Columna de Hierro 5o. y último.
x-x-x-x-x
CUERNAVACA, MOR. 29 08 2026.- Después de cinco reportajes siguiendo las rutas de las drogas, sus productores, distribuidores, compradores, organizaciones criminales y las redes financieras que convierten el dinero sucio en dinero aparentemente limpio, quiero terminar esta serie hablando de algo que considero todavía más importante.
¿Y qué pasa con las víctimas?
Porque detrás de cada cargamento, de cada kilo de Cocaína, de cada paquete de Heroína, de cada dosis de Fentanilo y de cada dólar producto del narcotráfico, hay seres humanos.
Y una parte enorme de esas víctimas está dentro de Estados Unidos.
Estados Unidos es una de las mayores economías del planeta, una potencia militar y uno de los principales productores y exportadores de armamento del mundo. También constituye uno de los mercados más grandes y lucrativos para las drogas ilícitas provenientes de distintas regiones del planeta.
Por eso mi pregunta no pretende ser política. Es, ante todo, una pregunta humana:
¿Quién está atendiendo a los ciudadanos estadounidenses que han quedado atrapados en las adicciones?
Durante décadas, mucho antes de que el Fentanilo se convirtiera en una de las grandes amenazas actuales, Estados Unidos ya enfrentaba epidemias de Heroína, Cocaína, Crack, Metanfetaminas y otros opioides.
Hoy las imágenes de personas consumiendo drogas o viviendo en condiciones de extrema vulnerabilidad en ciudades como Nueva York, Chicago, Minneapolis y otras grandes urbes han recorrido el mundo.

Pero no son solamente imágenes.
Son personas.
Son ciudadanos estadounidenses de diferentes razas, edades y condiciones sociales.
Muchos fueron trabajadores. Muchos tuvieron familia. Muchos tuvieron una casa, un empleo, una historia y un proyecto de vida.
Y algunos terminaron en las calles.
Estados Unidos cuenta con Agencias extraordinariamente poderosas para combatir el narcotráfico: DEA, FBI, autoridades fronterizas, Fiscales, Policías Federales y Estatales, además de enormes recursos destinados a perseguir las organizaciones criminales.
Pero combatir al vendedor no necesariamente cura al enfermo.
Y aquí está mi pregunta final:
¿Dónde está la misma determinación para rescatar al ciudadano que cayó en la adicción?
Porque un país puede perseguir a un narcotraficante hasta el último rincón del planeta, decomisar toneladas de drogas y congelar millones de dólares.
Pero si el adicto continúa tirado en una banqueta, enfermo, sin tratamiento, sin atención médica y sin una verdadera posibilidad de reconstruir su vida, entonces el problema no ha terminado.
Ha cambiado de escenario.
No estoy diciendo que Estados Unidos carezca de hospitales, programas de tratamiento o instituciones dedicadas a las adicciones. Las tiene.
Lo que sostengo es que la dimensión de la tragedia exige una respuesta mucho mayor, más accesible y más humana.
¿Por qué no invertir una proporción mucho mayor de los recursos nacionales en hospitales especializados, centros de rehabilitación, atención psiquiátrica y psicológica, ambulancias, programas de prevención y recuperación?
¿Por qué no tratar la adicción también como lo que es en muchísimos casos: un problema de salud pública?
Estados Unidos puede destinar cantidades gigantescas a defensa, armamento, tecnología militar, drones y sistemas estratégicos.
Entonces la pregunta es inevitable:
¿Cuánto vale salvar a uno de sus propios ciudadanos?
Esta serie no pretende justificar a los productores mexicanos, colombianos, asiáticos, europeos o de cualquier otra nacionalidad que participan en el narcotráfico.
Tampoco pretende minimizar la responsabilidad de quienes producen, transportan, distribuyen o lavan las ganancias de esas sustancias.
Todo eso debe combatirse.
Pero existe otro frente de batalla que no puede seguir relegándose:
el ciudadano que consume, el joven que cae en la adicción y la familia que termina destruida.
Porque el narcotráfico no solamente mueve dinero.
También mueve dolor.
Y ese dolor llega hasta las calles de las grandes ciudades estadounidenses.
Por eso cierro esta serie con una reflexión estrictamente personal.
Durante cinco entregas seguimos el dinero, las drogas y las organizaciones criminales.
En la última estación encontramos algo mucho más triste:
al ser humano.
Al joven que perdió el camino.
A la madre que perdió a un hijo.
Al padre que no pudo rescatarlo.
Al hombre o la mujer que terminó viviendo en una calle de una de las naciones más poderosas de la Tierra.
Y entonces vuelvo a la pregunta que originó esta última reflexión:
Si Washington tiene recursos para perseguir el narcotráfico en todo el mundo, ¿no debería tener también recursos suficientes para rescatar a sus propios ciudadanos de sus consecuencias?
No hablo de razas.
No hablo de partidos políticos.
No hablo de ideologías.
Hablo del ciudadano estadounidense común: trabajador, esforzado, creador y progresista, que merece algo más que ser considerado una estadística de una epidemia.
Merece que su gobierno lo cuide.
Porque un gobierno no demuestra su grandeza solamente por el tamaño de sus ejércitos.
También la demuestra por la manera en que trata al ciudadano que ha caído.
Y quizá ése sea el verdadero último eslabón de esta larga cadena del narcotráfico:
no perseguir solamente al que vende la droga, sino rescatar al que la consume. eusebiogimeno@gmail.com