Por Eusebio Gimeno

Para los Judíos, Pascua significa un cambio de la esclavitud a la libertad, y con ello celebran su liberación del Imperio Egipcio.

Para los Cristianos Pascua significa la resurrección de Jesucristo.

En todo caso la Pascua se celebra en todo el mundo.

Es la Pascua pues,el significado de un “paso” que atraviesa la historia

Cada año, millones de personas alrededor del mundo celebran la Pascua sin detenerse necesariamente a pensar en el profundo significado de una palabra que, en esencia, encierra una idea poderosa: el cambio, la transición, el paso de una condición a otra.

El término “Pascua” proviene del latín «pascha», que a su vez tiene su raíz en el hebreo «pesaj», cuyo significado literal es “paso” o “salto”.

No se trata de una coincidencia lingüística menor, sino de una expresión que resume uno de los relatos fundacionales más importantes de la tradición occidental.

En la tradición Judía, la Pascua —Pesaj— conmemora el paso de Dios por Egipto y la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud. Es una celebración de la libertad, del fin de la opresión y del inicio de una nueva etapa como pueblo.

Aquí, la Pascua no es solo memoria histórica, sino identidad viva: recordar para no volver a caer en la servidumbre.

En el Cristianismo, el concepto adquiere una dimensión distinta pero complementaria. La Pascua representa el paso de la muerte a la vida, simbolizado en la resurrección de Jesucristo. Es, en términos teológicos, la victoria sobre la muerte y la promesa de renovación.

De ahí que sea considerada la celebración más importante del calendario cristiano, por encima incluso de la Navidad.

Más allá de lo religioso, la palabra Pascua ha permeado el lenguaje cotidiano y cultural.

En muchos países se asocia con periodos vacacionales, encuentros familiares y símbolos populares que, aunque ajenos al origen bíblico, refuerzan la idea de vida nueva.

Entre ellos destacan los huevos de Pascua. Este símbolo tiene raíces muy antiguas: desde civilizaciones como la Egipcia, la Persa o la Romana, el huevo representaba el origen de la vida y el renacimiento. Con el tiempo, el Cristianismo lo adoptó como una metáfora de la tumba cerrada que guarda vida en su interior, y que se abre con la resurrección.

Incluso hay una explicación práctica: durante la Cuaresma medieval se prohibía consumir huevos, por lo que se almacenaban y, al finalizar el ayuno, se decoraban y compartían como signo de celebración.

Otro símbolo ampliamente difundido es el Conejo de Pascua. Su origen se encuentra en tradiciones europeas, particularmente germánicas, donde la liebre era considerada un emblema de fertilidad por su alta capacidad reproductiva. Asociada a la primavera, representaba la abundancia y el renacer de la naturaleza.

Con el paso del tiempo, esta figura evolucionó hasta convertirse en el personaje que “trae” huevos a los niños, una tradición que se popularizó en distintas partes del mundo.

Huevos y conejos, en apariencia elementos festivos y comerciales, comparten un mismo hilo conductor: la idea de la vida que se renueva, que se multiplica y que se abre paso incluso después de la adversidad.

En el fondo, Pascua sigue significando lo mismo que hace miles de años: un punto de inflexión. Un momento en el que algo termina y algo comienza. Un recordatorio de que toda crisis puede dar paso a una transformación.

Porque, al final, la Pascua no solo se celebra: también se vive.  eusebiogimeno@gmail.com