Las elecciones de medio término del 3 de noviembre dejaron un resultado contundente: el Partido Demócrata obtuvo la mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado. También ganó gubernaturas que estaban en manos republicanas, entre ellas Texas, Ohio, Iowa y Georgia.

Y aunque el conteo continúa en algunas contiendas y los resultados todavía deben certificarse, las proyecciones ya confirman un cambio de poder en el Congreso para los dos últimos años de la presidencia de Donald Trump.

El voto expresó un rechazo al partido gobernante y a la gestión presidencial.

El costo de vida, la inflación, la guerra contra Irán y las preocupaciones por la corrupción estuvieron entre los motivos centrales del malestar electoral.

La derrota republicana fue especialmente significativa porque los demócratas avanzaron en Estados y Distritos que hasta hace poco se consideraban bastiones conservadores. En Texas, por ejemplo, James Talarico ganó un escaño senatorial y Gina Hinojosa la gubernatura.

El escenario que se materializó es el de un gobierno dividido, pues la Casa Blanca seguirá en manos republicanas, mientras que ambas Cámaras del Congreso pasarán a control demócrata cuando el nuevo periodo legislativo comience en Enero.

Esto no supone que la agenda presidencial quedará paralizada de inmediato ni que el Partido Demócrata dispondrá de poder ilimitado. El presidente conserva el veto y la mayoría senatorial no alcanza para superar por sí sola los obstáculos legislativos más exigentes.

Sin embargo, la oposición tendrá capacidad para bloquear Iniciativas, impulsar investigaciones y someter las decisiones de la administración a un escrutinio mucho mayor. Trump ya anunció que recurrirá al veto frente a proyectos demócratas.

Tampoco debe interpretarse la victoria como un mandato sin matices a favor de toda la agenda demócrata.

El liderazgo del Partido reconoce que una parte importante del electorado votó para expresar su descontento con Trump y con el rumbo del país, más que por adhesión plena a sus propuestas.

Por ello, la nueva mayoría tendrá que demostrar que puede responder a las preocupaciones sobre precios, empleo y servicios públicos, a la vez que cumple su función de contrapeso. Esa tensión definirá buena parte de la política estadounidense en los próximos dos años. 

Para México, el resultado abre una etapa de negociación más compleja.

La política hacia nuestro país no depende únicamente de la Casa Blanca: también se define en el Congreso, en los gobiernos estatales, en los tribunales, en los sindicatos y en los sectores empresariales.

Con una mayoría demócrata, habrá más voces con capacidad de cuestionar las decisiones presidenciales en materia comercial y migratoria, pero eso no significa que todas coincidan con las prioridades mexicanas. En ambos Partidos hay sectores proteccionistas y posiciones críticas de los Tratados comerciales.

Al mismo tiempo, la nueva composición legislativa puede ampliar los espacios de diálogo con representantes que atienden las demandas de las comunidades hispanas y mexicanoestadounidenses, incluidas las relacionadas con derechos laborales y migración. La diplomacia mexicana tendrá que cultivar interlocución con legisladoras y legisladores de ambos Partidos y con autoridades estatales, en especial en los Estados fronterizos y en aquellos donde la integración económica con nuestro país es más estrecha.

El resultado de Texas, por su peso político, económico y fronterizo, vuelve aún más relevante esa interlocución. La cooperación cotidiana entre autoridades locales, empresas y comunidades también puede sostener vínculos que la disputa partidista en Washington ponga bajo presión.

No conviene reducir el resultado a una sola causa, pero sí es posible reconocer que la economía doméstica y las decisiones internacionales de Washington están conectadas, pues cuando la población resiente sus efectos en el bolsillo, la política exterior deja de ser un asunto distante.

La derrota republicana no elimina los riesgos de confrontación institucional. Trump puede intensificar el uso de órdenes ejecutivas, vetar Iniciativas y mantener una retórica de choque; a su vez, el Congreso demócrata podría privilegiar la supervisión y las investigaciones sobre la cooperación legislativa.

La disputa por el poder puede reducir los márgenes para acuerdos duraderos y convertir asuntos bilaterales en instrumentos de la competencia política interna. También es previsible que cada Partido busque presentar los conflictos y eventuales bloqueos como argumentos ante el electorado rumbo a 2028.

México debe prepararse para tratar con una Presidencia Republicana y un Congreso Demócrata, sin asumir que la división de poderes producirá automáticamente mejores condiciones para el país.

La coyuntura exige mantener abiertos los canales de comunicación, defender con argumentos los intereses nacionales y anticipar cambios en Comercio, Migración y Seguridad. También obliga a fortalecer el mercado interno y diversificar relaciones económicas para reducir vulnerabilidades.

Una lección de esta elección es que los límites del respaldo electoral a la política exterior están en donde los costos repercuten en la vida cotidiana. La guerra contra Irán y el alza de los combustibles formaron parte del resultado electoral, junto con el encarecimiento de bienes y servicios.

Otra lección es que México no debe esperar que de manera automática los desacuerdos de Washington le favorezcan.

La relación bilateral seguirá atravesada por asimetrías y por intereses contrapuestos; corresponde al Estado construir alianzas, ampliar sus opciones y sostener un proyecto nacional respaldado por instituciones sólidas.

Nuestra soberanía no depende de quién gane una elección en EE. UU.; más bien debe orientar nuestra actuación ante cualquiera de sus gobiernos.
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