Columna de Hierro

Hay momentos en la historia en que las naciones no solo eligen gobernantes: eligen su destino.

México parece haber llegado a uno de esos instantes.

Una verdadera encrucijada donde la pregunta ya no es quién ocupará el poder, sino qué clase de país queremos construir.

Como en el célebre dilema de Shakespeare, la cuestión parece resumirse en cuatro palabras: “ser o no ser”.

Durante años, el país depositó sus esperanzas en un modelo económico que prometía prosperidad a través de los mercados y la apertura.

Más tarde abrazó una propuesta distinta que ofrecía reivindicar a los olvidados, combatir los privilegios y colocar al pueblo en el centro de las decisiones públicas.

Sin embargo, el desencanto también ha alcanzado a quienes esperaban soluciones inmediatas.

Y aquí surge una paradoja inquietante: el hartazgo con el neoliberalismo parece encontrarse con el cansancio frente al populismo.

Dos relatos distintos que, para muchos ciudadanos, no han logrado disipar viejas preocupaciones como la inseguridad, la corrupción, la desigualdad o la falta de oportunidades.

Pero quizá el problema sea aún más profundo.

Hace más de un siglo, Karl Marx sostuvo que la historia estaba impulsada por la lucha entre clases sociales con intereses contrapuestos.

Se podrá discrepar de sus conclusiones, pero resulta difícil negar que las sociedades viven tensiones permanentes entre quienes concentran riqueza y poder y quienes reclaman mejores condiciones de vida.

México no escapa a esa realidad. En sus calles conviven la opulencia y la pobreza extrema; la innovación tecnológica y la carencia de servicios básicos; el éxito empresarial y la economía de subsistencia.

En ese contraste germina buena parte del conflicto político y social que hoy divide opiniones y pasiones.

Pensar que una sola elección resolverá esas fracturas sería ingenuo.

Las urnas cambian gobiernos; las transformaciones profundas requieren instituciones sólidas, crecimiento económico incluyente, educación de calidad, seguridad jurídica y una distribución más equitativa de las oportunidades.

La auténtica reconciliación nacional no nacerá de imponer una visión sobre otra, sino de construir un Estado eficaz, honesto y capaz de generar confianza. Un gobierno que administre con orden, que rinda cuentas y que coloque el interés público por encima de las facciones.

Tal vez ahí resida el verdadero desafío de nuestro tiempo. No en decidir si México debe mirar exclusivamente al mercado o exclusivamente al Estado, sino en encontrar un equilibrio que permita crear riqueza y, al mismo tiempo, ampliar la justicia social.

Porque cuando una sociedad pierde la confianza tanto en el modelo que deja atrás como en el que intenta construir, entra en una peligrosa zona de incertidumbre. Y en esa encrucijada no bastan los discursos ni las consignas: hacen falta resultados.

Al final, la pregunta shakespeariana vuelve a resonar con fuerza.

¿Ser o no ser?

No se trata de la existencia de la República, sino de la calidad de la nación que queremos legar a nuestros hijos.

Un México resignado a repetir sus ciclos de confrontación, o un México capaz de convertir sus diferencias en acuerdos, su diversidad en fortaleza y su riqueza en bienestar compartido.

Esa decisión no corresponde únicamente a los gobernantes. También pertenece a los ciudadanos.

Y quizá sea esa, más que cualquier contienda electoral, la batalla decisiva de nuestro tiempo.

eusebiogimeno@gmail.com