La lucha por el poder dentro de Morena en Morelos dejó de ser discreta. Ya comenzó la guerra interna.
Todavía faltan años para la sucesión estatal y municipal, pero en los hechos los grupos políticos ya están desplegados, operando estructuras, promoviendo imagen, movilizando simpatizantes y enviando mensajes de fuerza.
El problema es que nadie parece tener la autoridad suficiente para poner orden.
Y eso empieza a convertirse en un riesgo real para el partido gobernante.
Hace apenas cinco años y medio, cuando Cuauhtémoc Blanco Bravo iniciaba su administración, muy pocos imaginaban que una empresaria identificada con la izquierda social terminaría gobernando el Estado.
En la clase política local, en los Partidos, en la Prensa especializada de Morelos e incluso en los círculos políticos de la Ciudad de México, el nombre de Margarita González Saravia simplemente no aparecía como favorito natural.
Los aspirantes visibles eran otros.
Ahí estaban Lucía Meza Guzmán, con amplia experiencia legislativa y estructura territorial; Rabindranath Salazar Solorio, operador histórico del obradorismo; Juan Ángel Flores Bustamante, con fuerza regional; y Rafael Reyes Reyes, quien había construido presencia política propia. Todos, en distintos momentos, vinculados en mayor o menor medida al antiguo grupo político de Graco Ramírez.

En la oposición tampoco existía una figura dominante. La candidatura presidencial de Xóchitl Gálvez Ruiz intentaba impulsar la llamada Ola Rosa, mientras en Morelos apenas se mencionaban nombres aislados como el del Alcalde capitalino José Luis Urióstegui Salgado.
Tampoco en el escenario nacional el camino parecía despejado para Claudia Sheinbaum. En aquel momento figuras como Marcelo Ebrard, Gerardo Fernández Noroña e incluso Ricardo Monreal Ávila aparecían mejor posicionados mediáticamente.
Pero entonces ocurrió lo que suele ocurrir en Morena: la decisión real vino desde arriba.
La encuesta terminó favoreciendo a Claudia Sheinbaum y, pese a las protestas iniciales de Marcelo Ebrard, todo el aparato terminó alineándose a la señal política de Andrés Manuel López Obrador.
En Morelos sucedió prácticamente lo mismo.
La salida de Lucía Meza de Morena marcó uno de los episodios más controvertidos de la sucesión estatal. La acusación de “traición” jamás terminó de quedar clara ante la opinión pública, pero fue suficiente para sacarla de la jugada. No solamente perdió la posibilidad de competir por una candidatura que además sería definida por género, sino que su separación del grupo parlamentario también le cerró el camino a una eventual reelección en el Senado.
Al aceptar la candidatura del PRI-PAN-PRD, la ruptura quedó consumada.
Y aun así Morena ganó.
Ese detalle es fundamental para entender lo que ocurre hoy: dentro del oficialismo muchos concluyeron que la marca presidencial sigue siendo más poderosa que cualquier fractura local.
Sin embargo, el escenario actual comienza a mostrar señales preocupantes.
El activismo político adelantado del senador Víctor Mercado Salgado, el posicionamiento territorial de Meggie Salgado y los nombres impulsados desde sectores cercanos al gobierno estatal, como Javier Bolaños Aguilar o Alejandra Flores Espinoza, revelan una disputa cada vez menos contenida.
Todos se mueven. Todos hacen campaña. Todos buscan territorio.
Pero nadie parece mandar realmente.
Ahí está el fondo del problema.
Morena en Morelos creció demasiado rápido y absorbió de todo: expriistas, experredistas, expanistas, activistas sociales, empresarios, liderazgos regionales y grupos oportunistas atraídos por el poder. El movimiento ganó elecciones, pero nunca terminó de construir una sola jefatura política interna capaz de disciplinar a todas las corrientes.
Antes el árbitro indiscutible era López Obrador.
Hoy la realidad es distinta.
Claudia Sheinbaum mantiene el enorme poder de la Presidencia, pero ejerce un liderazgo diferente: más institucional, menos caudillista y menos emocional. Eso ha abierto espacios para que grupos locales comiencen a adelantarse, medir fuerzas y desafiar silenciosamente al grupo gobernante.
Y mientras tanto, los llamados “morenistas fundadores” empiezan a sentirse desplazados por nuevos operadores políticos y figuras externas incorporadas al poder.
La pregunta ya no es si existe división interna en Morena. Esa división es evidente.
La verdadera incógnita es si alguien podrá contenerla antes de que las rupturas comiencen a tener consecuencias electorales.
Porque si algo ha demostrado la historia reciente de Morelos, es que las candidaturas importantes no se deciden necesariamente en Cuernavaca.
Las decisiones finales siguen pasando por Palacio Nacional.
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