Cuando las mexicanas y los mexicanos tenemos motivos para creer en nosotros mismos y en nuestro país, el estado de ánimo cambia. Y eso nos lo está recordando el Mundial 2026, más allá de resultados deportivos.

En ese contexto, vemos que se olvidan o postergan el malestar social, el encono partidista y la preocupación de los problemas nacionales y regionales que pudieran tensar la relación entre sociedad y gobierno, población y autoridad y gobiernos vecinos que buscan cómo enfrentar desafíos comunes —crimen organizado, fentanilo y migración— con enfoques y estrategias diferentes.

Cuando la fe religiosa, que mueve montañas y almas, se transforma en un producto laico que mueve personas y pueblos enteros, se llama esperanza. Ese es el nombre laico de la fe.

En el partido de México vs. Chequia celebrado en el estadio CDMX, vimos a dos pueblos movidos históricamente por la fe religiosa, enfrentarse por la fe al futbol, es decir, por la esperanza de ver a sus selecciones coronarse con el triunfo.

Las y los checos que vinieron a México en el marco del Mundial prepararon una marcha para apoyar a su equipo con consignas, cánticos y música. Esta fue una oportunidad para contrastar las marchas movidas por la esperanza deportiva y las marchas movidas por el interés gremial que en días pasados se movilizaron para asediar el estadio CDMX, con objetivos diferentes de los perseguidos por la afición de la esperanza.

¿Y qué decir del futbol y la política? Son dos oficios, dos actividades movidas por el resorte de la esperanza, que también se edifican con el legítimo interés partidario de ganar. No en balde ambos se mueven por el concepto de “partido”, es decir, sus practicantes son partisanos de una creencia y de la esperanza en salir victoriosos de una contienda.

El otro interés que ronda este Mundial de futbol 2026 no lo podemos ignorar. Es el interés dominante, mercantil, de la máxima ganancia y el máximo beneficio, con el mínimo de entretenimiento y promoción cultural.

Con boletos de 120 mil pesos promedio en México, el futbol llanero y popular quedó proscrito de los estadios mundialistas. De no ser por las pantallas públicas que el Mundial Social de la presidenta Claudia Sheinbaum promovió a lo largo de las plazas públicas del país, el actual hubiese sido el Mundial Fifí o el Mundial de la exclusión, la discriminación económica y la desigualdad social.

El Mundial Social y el pato Merlín, que de manera viral se convirtió en la mascota mexicana de este torneo (desplazando del pódium al oficialista jaguar Zayu), salvaron el carácter popular de esta competencia deportiva.

La energía desbordada en las plazas y la apropiación espontánea de Merlín nos recuerdan que la esperanza no se decreta desde arriba: emerge cuando la gente se reconoce en un símbolo compartido y lo vuelve propio. Si logramos unirnos con tanta intensidad alrededor de un balón, ¿qué nos impide hacerlo frente a las causas urgentes del país? El futbol no ofrece una solución, sino una tregua que nos muestra el rostro de un México que aún puede mirar hacia un mismo horizonte sin enconos. Esa revelación efímera interpela a quienes tienen responsabilidad pública: la ciudadanía está dispuesta a creer, pero necesita proyectos de unidad.

Esta reapropiación del Mundial nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza de la cohesión social que experimentamos. ¿Cómo asegurarnos de que la esperanza reflejada en millones de compatriotas durante el torneo se convierta en una expresión genuina de la mexicanidad y no en una ilusión colectiva que se desvanezca con el silbatazo final? La respuesta no es sencilla, porque la esperanza deportiva tiene una cualidad ambivalente: puede ser un anestésico que adormece la conciencia crítica y un catalizador que demuestra de qué somos capaces cuando dejamos de lado las diferencias. Ignorar una de estas dos dimensiones sería un error. Quienes celebran acríticamente la fiesta mundialista olvidan que las sociedades no se transforman con goles, mientras que quienes la desprecian desde el elitismo intelectual no ven el potencial político de una ciudadanía que recupera la capacidad de imaginarse como comunidad.

El reto está en trasladar esa energía hacia terrenos más duraderos sin romper el encanto. Porque la esperanza, como el cristal, es frágil: si se manipula con torpeza o se intenta institucionalizar a la fuerza, se rompe. De ahí que las narrativas de unidad que el país necesita no puedan calcarse del libreto futbolístico. Un partido de futbol funciona porque tiene reglas claras, adversario definido y resolución en tiempo real, condiciones que la complejidad de los problemas nacionales difícilmente ofrece. Sin embargo, el Mundial deja la enseñanza de que la unidad no requiere unanimidad ideológica, sino propósito común que trascienda las trincheras partidistas.

Mientras tanto, millones de mexicanas y mexicanos seguirán buscando en la cancha lo que la plaza pública les podría estar negando: la certeza momentánea de pertenecer a algo más grande que sus biografías individuales, la ilusión de un país que aún puede celebrar unido. La imagen del pato Merlín contoneándose grácilmente parece susurrarnos que la esperanza siempre encuentra un resquicio para colarse, incluso cuando los boletos han alcanzado precios estratosféricos y el mundo parece diseñado para los de arriba. Esa capacidad de propiciar grietas en el muro de la marginalidad es, en sí misma, un acto de resistencia digno de admirar. La pregunta que nos queda tras el pitazo final es si sabremos honrarlo con algo más que un suspiro de nostalgia.

Por ello, quizá por encima de nuestras diferencias políticas, sociales y económicas, la mayor lección de estas semanas mundialistas no está en los estadios, sino en las calles pletóricas de banderas y camisetas tricolor, en donde las mexicanas y los mexicanos continúan en búsqueda de algo que los haga sentir parte de un mismo proyecto nacional.

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