La noticia pasó casi desapercibida entre la avalancha diaria de información política, policiaca y electoral.
Sin embargo, debería preocuparnos a todos: la inversión fija bruta en México acumula diecinueve meses consecutivos de caída.
Traducido al lenguaje cotidiano, significa que empresas y empresarios están destinando menos recursos a construir fábricas, abrir negocios, ampliar instalaciones o comprar maquinaria.
Y cuando eso ocurre durante mucho tiempo, el impacto termina llegando al empleo, a los salarios y al crecimiento económico.
La pregunta inevitable es: ¿qué está pasando?
Las respuestas simples suelen ser las más populares, pero rara vez son las más acertadas. Hay quienes atribuyen toda la responsabilidad al actual gobierno. Otros culpan exclusivamente a los factores internacionales.
La realidad es más compleja.
México vive un momento paradójico. Nunca había tenido una oportunidad tan grande para atraer inversiones gracias a su cercanía con Estados Unidos y a la reconfiguración de las cadenas de producción mundiales.
La rivalidad comercial entre Estados Unidos y China abrió una ventana histórica para que numerosas empresas trasladaran parte de sus operaciones a territorio mexicano.
Sin embargo, esa oportunidad no se ha traducido en el crecimiento explosivo que muchos anticipaban.
Parte de la explicación está fuera de nuestras fronteras.
La economía mundial atraviesa una etapa de desaceleración.
Las guerras comerciales, los conflictos geopolíticos y la incertidumbre financiera han llevado a muchas empresas a actuar con cautela.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca tampoco ayuda a despejar dudas.
Sus posturas respecto al comercio internacional, la migración y la revisión futura del T-MEC han generado preguntas entre quienes planean invertir miles de millones de dólares en la región.
Pero también existen factores internos.
Los inversionistas, nacionales y extranjeros, suelen buscar tres cosas: estabilidad, reglas claras y certeza jurídica. Cuando perciben cambios importantes en el entorno político o legal, tienden a esperar antes de comprometer grandes cantidades de dinero.
Esto no significa necesariamente que desconfíen del país. Significa que desean conocer con precisión cuáles serán las reglas bajo las cuales operarán durante los próximos años.
Aquí surge otro debate frecuente: ¿existía más confianza durante los gobiernos del PRI y del PAN?
La respuesta requiere matices.
Durante las décadas posteriores a la firma del Tratado de Libre Comercio, México proyectó una imagen de continuidad económica y cercanía con Estados Unidos.
Esa relación generó confianza en amplios sectores empresariales e impulsó importantes flujos de inversión.
Sin embargo, tampoco conviene idealizar aquel periodo.
Fueron años marcados por episodios de corrupción, crisis de seguridad, bajo crecimiento económico y una desigualdad persistente que terminó alimentando el descontento social que llevó a la alternancia política de 2018.
Ni el pasado fue tan exitoso como algunos recuerdan, ni el presente es tan desastroso como otros sostienen.
La historia económica de México ha estado marcada por ciclos de optimismo y desencanto. Desde la crisis de la deuda en los años ochenta, pasando por la crisis financiera de 1994, hasta la recuperación posterior y la transformación política reciente, el país ha demostrado una notable capacidad para levantarse de momentos difíciles.
Por eso, más que buscar culpables únicos, convendría concentrarnos en las soluciones.
México necesita fortalecer el Estado de derecho, garantizar seguridad para las inversiones, ampliar su infraestructura, resolver los retos energéticos y aprovechar mejor las oportunidades que ofrece el T-MEC. También requiere diálogo entre gobierno, empresarios, trabajadores y sociedad para construir confianza de largo plazo.
La buena noticia es que los fundamentos siguen ahí. México mantiene una ubicación geográfica privilegiada, una amplia red comercial, una población joven y una economía profundamente integrada con Norteamérica.
La inversión puede regresar.
La confianza puede recuperarse.
Los grandes proyectos pueden volver a ponerse en marcha.
Pero nada de eso ocurrirá por inercia.
La historia demuestra que los países progresan cuando logran combinar estabilidad política, certeza económica y visión de futuro. México posee los recursos, el talento y la posición estratégica para hacerlo.
La pregunta no es si el país tiene potencial. La pregunta es si seremos capaces de ponernos de acuerdo para aprovecharlo.
Porque al final, la inversión no es solamente una estadística.
Es la diferencia entre el estancamiento y la oportunidad.
Entre conformarse con crecer poco o aspirar a construir un futuro más próspero para las próximas generaciones
eusebiogimeno@gmail.com.