Durante décadas, los Presidentes mexicanos entendieron que el poder no sólo dependía del carisma presidencial o del respaldo popular. Dependía también —y quizá sobre todo— de la calidad de los hombres y mujeres que rodeaban al mandatario.
Los viejos regímenes del PRI tenían enormes defectos autoritarios, corrupción estructural y abusos de poder. Pero poseían algo que hoy parece escaso: cuadros de Estado.
En aquellos gabinetes aparecían personajes como Antonio Ortiz Mena, arquitecto del llamado “desarrollo estabilizador”; Antonio Carrillo Flores, jurista y diplomático de talla internacional; Fernando Gutiérrez Barrios, operador político temido y eficaz; Mario Moya Palencia, uno de los últimos grandes controladores del sistema político; o figuras técnicas y administrativas que, más allá de filias ideológicas, conocían el funcionamiento del Estado mexicano.
Eran hombres formados para gobernar.
La crítica actual hacia Morena y la llamada Cuarta Transformación apunta precisamente a la ausencia de perfiles equivalentes. El movimiento encabezado por Andrés Manuel López Obrador logró construir una maquinaria electoral extraordinaria, quizá la más poderosa desde los años hegemónicos del PRI. Pero una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta gobernar un país complejo.
La 4T construyó liderazgo popular, pero no necesariamente una nueva generación de estadistas.
Muchos de los actuales cuadros federales destacan más por la lealtad política, la capacidad de movilización o la narrativa ideológica que por experiencia administrativa, técnica o institucional. El propio debate interno en Morena refleja preocupación por improvisación, falta de operadores políticos y escasa capacidad de gestión en varios niveles de gobierno.
En el Congreso abundan perfiles mediáticos y polarizantes que dominan la confrontación pública, pero no necesariamente la construcción de acuerdos, la ingeniería legislativa o el diseño de Estado. La política convertida en espectáculo ha sustituido en ocasiones a la política como oficio.
Y si el problema es visible a nivel federal, en algunos Estados la situación resulta todavía más delicada.
El caso de Morelos es emblemático.
La Entidad atraviesa una de las etapas más complejas de su historia reciente: violencia criminal persistente, infiltración del narcotráfico, debilidad institucional, crisis financiera y deterioro de la seguridad pública. En ese escenario, amplios sectores sociales observan con preocupación la integración de equipos gubernamentales conformados, según sus críticos, por funcionarios sin experiencia suficiente o por reciclajes políticos provenientes de partidos tradicionales que anteriormente Morena cuestionaba.
La crítica más severa señala que en varias áreas estratégicas predominan perfiles jóvenes con limitada trayectoria administrativa enfrentando desafíos de enorme complejidad política y criminal.
Gobernar Morelos no es administrar un municipio pequeño ni dirigir una campaña universitaria. Es enfrentar redes criminales, crisis presupuestales, conflictos territoriales y presiones nacionales e internacionales. Y para ello se requieren cuadros sólidos, operadores experimentados, técnicos especializados y políticos profesionales.
El problema para Morena es que su enorme fuerza electoral podría comenzar a erosionarse si la ciudadanía percibe que la capacidad de gobierno no está a la altura de las expectativas históricas que generó el movimiento.
Porque el poder presidencial puede ganar elecciones.
Pero sólo los buenos gobiernos construyen legado.
Y hoy, dentro y fuera de la 4T, empieza a crecer una pregunta incómoda:
¿Tiene Morena suficientes cuadros de Estado para sostener el poder que conquistó?
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