Columna de Hierro
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CUERNAVACA, MOR. 24 10 2026.- En Ocotepec, Morelos, los muertos siguen regresando a casa entre flores, velas y ofrendas. Pero esta tradición, que hoy conmueve a miles, tiene raíces mucho más antiguas: viene de un largo viaje cultural que empezó siglos antes de que el calendario católico fijara el 1 y 2 de noviembre.
En Morelos hay un lugar donde la muerte no se recuerda en silencio, sino que se recibe con respeto, comida, luz y memoria. Ese lugar es Ocotepec.
Ahí, cada año, las familias abren sus puertas para honrar a quienes murieron recientemente. Preparan las llamadas ofrendas nuevas, acomodan retratos, encienden veladoras, ponen flores de cempasúchil y colocan los alimentos que en vida gustaban a sus difuntos.

No es solamente una costumbre. Es una manera de decirles a los ausentes que siguen formando parte de la casa.
En Ocotepec, los caminos de flores parecen guiar a las ánimas de vuelta al hogar. Los vivos esperan a sus muertos y los reciben como si regresaran de un viaje largo.
Por eso esta tradición toca tan hondo en Morelos. Porque no se trata solo de recordar a quienes se fueron, sino de volver a convivir con ellos, aunque sea en el misterio de una noche.
Pero esta historia viene de mucho más atrás.
Mucho antes de que los españoles trajeran la religión católica y establecieran el Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, los pueblos originarios de Mesoamérica ya rendían culto a sus muertos.
Los mexicas celebraban ceremonias especiales dedicadas a quienes habían partido. Tenían dos festividades principales: Miccailhuitontli, la pequeña fiesta de los muertos, y Huey Miccailhuitl, la gran fiesta de los muertos.
De acuerdo con viejas crónicas, estas ceremonias no se realizaban originalmente en Noviembre, sino en fechas cercanas al mes de Agosto, aunque los historiadores no coinciden del todo en la equivalencia exacta entre el antiguo calendario indígena y el actual.
Lo importante es entender que el culto a los muertos en México no nació con el calendario católico.
Ya existía.
Y era una visión profundamente distinta de la muerte.
Para los antiguos Mexicas, el destino de las almas no dependía tanto de si una persona había sido buena o mala, como ocurre en la tradición cristiana, sino de la forma en que había muerto.
Quienes fallecían de muerte natural emprendían el camino hacia el Mictlán, el reino de los muertos.
Ese sitio, gobernado por Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, era un lugar oscuro, profundo y lleno de pruebas. Se creía que el alma tardaba hasta cuatro años en llegar, atravesando montañas que chocaban entre sí, vientos helados, caminos pedregosos y otros obstáculos.
En esa travesía, un perro podía ayudar al difunto a cruzar uno de los pasos más difíciles. Por eso el animal tenía un papel simbólico tan importante en la cosmovisión funeraria mesoamericana.
Había otros destinos. Los guerreros muertos en combate acompañaban al sol. Los relacionados con el agua iban al Tlalocan. Los niños también tenían un sitio especial en aquel universo espiritual.
La muerte, para los antiguos mexicanos, no era un final seco y vacío. Era un tránsito. Un viaje. El comienzo de otra ruta.
Con la llegada de los españoles, esas creencias no desaparecieron por completo.
La Iglesia católica ya celebraba en Europa el primero de noviembre como Día de Todos los Santos y el dos de noviembre como Día de los Fieles Difuntos. Los evangelizadores intentaron adaptar las creencias indígenas al nuevo calendario religioso.
Y así, con el paso del tiempo, las tradiciones originarias y las costumbres cristianas fueron mezclándose.
De ese largo encuentro cultural se desarrollaron muchas de las expresiones que hoy conocemos como Día de Muertos.
No fue una mezcla pareja ni idéntica en todo el país. En cada región tomó un rostro distinto. En Morelos, en Oaxaca, en Michoacán, en la Huasteca o en Puebla, la tradición adquirió formas propias, pero conservó el mismo corazón: honrar a quienes se fueron y mantenerlos cerca mediante la memoria.
Por eso Ocotepec no es una postal folclórica ni un simple atractivo turístico.
Es una prueba viva de que México no ha soltado la mano de sus muertos.
Allí sigue latiendo una vieja idea mesoamericana: que la muerte no rompe del todo el vínculo con los nuestros.
Y acaso por eso esta celebración conmueve tanto. Porque mezcla el dolor con la ternura, la ausencia con la presencia, el llanto con la mesa servida.
Mientras en otras culturas la muerte suele esconderse, aquí se le pone flores, pan, mole, velas, retratos y caminos de cempasúchil.
No para burlarse de ella, sino para domesticar el miedo y volverla parte de la vida.
Ocotepec, en ese sentido, no sólo preserva una tradición morelense. Conserva una manera profundamente mexicana de mirar el final de la existencia.
Y esa mirada viene de muy lejos, del mundo antiguo, de los dioses del inframundo, de las ofrendas indígenas y de la necesidad humana de no olvidar.
Quizá por eso nuestros muertos no llegan solamente el 1 y 2 de Noviembre.
Llegan cada vez que los recordamos, cada vez que les ponemos su comida, cada vez que encendemos una vela y cada vez que en el corazón les seguimos guardando un lugar en la mesa.
(Y voy por más)
eusebiogimeno@gmail.com