Columna de Hierro
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CUERNAVACA, 22 10 2026.- Halloween significa “víspera de Todos los Santos” y se celebra cada 31 de octubre, la llamada Noche de Brujas. Detrás de sus calabazas y disfraces sobrevive el misterio del Samhain Celta, cuando se creía que los muertos regresaban al mundo de los vivos.
Mucho antes de que existieran los Estados Unidos, cuando los bosques de Irlanda y Escocia estaban envueltos en nieblas espesas y las noches se iluminaban con hogueras, los antiguos celtas celebraban una de sus festividades más misteriosas: el Samhain, que marcaba el final de las cosechas y el comienzo del invierno.
Era el tiempo en que la naturaleza parecía morir. Los árboles perdían sus hojas, los campos quedaban desiertos y el frío anunciaba la llegada de los días más oscuros del año.

Según las antiguas creencias, durante aquella noche la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía más tenue. Los espíritus podían regresar a sus antiguas casas y las criaturas sobrenaturales rondaban los caminos.
Se encendían hogueras, se preparaban alimentos y, en costumbres que evolucionaron con los siglos, aparecieron máscaras y disfraces para ahuyentar a los seres malignos.
Pero había otra parte de la celebración, mucho más misteriosa.
LOS SORTILEGIOS DE LAS BRUJAS
Las tradiciones populares de Irlanda y Escocia conservan numerosos relatos de hechizos, adivinaciones y prácticas destinadas a descubrir lo que deparaba el futuro.
Las muchachas arrojaban nueces al fuego para conocer su suerte en el amor. Otras participaban en juegos con manzanas, plantas y objetos escondidos que, supuestamente, anunciaban matrimonios, riqueza o desgracias.
El poeta escocés Robert Burns dejó testimonio de aquellas costumbres en su poema Halloween, escrito en 1785, donde describe reuniones campesinas, supersticiones, sortilegios y seres fantásticos.
Aunque ustedes no lo crean consulté a una practicante de ritos esotéricos de inspiración británica. Me habló de Hécate, la Diosa de la Magia, la Noche y los Caminos, venerada originalmente en el mundo griego, no entre los celtas, pero incorporada a distintas corrientes modernas de brujería.
También aparecen las Runas, antiguos signos de escritura de los pueblos germánicos, a los que ciertas prácticas esotéricas atribuyen poderes de adivinación. Los antiguos irlandeses tenían otra escritura, llamada Ogham, formada por líneas y marcas grabadas sobre piedra.
Así se han ido mezclando creencias de distintas culturas y épocas hasta formar ese universo de calderos, hierbas, velas, símbolos misteriosos y conjuros que hoy identificamos con la brujería.
DE LOS NABOS A LAS CALABAZAS
Con la expansión del Cristianismo, las antiguas costumbres se entrelazaron con las celebraciones de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.
Durante el siglo XIX, miles de inmigrantes irlandeses y escoceses llevaron sus tradiciones a Estados Unidos.
Y aquí ocurrió una transformación curiosa.
En Irlanda se acostumbraba vaciar nabos y tallarles rostros espantosos, colocando una luz en su interior. En América encontraron las calabazas, mucho más grandes y fáciles de trabajar.
Los disfraces, las visitas de casa en casa y los juegos populares fueron evolucionando hasta dar lugar al famoso “Trick or Treat”, nuestro conocido “dulce o travesura”.
Los estadounidenses no inventaron aquella celebración, pero la transformaron en un espectáculo comercial de proporciones enormes.
Según la Federación Nacional de Minoristas, este año los consumidores estadounidenses podrían gastar 13 mil 500 millones de dólares en Halloween.
Nada mal para una fiesta nacida entre las sombras de los bosques celtas.
Hoy la encontramos también en México, con niños disfrazados, fiestas de brujas, monstruos, cementerios artificiales y calabazas luminosas.
Y mientras Halloween avanza entre aparadores y centros comerciales, nuestro país se prepara para recibir a sus muertos de una manera muy distinta.
Porque aquí tenemos otra historia, igualmente antigua, profunda y fascinante.
La de nuestros antepasados indígenas, que también encontraron en la muerte un motivo para celebrar la vida.
Pero esa historia merece su propia columna.
(Y voy por ella)
eusebiogimeno@gmail.com