En 1648, tras treinta años de guerra que devastaron el corazón de Europa, los representantes de decenas de Reinos y Principados se sentaron en Westfalia para firmar la paz. El resultado fue un Principio que cambiaría para siempre las relaciones entre Naciones, y consistió en que la Soberanía de cada Estado debía respetarse como condición para que cualquier acuerdo tuviera sentido.

Los Tratados de Westfalia no impusieron una voluntad, no proclamaron la victoria de un Estado sobre otro; en esta oportunidad reconocieron que la estabilidad duradera únicamente nace cuando las partes negocian entre iguales.

Esa lección, casi cuatro siglos después, continúa siendo incómodamente actual.

Las tensiones comerciales de hoy entre Canadá y Estados Unidos, con Aranceles que se responden con Aranceles, muestran cómo un Acuerdo puede degradarse hasta convertirse en un ejercicio de presión mutua.

Lo que debía ser cooperación económica se transforma en una demostración de fuerza en la que cada arancel es, en el fondo, un mensaje político. El comercio se vuelve rehén de la desconfianza, y las cadenas de suministro que durante décadas unieron a ambas economías empiezan a fracturarse por decisiones que poco tienen que ver con la eficiencia y mucho con el orgullo nacional.

El problema de fondo va más allá de lo económico. Cuando un Tratado se usa como instrumento de castigo, se traiciona su propósito original. Los Acuerdos Comerciales, igual que los Tratados de Paz, existen para reducir la incertidumbre, no para multiplicarla. Sirven para que las empresas inviertan con confianza, para que las y los trabajadores tengan certeza sobre su empleo y para que los gobiernos puedan planear a largo plazo. Cuando se convierten en armas de negociación coercitiva, todo eso se pierde y lo que queda es una relación basada en el miedo a la siguiente represalia, no en la confianza compartida.

México observa este episodio con la prudencia que exige el momento. Las negociaciones para la revisión del T-MEC se mantienen en pausa, mientras la Presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en la postura clara de fortalecer los vínculos comerciales de América del Norte sin renunciar a la soberanía ni aceptar imposiciones disfrazadas de Acuerdos. Esa posición no es retórica, es más bien una defensa legítima del Principio Westfaliano de que ningún Tratado puede sostenerse si una de las partes se siente subordinada a la otra.

La experiencia histórica ofrece más de un ejemplo de que el camino contrario también es posible. En 1957, seis países europeos firmaron el Tratado de Roma para crear el Mercado Común, y lo hicieron desde el reconocimiento de que ninguna Nación por sí sola podría competir ni prosperar aislada en un mundo cada vez más interdependiente. Aquel instrumento, construido sobre la reciprocidad y no sobre la amenaza ni la imposición, sentó las bases de la integración económica más exitosa del siglo XX.

América del Norte tiene ante sí una disyuntiva semejante. Canadá, Estados Unidos y México comparten fronteras, cadenas productivas y un mercado que durante tres décadas ha demostrado que la integración regional puede generar prosperidad compartida.

Pero esa arquitectura, construida con paciencia institucional, puede erosionarse rápidamente si se sustituye el diálogo por el ultimátum.

El T-MEC no debe convertirse en un campo de batalla comercial ni en un instrumento de revancha entre socios. Fue concebido, como cualquier Tratado bien negociado, para equilibrar intereses distintos sin que ninguna parte tuviera que ceder su dignidad. Ese equilibrio es precisamente lo que está en riesgo cuando la política arancelaria se utiliza como mecanismo de presión unilateral.

México tiene la oportunidad de asumir un papel constructivo en este momento. Y, más que tratar de mediar entre dos potencias, debe intentar que se recuerde, con la firmeza que da la experiencia histórica, que la fortaleza de una región no se mide por la capacidad de imponer condiciones, sino por la de construir Acuerdos que resistan el paso del tiempo. Los Tratados que perduran son los que se sostienen en la reciprocidad, no los que se imponen desde la fuerza económica momentánea.

La paz de Westfalia enseñó que ningún orden internacional duradero puede construirse sobre la subordinación. El Tratado de Roma demostró que la cooperación genuina produce más riqueza que la confrontación. Si aprende de ambas lecciones, es posible que América del Norte convierta esta crisis arancelaria en una oportunidad para renovar su compromiso con una integración basada en el respeto mutuo.

No se trata de ceder terreno. Negociar es encontrar el punto donde los intereses de todos pueden coexistir sin que nadie tenga que doblegarse. Esa es, a fin de cuentas, la diferencia entre un Tratado y una Imposición: uno construye puentes que perduran, la otra solo aplaza el siguiente conflicto.

La región tiene todo para elegir ese camino. Comparte mercados y también una historia reciente de instituciones construidas en común, como los paneles de solución de controversias y reglas de origen que, con imperfecciones, han demostrado que es posible resolver diferencias sin recurrir al Arancel como primer recurso.

Desmantelar esa arquitectura por impaciencia política sería desperdiciar tres décadas de aprendizaje institucional.

México no llega a esta discusión como espectador, es una de las partes interesadas en que el resultado sea una región más integrada y no más fragmentada. Insistir en el diálogo, aun cuando la confrontación parezca el camino más rápido, es también una forma de responsabilidad histórica.

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