Columna de Hierro

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CUERNAVACA, MOR. 03 11 2026.- La desaparición del histórico dirigente de la izquierda mexicana podría impulsar una nueva figura en la sucesión presidencial de 2030: su hijo Lázaro Cárdenas Batel.

La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano no solamente cierra un capítulo fundamental de la historia política de México.

También podría abrir otro inesperado: el surgimiento de su hijo, Lázaro Cárdenas Batel, como un serio prospecto para disputar la Presidencia de la República en 2030.

Y cuidado, porque no estamos hablando de cualquier apellido.

Estamos hablando de una familia que lleva casi un siglo escribiendo páginas decisivas de la historia nacional.

El abuelo, general Lázaro Cárdenas del Río, transformó México con la Expropiación Petrolera, el Reparto Agrario y una Política Social que todavía despierta admiración.

El padre, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hizo temblar al régimen priista en 1988, cuando encabezó una formidable rebelión democrática que puso en duda la legitimidad del sistema electoral mexicano.

Ahora podría llegar el turno del nieto.

Lázaro Cárdenas Batel no es un improvisado ni un político que haya vivido exclusivamente del prestigio familiar.

Fue Diputado Federal, Senador, Gobernador de Michoacán y Coordinador de Asesores del ex presidente Andrés Manuel López Obrador.

Actualmente ocupa una posición estratégica: la Jefatura de la Oficina de la Presidencia de Claudia Sheinbaum.

Tiene experiencia, relaciones políticas y acceso directo al poder.

Pero, sobre todo, posee algo que difícilmente podrían conseguir otros aspirantes: un apellido que representa dos de las grandes transformaciones políticas del México contemporáneo.

La primera, encabezada por su abuelo, fue la transformación social y económica del país.

La segunda, impulsada por su padre, abrió las puertas a la competencia democrática y terminó con décadas de dominio político prácticamente absoluto del PRI.

Hay, además, una circunstancia que podría convertirlo en un personaje especialmente atractivo para Morena.

El partido gobernante llegará a 2030 después de una inevitable disputa entre sus grupos internos, que desde ahora se disputan Gubernaturas, Alcaldías y posiciones de poder.

Las elecciones de 2027 serán el primer gran encontronazo.

Y cuando llegue la sucesión presidencial, las ambiciones podrían desatar una verdadera guerra entre quienes se consideran herederos del obradorismo.

Ahí aparece Lázaro.

Un político discreto, poco afecto a los escándalos, que ha sabido convivir con distintas corrientes de la izquierda mexicana.

Incluso resulta paradójico que, mientras Cuauhtémoc Cárdenas mantuvo diferencias profundas con López Obrador, su hijo logró trabajar con el ahora  expresidente y posteriormente convertirse en colaborador cercano de Claudia Sheinbaum.

Eso le permitiría aspirar a convertirse en un puente entre el Cardenismo histórico, el Obradorismo y el proyecto político de la actual Presidenta.

La escena del pasado jueves, cuando Claudia Sheinbaum montó guardia de honor frente al féretro de Cuauhtémoc, acompañada por Lázaro Cárdenas Batel, tuvo una enorme carga histórica.

No fue un destape presidencial, desde luego.

Pero la fotografía reunió, en un mismo instante, el pasado, el presente y una posibilidad para el futuro de la izquierda mexicana.

Y hay otro dato significativo.

Antes del fallecimiento de Cuauhtémoc, el nombre de Lázaro ya comenzaba a aparecer en análisis periodísticos sobre la sucesión de 2030.

La muerte de su padre podría darle ahora una visibilidad que nunca buscó deliberadamente.

En Morelos, esta historia tiene un significado especial.

Aquí, en la antigua residencia del General Cárdenas, ubicada en Palmira, Cuernavaca, permanece una parte entrañable de la memoria familiar.

La tradición histórica vincula esa residencia con la preparación de la expropiación petrolera de 1938.

Después, el General destinó la propiedad a la educación de jóvenes campesinas, dando origen a la histórica Escuela Normal Rural de Palmira.

Y décadas más tarde, Cuauhtémoc encontró en estas tierras zapatistas a muchos de los militantes que acompañaron su movimiento democrático.

Por eso, el Cardenismo no es ajeno a Morelos.

Pero volvamos a la sucesión presidencial.

El camino de Lázaro Cárdenas Batel no sería sencillo.

Enfrente tendría políticos con estructuras partidistas, grandes presupuestos, ambiciones desbordadas y años de promoción personal.

Él carece, por ahora, de una maquinaria electoral nacional propia y tampoco ha manifestado públicamente su intención de buscar la candidatura.

Un apellido histórico ayuda a abrir puertas, pero no garantiza votos.

Y si decide entrar en la contienda, tendrá que demostrar que posee algo más que una herencia política.

Porque la Presidencia de México no se recibe por testamento.

Se conquista.

Sin embargo, el panorama puede cambiar radicalmente en los próximos cuatro años.

Morena necesitará encontrar una figura que conserve la unidad, evite fracturas y resulte competitiva frente a una oposición que buscará recuperar el poder.

Y precisamente ahí podría estar la oportunidad de Lázaro.

No necesariamente como el favorito de hoy, sino como el personaje que podría resultar conveniente mañana.

En política, muchas candidaturas nacen del desgaste de quienes se adelantaron demasiado.

El General Lázaro Cárdenas llegó a la Presidencia de la República.

Su hijo Cuauhtémoc la disputó tres veces y protagonizó una de las mayores sacudidas democráticas del país.

Ahora el nieto tiene frente a sí la posibilidad de escribir un tercer capítulo.

La historia parece empeñada en colocar nuevamente el apellido Cárdenas en el escenario nacional.

Pero hay una enorme diferencia entre heredar el prestigio de dos generaciones y tener la capacidad de construir una tercera.

Cuauhtémoc Cárdenas no le dejó a su hijo una candidatura presidencial. Le dejó algo mucho más grande y difícil de administrar: una historia que lo obliga a estar a la altura.

Y quizá, sin proponérselo, con su muerte haya contribuido a que México comience a mirar hacia un nuevo Lázaro.

Porque en política los hombres desaparecen, pero los grandes apellidos pueden volver a despertar.

(Y voy por más).

eusebiogimeno@gmail.com