Casi una veintena de mujeres han sido Gobernadoras de sus Estados, pero eso no mejoró la vida de México: el poder también se desgasta en femenino.

En cuatro décadas, México pasó de la excepción a la normalidad: de una sola mujer gobernadora -la pionera Griselda Álvarez – a casi una veintena de mandatarias estatales.

El salto, sin embargo, no ocurrió de forma gradual, sino de golpe: en los últimos años, empujado por la paridad constitucional, el mapa político se llenó de nombres femeninos hasta alcanzar una docena de Estados gobernados simultáneamente por mujeres.

El dato es potente. La narrativa también. México dejó de ser un país donde el poder local era territorio casi exclusivo de hombres. Hoy, la imagen de una mujer al frente de un Estado ya no sorprende; incluso culmina en la Presidencia. Pero la pregunta incómoda -la que rara vez se formula en voz alta- sigue ahí: ¿qué tanto cambió el ejercicio del poder?

En ese tránsito, la lista de Gobernadoras refleja también la diversidad -y las contradicciones- del sistema político: Griselda Álvarez (PRI, Colima); Beatriz Paredes (PRI, Tlaxcala); Dulce María Sauri (PRI, Yucatán); Amalia García (PRD, Zacatecas); Ivonne Ortega (PRI, Yucatán); Claudia Pavlovich (PRI, Sonora); Claudia Sheinbaum (Morena, Ciudad de México); Martha Érika Alonso (PAN, Puebla); Layda Sansores (Morena, Campeche); Indira Vizcaíno (Morena, Colima); Marina del Pilar Ávila (Morena, Baja California); Evelyn Salgado (Morena, Guerrero); Lorena Cuéllar (Morena, Tlaxcala); Mara Lezama (Morena, Quintana Roo); Delfina Gómez (Morena, Estado de México); Tere Jiménez (PAN, Aguascalientes); Libia Dennise García (PAN, Guanajuato); y Margarita González Saravia (Morena, Morelos).

Una pluralidad partidista que, en los hechos, no ha significado necesariamente una ruptura con las inercias tradicionales del poder.

La respuesta, si se mira sin romanticismo, es menos épica de lo que sugiere el discurso.

La conducción femenina ha ampliado agendas -más políticas sociales, mayor énfasis en igualdad y atención a la violencia de género- pero no ha alterado de fondo los grandes indicadores nacionales: inseguridad persistente, desigualdad estructural y una corrupción que muta, pero no desaparece. Dicho sin rodeos: el género abrió puertas, pero no reconfiguró el edificio.

Ahí está el matiz que incomoda tanto a detractores como a apologistas. Ni el poder en manos de mujeres es garantía de eficacia, ni su fracaso invalida la causa de la paridad. Simplemente confirma una verdad más terrenal: gobernar bien o mal depende de capacidades, contextos y decisiones, no del sexo de quien ocupa el cargo.

Y es en ese terreno donde vale detenerse en Margarita González Saravia. Su llegada al gobierno de Morelos se inscribe en esta nueva ola de liderazgos femeninos, pero también en las inercias clásicas de la política mexicana: expectativas altas, estructuras heredadas y márgenes de maniobra más estrechos de lo que la propaganda admite.

Morelos, por su propia complejidad -violencia enquistada, debilidad institucional, tensiones sociales constantes-, no es precisamente un laboratorio dócil para demostrar virtudes de género en el poder. Es, más bien, una prueba de estrés. Y en esa prueba, la gestión de González Saravia comienza a revelar lo que tantas otras antes han enfrentado: que el símbolo pesa menos que la realidad.

Porque si algo ha dejado claro esta etapa de “feminización” del poder estatal es que también hay desgaste en femenino.

Que las redes políticas siguen operando con las mismas lógicas.

Que la ciudadanía evalúa resultados, no discursos.

Y que la legitimidad, al final, no se hereda ni se decreta: se construye -o se pierde- en el ejercicio cotidiano del gobierno.

La paridad, en ese sentido, ya cumplió su primera misión: abrir el acceso. La segunda mucho más compleja, es demostrar que ese acceso puede traducirse en gobiernos más eficaces.

Ahí es donde empieza realmente la historia. Y donde casos como el de Morelos dejarán de ser anecdóticos para volverse definitorios.

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