En medio de la dis­cu­sión sobre la nueva Reforma Elec­to­ral ha comen­zado a cir­cu­lar una pro­puesta que, bajo el argu­mento del aho­rro pre­su­pues­tal, pre­tende hacer desa­pa­re­cer de manera per­ma­nente las 300 Jun­tas Dis­tri­ta­les del país. La medida se vende como efi­cien­cia admi­nis­tra­tiva, como sim­pli­fi­ca­ción buro­crá­tica y como un paso hacia la aus­te­ri­dad.

Pero detrás del dis­curso eco­nó­mico se esconde un error estruc­tu­ral que podría poner en riesgo la orga­ni­za­ción misma de las elec­cio­nes en México.

Con­viene acla­rar algo fun­da­men­tal: las Jun­tas Dis­tri­ta­les no son ofi­ci­nas deco­ra­ti­vas ni estruc­tu­ras redun­dan­tes. En ellas tra­baja el Ser­vi­cio Pro­fe­sio­nal Elec­to­ral; es decir, los fun­cio­na­rios de carrera que cono­cen el terri­to­rio, la geo­gra­fía elec­to­ral, la diná­mica social de cada Dis­trito y, en los hechos, orga­ni­zan las elec­cio­nes. Son quie­nes ins­ta­lan casi­llas, capa­ci­tan fun­cio­na­rios, super­vi­san la inte­gra­ción de paque­tes elec­to­ra­les, coor­di­nan reco­rri­dos, veri­fi­can domi­ci­lios y resuel­ven inci­den­tes ope­ra­ti­vos en campo. Son la columna ver­te­bral téc­nica del sis­tema elec­to­ral.

Las Jun­tas Loca­les, en cam­bio, cum­plen la fun­ción dis­tinta de super­vi­sar y coor­di­nar. No orga­ni­zan direc­ta­mente la elec­ción Sec­ción por Sec­ción; no reco­rren comu­ni­da­des rura­les; no cono­cen cada colo­nia con­flic­tiva ni cada zona de difí­cil acceso.

Su fun­ción es de enlace y vigi­lan­cia admi­nis­tra­tiva. Son nece­sa­rias, sí, pero su papel no es ope­ra­tivo en el terreno coti­diano.

Eli­mi­nar las Jun­tas Dis­tri­ta­les bajo el argu­mento del aho­rro es des­co­no­cer cómo fun­ciona real­mente el engra­naje elec­to­ral. No se trata de ofi­ci­nas dupli­ca­das, se trata del nivel ope­ra­tivo donde ver­da­de­ra­mente se cons­truye la elec­ción. Pre­ten­der cen­tra­li­zar todo desde las Jun­tas Loca­les sería como que­rer diri­gir una obra de inge­nie­ría sin inge­nie­ros en el sitio, con­fiando en que desde la ofi­cina cen­tral se resol­ve­rán los pro­ble­mas del terreno.

México no es un país homo­gé­neo.

Orga­ni­zar elec­cio­nes en la sie­rra de Gue­rrero no es lo mismo que hacerlo en el cen­tro de Mon­te­rrey; tam­poco es igual en comu­ni­da­des indí­ge­nas que en zonas urba­nas den­sa­mente pobla­das.

Esa diver­si­dad la cono­cen quie­nes tra­ba­jan per­ma­nen­te­mente en los Dis­tri­tos. Son ellos quie­nes saben qué Sec­ción es con­flic­tiva, en dónde his­tó­ri­ca­mente se ins­ta­lan mal las casi­llas, qué rutas se inun­dan, qué comu­ni­da­des requie­ren tra­duc­to­res o media­ción espe­cial.

Desa­pa­re­cer esas estruc­tu­ras per­ma­nen­tes impli­ca­ría impro­vi­sar cada pro­ceso elec­to­ral.

Se ten­dría que con­tra­tar per­so­nal tem­po­ral sin expe­rien­cia acu­mu­lada, capa­ci­tar desde cero y recons­truir redes de cono­ci­miento terri­to­rial cada tres o seis años.

