Columna de Hierro

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CUERNAVACA, MOR. 29 09 2026.- Dos estudiantes de la Preparatoria 2 de la UAEM fueron asesinados a balazos después de salir de una fiesta en la colonia Chulavista de Cuernavaca. Y vuelve la pregunta que cada nuevo muerto hace inevitable: ¿quién vigila la ciudad?….porque Policías tenemos, patrullas tenemos, cámaras tenemos, C5 tenemos, Guardia Nacional tenemos y hasta Ejército tenemos. Lo que no tenemos es la certeza de estar vigilados antes de que disparen.

La Policía de Morelos “siempre está en vigilia”.
Vigila las cámaras. Vigila los monitores. Vigila desde el C5. Vigila con patrullas, tecnología y operativos.

Pero mientras vigila, matan.

Y después llegan las sirenas.

Llegan las patrullas, los Policías, los Peritos, la Fiscalía, la cinta amarilla, el Servicio Médico Forense y finalmente la inevitable carpeta de investigación.

Pero eso ya no es prevención.

Eso es llegar después de la muerte.

Y precisamente ahí está la pregunta que hoy debemos hacerle al General José Luis Bucio Quiroz, Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de Morelos:
¿Dónde está la prevención del delito?

Porque investigar un homicidio corresponde fundamentalmente a la Fiscalía. Su tarea comienza cuando el delito ya ocurrió: preservar indicios, realizar peritajes, identificar sospechosos, obtener órdenes judiciales y llevar a los responsables ante un Juez.

Pero alguien tenía que vigilar antes.

Para eso existe una Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.

Y tampoco estamos hablando de un problema que comenzó ayer.

Tomemos solamente los últimos ocho años, desde el gobierno de Cuauhtémoc Blanco, surgido de la coalición encabezada por Morena en 2018, hasta la actual administración de Margarita González Saravia.

Con Cuauhtémoc Blanco llegó a la seguridad pública el Vicealmirante José Antonio Ortiz Guarneros.

Fueron seis años.

Se habló de coordinación, operativos, inteligencia y combate a la delincuencia.

Terminó el sexenio y Morelos seguía padeciendo homicidios, extorsiones, secuestros, asaltos y disputas entre grupos criminales.

Llegó Margarita González Saravia y cambió nuevamente el responsable de la seguridad.

Primero fue Miguel Ángel Urrutia Lozano, un funcionario identificado con los modelos modernos de inteligencia, cámaras, drones, C5 y análisis tecnológico.

Urrutia tampoco logró contener suficientemente el fenómeno.

Se fue Urrutia.
Y llegó el General de Brigada Retirado José Luis Bucio Quiroz.
Otro perfil.
Otra estrategia.
Otro jefe.
Pero la misma pregunta:
¿Quién está vigilando Morelos?
Porque después de ocho años ya no basta responsabilizar al funcionario anterior.
Han cambiado gobernadores.
Han cambiado secretarios.
Han cambiado mandos.
Han cambiado estrategias.
Han comprado tecnología.
Hay cámaras.
Hay C5.
Hay patrullas.
Hay Guardia Nacional.
Hay Ejército.
Pero siguen matando.

La prevención moderna del delito no consiste en mandar una patrulla a dar vueltas esperando encontrarse casualmente con un delincuente.

Una ciudad debe dividirse en sectores y cuadrantes.

Cada homicidio, robo, asalto, secuestro, extorsión, levantón y balacera debe alimentar diariamente un mapa criminológico.

¿Dónde ocurrió?
¿A qué hora?
¿Qué día?
¿Qué vehículos participaron?
¿Qué armas utilizaron?
¿Hacia dónde huyeron?
¿En qué colonias se repiten los delitos?
¿Dónde están los corredores más peligrosos?
Con esos datos no se manda a las patrullas solamente donde ocurrió el delito de ayer.
Se intenta anticipar dónde puede ocurrir el de mañana.
Para eso sirven las cámaras.
Para eso sirve el C5.
Para eso sirve la tecnología.
Y para eso deberían servir también los drones.
No para presumirlos.
Sino para prevenir y detener delincuentes.

