Dos movimientos sacudieron el tablero político de Morelos. No son hechos aislados. Son síntomas.
Primero: la llegada de Alexander Piza al equipo de Comunicación de la gobernadora Margarita González Saravia, sin desplazar a la actual responsable, Margarita Estrada Serrano. Traducido al lenguaje real del poder: no es refuerzo, es intervención.
Cuando un gobierno pierde control del relato, no cambia boletines, cambia operadores. Y Piza no llega a redactar comunicados; llega a contener crisis, a confrontar y, si es necesario, a ensuciar el terreno.
Segundo: la sorpresiva solicitud de licencia al Senado de Víctor Aureliano Mercado Salgado. Sin explicación pública sólida, pero con una intención que se deja ver: la disputa por Cuernavaca ya comenzó. Y comenzó antes de tiempo.
Ambos nombres tienen un pasado común: fueron piezas centrales del gobierno de Cuauhtémoc Blanco, una administración marcada por el desorden financiero, la opacidad y el deterioro en seguridad.
Hoy, esos mismos perfiles regresan —por la puerta de atrás o por la lateral— al nuevo mapa de poder.
La pregunta es inevitable: ¿quién los está sentando de nuevo en la mesa?
Porque no se trata de afinidades. Se trata de necesidad. El gobierno estatal enfrenta un desgaste acelerado: criminalidad sin control, conflictos universitarios, un gremio de abogados en abierta rebeldía y una percepción creciente de vacío de autoridad.
En ese contexto, las decisiones dejan de ser políticas y se vuelven tácticas. Se recurre a operadores, no a cuadros ideales.
Pero el movimiento tiene otra lectura, más profunda. La gobernadora no está alineando todas las piezas.
De hecho, en el caso de Cuernavaca, sus preferencias parecen ir por otro lado: su secretario de Gobierno, Edgar Maldonado, y el director del Sistema de Agua, Javier Bolaños, perfiles más cercanos, más propios.
Ninguno de ellos es Víctor Aureliano Mercado Salgado.
Eso abre una grieta evidente: la disputa interna dentro de Morena en Morelos.
No hay una sola línea. Hay grupos, intereses y presiones que están reconfigurando candidaturas antes de tiempo.
Y cuando eso ocurre, el control se desplaza: del gobierno estatal hacia acuerdos superiores o externos.
La incorporación de Alexander Piza y la jugada de Víctor Aureliano Mercado Salgado no son coincidencia. Son parte del mismo fenómeno: el reordenamiento forzado del poder ante un gobierno que no termina de consolidarse.
En política, los regresos casi nunca son casuales. Son señales.
Y en Morelos, la señal es clara: cuando el presente no alcanza, el pasado regresa. Aunque incomode. Aunque contradiga. Aunque cueste.
Porque alguien, en algún nivel más alto, ya decidió que el control del tablero vale más que la coherencia del proyecto.
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