Por Cecilio García Cruz

      Jesús Te Ampare

Los regímenes autoritarios rara vez se presentan como lo que son. Prefieren el disfraz. Adoptan el lenguaje del diálogo, las palabras benévolas, las sonrisas de ocasión y la retórica de la reconciliación para ocultar su verdadera naturaleza: la maldad ejercida desde el poder.

Utilizan la represión para ejercer su voluntad sobre la población civil y restringen las libertades personales.

El diálogo, en sus manos, no es un puente para resolver conflictos, sino una vía espuria para legitimar abusos.

Hablan de acuerdos, de paz y de entendimiento, pero ese diálogo no busca soluciones reales.

Sirve para ganar tiempo, para dividir a la sociedad, para confundir a la opinión pública y, sobre todo, para controlar la agenda.

Mientras se discute lo accesorio, lo esencial queda intacto: la concentración del poder, la corrupción, la impunidad y el sometimiento del pueblo.

Así actúan quienes llaman “amigos” a los torturadores, quienes estrechan la mano de dictadores y justifican lo injustificable bajo el argumento de la diplomacia o la conveniencia política.

Regímenes que reparten dádivas como si fueran favores personales, migajas presentadas como grandes logros, con el único fin de comprar lealtades y anestesiar conciencias.

El poder, cuando se ejerce sin ética ni límites, deja de servir al país y se convierte en un proyecto personal o de grupo.

Es, como decía López Obrador, “el poder atonta a los inteligentes y a los tontos los vuelve locos”. El que escribe agregaría: y corruptos.

Entre los que se “volvieron locos” sobresalen: “Andy”, El poderoso Junior, y su hermano Gonzalo López, “Bobby”; Adán Augusto López, Noroña, Mario Delgado, Francisco Garduño, el gobernador Rubén Rocha, la gobernadora Marina del Pilar e Ignacio Ovalle.

La lista de funcionarios señalados como corruptos es numerosa; gozan de   impunidad por su relación y afecto con el caudillo del sur. Por eso andan como “Pedro por su casa” con plena libertad y desenfado.

Estos políticos gobiernan para perpetuarse, no para servir. Utilizan al Estado como herramienta de control y propaganda, relegando la responsabilidad mayor de cualquier gobierno: velar por el interés nacional y la dignidad de sus ciudadanos.

La historia lo ha demostrado una y otra vez: los fuertes hacen lo que quieren cuando no encuentran resistencia, y los débiles pagan el precio.

En los regímenes autoritarios, el pueblo es siempre el más débil. Su dignidad es pisoteada, su voz minimizada y su sufrimiento convertido en daño colateral.

La maldad no siempre grita ni golpea de inmediato. A veces susurra, sonríe y promete. Y justo ahí radica su mayor peligro.

Porque cuando la injusticia se disfraza de diálogo, la opresión avanza sin hacer ruido, hasta que ya es demasiado tarde para detenerla.

Hoy día los políticos en el poder muestran el cobre sin rubor; son demagogos de chusmaje que, con gran cinismo, quieren defender lo indefendible.

Pan y circo hoy; mañana, silencio y sumisión.

ceciliogarciacruz@hotmail.com