Jesús Te Ampare

Finalmente, el príncipe Carlos llegó al reinado –tan esperado y soñado—en una de las etapas más críticas en la vida política, económica y social del Reino Unido.

El nuevo monarca juró ser leal y devoto a su pueblo. Pretende transformar la naturaleza de la familia Real.

Camila, repudiada sin piedad por la sociedad británica, se convirtió en Reina Consorte y hoy disfruta como nadie la entronización de su esposo; será pieza clave en la ejecución del poder. 

Ella, tiene un temperamento más fuerte que el propio Carlos III – personaje con ausencia   de carisma—, de quien se espera una labor con mano firme y sensible para enfrentar el escenario incierto que padece la Gran Bretaña tras la muerte de la Reina.

El mundo espera que Carlos III, no sea el Rey de Chocolate, con nariz de cacahuate y a pesar de ser tan dulce, tenía amargo el corazón, como interpretó el popular Francisco Gabilondo Soler, mejor conocido como “Cri-Cri.

Con su deceso, los londinenses recuerdan dos nombres emblemáticos y mágicos: el de Sir Winston Churchill y el de Lady Di, Diana Spencer, quienes sacudieron y retaron en numerosas ocasiones el poder emanado del palacio de Buckingham.

Hay un pasaje histórico del notable estadista, historiador y escritor británico, Winston Churchill, donde, con sorna, suelta la frase “Qué renuncie”, locución que por cierto corre de boca en boca entre los mexicanos.

En ese momento existía un enfado de la monarquía y de sus adversarios hacia su persona, porque el Primer ministro no quería retirarse de la vida política.

La Reina Isabel II le organizó un festejo por sus 80 años de vida.

El viejo zorro y apasionado de la política, se aferraba al poder; era su vida.

En cambio, la joven e inexperta Soberana, imponía sus estrategias y exigía salud y eficiencia para gobernar.

Winston, había sufrido dos derrames cerebrales que mermaron su vida y, por ende, le impidieron presidir sus actividades como Primer ministro.   

Al agradecer el agasajo, Churchill improvisó, con su inigualable humor, un mensaje donde se pitorreó de la monarquía y de los funcionarios lacayos.

“Es un gran honor estar aquí hoy. Ningún político había recibido un honor tan grande y estoy muy agradecido. A pesar de ello, estoy consciente después de haber servido a mi país durante 54 de mis 80 años. ¡Qué renuncie!, es la frase que ronda en el aire, y claro que es la ocasión perfecta para ello. El escenario está listo, la audiencia reunida, todo listo para el discurso de despedida. Solo hay un problema: el actor principal olvidó sus líneas y en lugar de retirarse, él escribirá unas nuevas.  Cuando tus colegas políticos son tan amables para regalarte un retrato hecho por un ambicioso modernista, uno debe preguntarse: es un regalo o es una maldición”.

La audiencia en lugar de reprobar su actitud vitoreó al hombre leyenda del liderazgo británico que irradiaba una presencia política incomparable.

En nuestro país, los servidores públicos también se aferran al poder y se anclan a su escritorio.

Quieren eternizarse.

Pero, el pueblo sabio ya se puso exigente y cobrará esas facturas.

Por muy “honestos” que sean, deben ser aptos y estar a la altura de la problemática.

La honestidad, no es sinónimo de eficiencia.

Es tiempo de corregir desatinos.

Pero, si no pueden…

¡Que renuncien!

En México, no existe aún la candidata a la presidencia de la República del tamaño de la inolvidable Isabel II; y las que alzan las manos para participar, no son expertas en asuntos de Estado.

ceciliogarciacruz@hotmail.com