La destitución de Miguel Ángel Urrutia Lozano como Secretario de Seguridad Pública de Morelos no es un relevo menor: es el reconocimiento implícito de un fracaso. En su lugar, el arribo de un mando militar -el General José Luis Bucio Quiroz, ex Comandante de la 24 Zona Militar- confirma el viraje estratégico del gobierno federal.

Con la venia de la Presidenta Claudia Sheinbaum, Morelos entra de lleno a una fase de militarización de la seguridad pública, tras no haber logrado desmontar el poder de los cárteles que mantienen sojuzgada a buena parte de la población.

Urrutia recibió un sistema de seguridad devastado. Cámaras inservibles, inteligencia fragmentada, Policías Municipales desarticuladas y, en muchos casos, infiltradas. Su diagnóstico fue correcto: el Estado no tenía control real del territorio.

Apostó entonces por reconstruir capacidades: rehabilitación del C5, ampliación de video vigilancia, coordinación con fuerzas federales y un incremento presupuestal significativo.

Sin embargo, la estrategia se quedó corta donde más importaba.

Porque una cosa es modernizar el sistema y otra muy distinta es romper las estructuras criminales. Y ahí está el punto de quiebre: los Cárteles nunca dejaron de operar con libertad en regiones clave. La violencia no desapareció, apenas se contuvo. Las ejecuciones continuaron, la extorsión siguió siendo un impuesto informal y el narcomenudeo se consolidó como economía paralela.

El problema de fondo no era tecnológico, sino territorial.

Urrutia privilegió la inteligencia y la coordinación, pero no logró una ofensiva sostenida contra las finanzas, liderazgos y redes locales del crimen organizado. Tampoco consiguió someter a las Policías Municipales, donde persisten focos de corrupción estructural. El resultado fue una estrategia funcional en el papel, pero insuficiente en la realidad cotidiana de los ciudadanos.

Más aún: la dependencia de Ejército y Marina evidenció una debilidad institucional. Cuando un Estado necesita permanentemente a las fuerzas federales para contener la violencia, lo que está en crisis no es la seguridad, sino la capacidad del propio gobierno estatal.

En ese contexto, la decisión de sustituir a Urrutia por un mando militar no es casual. La llegada del General José Luis Bucio Quiroz implica una apuesta distinta: control territorial, disciplina operativa y presencia directa en las zonas más conflictivas del Estado.

La militarización no es una solución en sí misma, pero sí un reconocimiento de que la estrategia anterior no logró recuperar el territorio. El riesgo, sin embargo, es que se privilegie la contención por encima de la construcción institucional, perpetuando la dependencia de las fuerzas armadas.

Morelos vuelve así a un dilema conocido: orden inmediato o institucionalidad duradera.

El relevo en Seguridad no resuelve el problema de fondo, pero sí redefine el método. Y ese cambio, en un estado marcado por la presencia criminal, tendrá consecuencias profundas en los próximos meses

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