Las protestas y pancartas en hospitales como el Meana de Jojutla y el Parres de Cuernavaca, las protestas del público usuario por falta de atención en cirugías, consulta, curación, material médico y equipo, ya dejó de ser un problema técnico….. ¡se volvió un problema político!. y el gobierno de Margarita González Saravia se está tardando en resolverlo.

Porque cuando en un hospital falta lo básico —medicamentos, anestesia, material de curación— ya no estamos hablando de fallas administrativas. Estamos hablando de abandono. Y ese abandono tiene rostro, tiene nombre… y tiene consecuencias sociales.

Hoy, en Morelos, la ciudadanía ya no distingue entre la Secretaría de Salud y el gobierno estatal. Para la gente, es lo mismo. Y ahí está el primer quiebre: un problema administrativo se convirtió en un agravio social.

Y cuando eso ocurre, el costo político empieza a crecer… todos los días.

Sostener al actual Secretario de Salud, Mario Ocampo Ocampo, en medio de señalamientos constantes, quejas del personal médico y denuncias sindicales, manda señales preocupantes.

Pero hay algo más delicado aún: la opinión que se ha ido consolidando dentro del propio Sector Salud.

No es una crítica aislada. Es una percepción cada vez más extendida entre médicos del sistema público, especialistas, e incluso profesionales del Sector Privado: la gestión de Mario Ocampo es reprobada por su falta de resultados frente a una crisis que exige capacidad técnica, experiencia y decisiones firmes.

Y cuando el propio gremio médico —quienes sostienen el sistema todos los días— pierde confianza en la conducción, el problema deja de ser operativo… y se vuelve estructural.

Las señales son claras. Primero, que no se tiene un diagnóstico efectivo de la crisis.

Segundo, que no se está escuchando a quienes están en la primera línea.

Y tercero —quizá lo más grave— que se está subestimando la magnitud del problema.

En política, la percepción pesa más que cualquier explicación técnica.

Mientras tanto, el malestar crece dentro del sistema.

El sindicato, encabezado por Gil Magadán, ha insistido, ha documentado, ha protestado… pero no encuentra respuesta efectiva.

Y cuando las vías institucionales se agotan, lo que sigue es la movilización.

Lo que hoy son oficios y recursos administrativos… mañana pueden ser paros, marchas y presión en las calles.

Y entonces el problema escala.

Porque además hay otro elemento: el silencio federal. La crisis en Morelos aún no logra colocarse con fuerza en la agenda nacional.

Y eso puede interpretarse de dos maneras: o se considera que el estado puede resolverlo solo… o todavía no alcanza el nivel de presión mediática suficiente.

Pero esa ventana se está cerrando.

Aquí es donde todo cambia: la narrativa. Ya no es “fallan los hospitales”. Es algo mucho más profundo: la salud pública en Morelos se convirtió en un problema político que el gobierno no está resolviendo a tiempo.

Y cuando un gobierno se tarda en tomar decisiones en medio de una crisis social, el costo no se mantiene… se multiplica.

El riesgo es claro, y el proceso ya empezó: primero fue la queja técnica.

Luego la inconformidad del personal.

Después la indignación de los pacientes.

Lo que sigue es la crisis mediática… y eventualmente, la intervención desde el centro.

No porque se quiera… sino porque se obliga.

Por eso el momento es ahora.

No dentro de semanas, no cuando el conflicto escale más. Ahora.

Porque cada día sin ajustes, sin cambios, sin decisiones firmes… fortalece la percepción de que el problema no se quiere resolver.

Y en política, cuando la gente empieza a creer eso… revertirlo cuesta mucho más que haber actuado a tiempo.

La salud no espera. Y la política… tampoco perdona la inacción. Ustedes tienen la mejor opinión.

ceciliogarciacruz@hotmail.com