más intervenciones militares ha realizado en el planeta —alrededor de 400 desde su independencia, sin contar las injerencias encubiertas ni el apoyo económico o político a golpes de Estado— explican este historial de injerencias cuya principal motivación política ha sido la división o la desunión en la vida pública nacional.

La declaración presidencial en Sinaloa se dirige a los “neopolkos”, esa derecha que hoy, como ayer, exige intervención extranjera para terminar con la inseguridad y derribar al régimen actual. Son herederos de Isidro Barradas, Santa Anna, Lorenzo de Zavala, Tomás Mejía y Miguel Miramón; buscan en el exterior el apoyo que no logran dentro. La asociación injerencia-violencia es una diada indisoluble de resultados funestos en la historia mexicana.

Lugares como el Museo Nacional de las Intervenciones son esenciales para preservar la memoria colectiva y enfatizar —en tiempos de acoso e inestabilidad internacionales— que siempre habrá quienes estén listos para sumarse a intereses que quieren un México sometido y dominado. Por eso, la respuesta presidencial es oportuna, constitucional, histórica y soberana. Nuestro país define su futuro. Nadie más.

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