COLUMNA DE HIERRO
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CUERNAVACA, MOR. 19 06 2029.- Dicen los viejos que en política no basta con tener operadores, dinero o buenos discursos.

Que hay quienes, cuando cae la noche, buscan otro tipo de aliados.

No los que aparecen en las fotografías oficiales, sino los que trabajan entre veladoras, incienso, hierbas, tabacos, rezos y símbolos que pocos se atreven a mirar de frente.

No preguntes nombres. Mejor dicho: «te lo digo Pancho para que me lo entiendas, Poncho».

En México abundan las historias de candidatos que antes de registrarse visitan a quien “abre los caminos”; de funcionarios que cargan un amuleto escondido bajo el saco; de personajes poderosos que no toman una decisión importante sin consultar primero a quien asegura leer el destino.

Son relatos que recorren pueblos, montañas y cafés políticos como si fueran secretos a voces.
En los mercados se habla de limpias.

En las comunidades apartadas se cuentan historias de Chamanes.

En algunas regiones se mencionan Santeros, Espiritistas, Curanderos o Brujos que prometen protección contra la traición, el fracaso o la mala fortuna.

Nadie lo admite públicamente, pero siempre hay alguien que asegura haber visto llegar una camioneta de lujo a una casa apartada en plena madrugada.

La superstición y el poder han caminado juntos desde hace siglos.

Cuando la incertidumbre domina, algunos buscan respuestas donde la lógica se queda corta. Así nacen las leyendas que mezclan campañas con rituales, elecciones con presagios y decisiones de Estado con consultas esotéricas.

En los corrillos políticos se susurran historias de ceremonias para atraer la suerte o alejar enemigos.

Se habla de altares ocultos, de rezos secretos y de personajes que aseguran poder torcer el destino.

Son parte del folclore político mexicano, un universo donde la realidad y la imaginación muchas veces se confunden.

Pero quizá la verdadera Magia Negra no esté en las veladoras ni en los supuestos conjuros.

Tal vez se encuentre en la capacidad de algunos para desaparecer la verdad, disfrazar la corrupción, sembrar miedo o convertir la impunidad en una forma de gobierno.

Porque el hechizo más peligroso no es el que, según cuentan las leyendas, se hace con hierbas o símbolos misteriosos.

Es el que logra que una sociedad se acostumbre a la violencia, a las desapariciones, a los cementerios clandestinos, al silencio de los testigos y a la resignación de las víctimas.

Al final, nadie sabe si los amuletos funcionan, si las limpias cambian el destino o si los conjuros deciden una elección. Lo que sí ha demostrado la historia es que el poder suele buscar refugio en cualquier sitio cuando pierde la confianza en la voluntad del pueblo.

Y quizá la magia más oscura no sea la que se practica a la luz de las velas, sino la que convierte el miedo, el silencio y la impunidad en instrumentos para conservar el poder.

Como dicen los abuelos: «si escuchas que un político fue a consultar a un brujo, tómalo como una historia de pasillo.

Pero si descubres que se rodeó de corruptos, criminales o cómplices del poder oscuro, entonces deja de buscar fantasmas.

Ahí sí, el mal ya no pertenece a las leyendas». eusebiogimeno@gmail.com