Los terremotos que afectaron los últimos días a Venezuela el 24 de junio, el 28 de julio en Japón y a Colombia el 10 de agosto, nos extrémecen para tomar conciencia de la vulnerabilidad a la que estamos expuestos ante los desastres de la naturaleza que se han incrementado por el calentamiento del planeta: huracanes, tormentas tropicales, sismos erupciones de volcanes, y hasta los incendios por el calor extremo.

De pronto afectados por la tragedia, los objetos materiales acumulados por años desaparecen, lo único importante es salvar la vida la personal y la de la familia.

En los tiempos modernos perdimos el contacto con las fuentes internas de dicha, inmersos en el materialismo aprendemos que la felicidad se origina fuera de nosotros, de manera que la experiencia de felicidad externa la buscamos afanosamente en los objetos materiales, en los fármacos y en las sustancias adictivas.

De pronto en las tragedias se pierde todo, los apegos a los objetos que nos traen memoria significativa: el anillo de compromiso, los aretes de la abuela, el jarrón chino herencia de la tía, las cartas de amor y las fotos de familia con los seres queridos que ya fallecieron, la vajilla, los cubiertos, el vestido de novia, el primer zapatito del bebé, bueno hasta un mechoncito de cabello, en fin, cada familia atesora sus valores.

Algunos coleccionan objetos: cucharitas, plumas, monedas, relojes, timbres, tazas, discos de acetato, libros, hasta tarjetas de crédito.

El apego es el vínculo obsesivo a un objeto, idea o persona, se basa en cuatro creencias: es permanente, te hace feliz, da seguridad y sentido a la vida.

Por más que mentalicemos, no estamos preparados para las pérdidas, cuando se pierde este vínculo, el dolor es muy grande de manera que se vive un proceso de duelo similar a la pérdida de un ser querido.

Las crisis muestran lo superfluo de las necesidades que nos ha creado la sociedad de consumo, sin ser necesidades básicas. La crisis nos enfrenta al dolor de la pérdida, a un cambio de valores y desprendernos de los apegos y a encontrarle un nuevo sentido a la vida.

Los invito a realizar un ejercicio de reflexión. Te salvaste del terremoto, el edificio donde vivías está a punto de colapsarse, sin pedir autorización, tienes 5 minutos para sacar un objeto de lo que queda de tu vivienda. ¿Qué sacarías?

En el terremoto de México vi a una abuela que perdió a su familia abrazar un jarrón, lo único que pudo recuperar; un señor de edad cargar un escritorio, argumentó que lo acababa de comprar.

El proceso de duelo es doloroso, lleva tiempo y pasa por varias fases de acuerdo con cada persona:

*El Impacto, es la primera fase, te quedas en shock, no sabes ni como actuar, de pronto te salvaste, volteas a ver y tu familia quedó atrapada, corres, gritas pidiendo auxilio o permaneces paralizada.

*La segunda fase puede ser la ansiedad, una energía, una emoción que no sabes cómo canalizarla, permaneces en estado de alerta.

*Miedo, de otra réplica, no te sientes seguro, buscas a la familia, no sabes dónde está, unos viven fuera del país y no tienes el aparato para llamarles y no recuerdas el número.

*Coraje, no sabes contra quién estás enojada, contra la naturaleza, contra Dios, contra los que construyeron el edificio y te preguntas ¿Por qué a nosotros? *Tristeza, pasan los días y sientes el dolor de las pérdidas, no sabes ni cómo describirlo, te falta la fuerza vital. Te das cuenta de que no queda de otra que adaptarse ser resilientes, tenemos el gran poder de adaptarnos a las pérdidas; buscar ayuda si no pueden solos, no nieguen que estás vulnerable. Las penas cuando se comparten se hacen más pequeñas, al escucharte encuentras soluciones.

Si las penas se guardan causan síntomas de enfermedades.

Todos necesitamos aprender de las crisis, darnos cuenta de que lo más valioso se lleva en el corazón y en la memoria y como dice una ley de la física.

El cambio no es permanente y todo sistema para ser válido y existir de forma regular debe transformarse y avanzar con el tiempo y las dinámicas sociales, físicas y naturales.

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