Después está la policía de proximidad: el agente que conoce su cuadrante, que sabe dónde están las escuelas, los bares, los mercados, las zonas de conflicto y los puntos donde recurrentemente ocurren delitos.

Y existe otra palabra fundamental: reacción.

¿Cuánto tarda una patrulla desde que entra una llamada al 911 hasta que llega al lugar?

¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Media hora?

Ese dato debería conocerse públicamente municipio por municipio.

Pero falta hablar del elefante sentado en medio de la Comandancia: la corrupción policial.

No se puede generalizar ni acusar sin pruebas a todos los Policías de Morelos.

Hay agentes que cumplen con su deber y arriesgan la vida.

Pero tampoco podemos cerrar los ojos ante un problema histórico de las corporaciones mexicanas: infiltraciones, filtraciones, complicidades y protección a delincuentes desde dentro de las propias instituciones.

Una estrategia de seguridad se derrumba si el delincuente conoce el operativo antes de que llegue la patrulla.

Por eso también hay que preguntar:
¿Quién filtra información?
¿Quién protege?
¿Quién avisa?
¿Quién recibe dinero?
¿Quién permite operar?
¿Qué controles existen para detectar a elementos que pudieran colaborar con los mismos delincuentes que deberían combatir?

De nada sirven cien cámaras si alguien apaga los ojos.

De nada sirve un mapa delictivo si alguien informa al criminal dónde estará el operativo.

De nada sirven patrullas nuevas si dentro de una corporación existen elementos al servicio de intereses criminales.

Entonces la pregunta es doble: ¿Quién vigila nuestras calles?

Y otra todavía más incómoda: ¿Quién vigila a los vigilantes?

El asesinato de los dos estudiantes de la Preparatoria 2 vuelve particularmente dolorosa esta discusión.

Eran muchachos de apenas 17 años.
Dos familias destrozadas.
Dos lugares vacíos en las aulas.
La UAEM lo resumió con una frase que debería colocarse frente a todas las oficinas encargadas de la seguridad pública:
“La indignación ya no basta”.
No.
Ya no basta.
Tampoco basta cambiar Secretarios.
Tampoco basta instalar cámaras si nadie convierte las imágenes en inteligencia operativa.
Ni llenar Morelos de patrullas si desconocemos dónde están patrullando.

Ni desplegar Guardia Nacional y Ejército si no existe una estrategia territorial coordinada con las policías estatal y municipales.

El ciudadano no necesita saber cuántas instituciones participan en una mesa de seguridad.

Necesita poder salir de su casa y regresar vivo.
Y el General Bucio debe explicar algo más que cifras.

¿Cuántos policías preventivos tiene realmente Morelos en las calles?
¿Cuántos trabajan por turno?
¿Cuántas patrullas funcionan?
¿Cómo están distribuidas?
¿Cuál es el tiempo promedio de respuesta al 911?
¿Cuántas cámaras funcionan?
¿Cuántas están fuera de servicio?
¿Cuántos delitos son detectados en tiempo real desde el C5?
¿Cuántas detenciones se consiguen gracias a esa infraestructura?
¿Y cómo se coordinan las corporaciones cuando un delincuente cruza en minutos de Cuernavaca a Jiutepec, Temixco o Emiliano Zapata?
Pero, sobre todo, debe responder una pregunta que cada nuevo crimen vuelve más incómoda:
¿Quién vigila Morelos mientras todos dicen estar vigilándolo?
Porque después de cada asesinato podemos abrir otra carpeta de investigación.
Acordonar otra calle.
Colocar otra cinta amarilla.
Recoger otros casquillos.
Y pronunciar otro discurso.
Pero para las víctimas ya será demasiado tarde.
La verdadera seguridad pública no comienza cuando aparece el cadáver.
Comienza antes del primer disparo.
Y mientras Morelos no entienda esa diferencia, podremos seguir diciendo, con toda la amarga ironía que permite nuestra realidad:
Morelos: la “Policía siempre en vigilia”….
Y voy por más…
eusebiogimeno@gmail.com