El supuesto aho­rro podría con­ver­tirse en mayor costo, mayor riesgo y mayor vul­ne­ra­bi­li­dad ante erro­res o pre­sio­nes polí­ti­cas.

Y aquí está el punto de fondo. Cuando se trata de demo­cra­cia, el cri­te­rio no puede ser exclu­si­va­mente finan­ciero.

Si resol­ver un pro­blema polí­tico o garan­ti­zar esta­bi­li­dad demo­crá­tica cuesta dinero, es por­que debe cos­tarlo. La orga­ni­za­ción elec­to­ral no es un gasto super­fluo, es una inver­sión en paz social. Cada elec­ción bien orga­ni­zada evita con­flic­tos pos­te­lec­to­ra­les, dis­pu­tas lega­les inter­mi­na­bles y des­con­fianza ciu­da­dana.

Para­dó­ji­ca­mente, si el ver­da­dero obje­tivo fuera el aho­rro, ten­dría más sen­tido revi­sar la estruc­tura de las Jun­tas Loca­les, cuya fun­ción es prin­ci­pal­mente super­vi­sora.

Redu­cir nive­les inter­me­dios de con­trol podría gene­rar eco­no­mías sin afec­tar la ope­ra­ción en campo. Pero eli­mi­nar las Dis­tri­ta­les sig­ni­fica des­man­te­lar el nivel donde efec­ti­va­mente se cons­truye la elec­ción.

No se debe con­fun­dir aus­te­ri­dad con debi­li­ta­miento ins­ti­tu­cio­nal.

La demo­cra­cia mexi­cana ha atra­ve­sado déca­das de cons­truc­ción ins­ti­tu­cio­nal pre­ci­sa­mente para pro­fe­sio­na­li­zar la orga­ni­za­ción elec­to­ral y ale­jarla de la impro­vi­sa­ción polí­tica. Las Jun­tas Dis­tri­ta­les son pro­ducto de esa evo­lu­ción. Son el resul­tado de enten­der que las elec­cio­nes no se orga­ni­zan desde un escri­to­rio cen­tral, sino en el terri­to­rio.

Ade­más, eli­mi­nar estruc­tu­ras per­ma­nen­tes abre la puerta a algo aún más deli­cado: la pér­dida de memo­ria ins­ti­tu­cio­nal. El Ser­vi­cio Pro­fe­sio­nal Elec­to­ral no sólo eje­cuta tareas téc­ni­cas, acu­mula expe­rien­cia, pro­to­co­los, cri­te­rios y solu­cio­nes a pro­ble­mas espe­cí­fi­cos que no apa­re­cen en manua­les. Ese capi­tal humano es difí­cil de sus­ti­tuir y más difí­cil aún de recons­truir si se des­man­tela.

Quie­nes hoy plan­tean esta reforma debe­rían pre­gun­tarse si el aho­rro que se busca com­pensa el riesgo de debi­li­tar la ope­ra­ción elec­to­ral.

La con­fianza en las elec­cio­nes no se sos­tiene en dis­cur­sos, sino en estruc­tu­ras sóli­das. Y esas estruc­tu­ras tie­nen nom­bre y ape­llido: Jun­tas Dis­tri­ta­les.

En tiem­pos donde la pola­ri­za­ción polí­tica crece y la des­con­fianza ins­ti­tu­cio­nal es un pro­blema real, des­mon­tar el anda­miaje téc­nico que garan­tiza elec­cio­nes con­fia­bles parece una deci­sión poco pru­dente.

La demo­cra­cia cuesta, sí. Pero la impro­vi­sa­ción cuesta más.

Si el obje­tivo es for­ta­le­cer al país, la dis­cu­sión debe cen­trarse en mejo­rar la efi­cien­cia sin com­pro­me­ter la ope­ra­ción terri­to­rial. Lo con­tra­rio no sería una reforma moder­ni­za­dora, sino un retro­ceso que podría pagarse caro en legi­ti­mi­dad y esta­bi­li­dad; si no, al tiempo.

Die­ci­séis años de expe­rien­cia en la mate­ria me per­mi­ten opi­nar. ¿No cree usted?

teolavin5@gmail.com