México lleva años intentando combatir al narcotráfico como si fuera solamente un problema policiaco. Más soldados. Más patrullas. Más armas. Más operativos. Más discursos. Pero el verdadero problema ya no es cuántos narcotraficantes existen, sino cuántos mexicanos viven —directa o indirectamente— del dinero que genera esa economía criminal.
Y ahí está la dimensión más perturbadora de nuestra tragedia nacional.
Porque el narcotráfico dejó hace tiempo de ser únicamente un negocio clandestino de drogas. Hoy es una estructura económica paralela que permea comunidades enteras, sostiene regiones completas y mueve miles de millones de dólares dentro de la economía mexicana.
Los estudios internacionales más serios calculan que entre 160 mil y 185 mil personas trabajan directamente para los cárteles en México. Sicarios, halcones, cocineros de droga, distribuidores, transportistas, operadores financieros y reclutadores. Pero esa cifra apenas rasca la superficie.
Cuando se incluyen sembradores, comerciantes ligados al lavado de dinero, policías corruptos, funcionarios infiltrados, empresarios fachada, prestadores de servicios, transportistas, vendedores, familias completas sostenidas por dinero ilícito y economías locales alimentadas por efectivo criminal, la cifra cambia radicalmente.
Diversos analistas consideran que cientos de miles de mexicanos —y quizá millones— dependen parcial o indirectamente de la economía del narcotráfico.
No todos son delincuentes.
Muchos simplemente sobreviven dentro de un sistema donde el dinero del crimen se volvió parte de la circulación económica cotidiana.
Ese es el punto más complejo.
Porque en algunas regiones del país el crimen organizado ya no funciona sólo como un grupo armado, sino como un sustituto económico del Estado.

Donde no hay empleo formal, aparece el narco. Donde no hay crédito, aparece el narco. Donde no hay autoridad, aparece el narco. Donde no hay oportunidades, aparecen los reclutadores.
Los propios estudios académicos estiman que los cárteles necesitan incorporar alrededor de 18 mil nuevos integrantes cada año simplemente para reemplazar muertos, detenidos o desaparecidos. Es una maquinaria humana permanente.
Y además, el narcotráfico ya no vive únicamente de la droga.
Hoy controla o influye en extorsión, cobro de piso, tráfico de migrantes, huachicol,
minería ilegal, tala clandestina,bcomercio informal, lavado inmobiliario, criptomonedas, mercados agrícolas,
transporte, bares, constructoras, casinos.
Por eso hablar del narco en México ya no es solamente hablar de seguridad. Es hablar de economía.
Algunas estimaciones internacionales calculan que las economías criminales podrían representar entre 2 y 5% del PIB nacional si se considera lavado de dinero y actividades asociadas.
Estamos hablando de decenas de miles de millones de dólares circulando cada año.
Dinero que compra voluntades, campañas, policías, silencio,
protección, negocios, tierras, poder político.
Y entonces aparece Morelos.
Un Estado pequeño territorialmente, pero estratégicamente colocado entre la Ciudad de México, Guerrero y las rutas del Pacífico. Un corredor perfecto para el trasiego, distribución y lavado.
Aquí el fenómeno criminal no suele expresarse con los grandes convoyes cinematográficos del norte del país.En Morelos el narcotráfico se infiltra de otra manera: en colonias, en bares, en mototaxis, en desarrollos inmobiliarios, en mercados, en sindicatos, en gobiernos municipales, en la vida cotidiana.
Durante años han operado células vinculadas al CJNG, Guerreros Unidos, La Familia Michoacana, Los Rojos y grupos locales como Los Linos, recientemente golpeados por autoridades federales.
Pero el verdadero problema no son solamente los grupos criminales.
El problema es la dependencia económica que generan.
En diversas zonas del Estado existen familias enteras que sobreviven indirectamente del dinero ilícito:
jóvenes usados como halcones,
comerciantes protegidos por grupos criminales,
negocios financiados con efectivo irregular,
construcción alimentada por lavado,
economías nocturnas sostenidas por consumo criminal.
Nadie tiene cifras exactas, porque se trata precisamente de dinero oculto. Pero especialistas en seguridad y economía ilegal consideran plausible que en Morelos entre un 8 y un 15% de la población económicamente activa tenga algún nivel de dependencia directa o indirecta de economías ilícitas vinculadas al crimen organizado.
Eso significaría cientos de miles de personas orbitando alrededor de dinero criminal sin necesariamente formar parte formal de un cártel.
Y allí está la gran derrota del Estado mexicano: cuando el crimen deja de ser solamente miedo y comienza a convertirse en sustento.
Por eso también resulta ingenuo pensar que el problema se resolvería simplemente porque Donald Trump mande tropas estadounidenses a México.
No.
Ni las tropas. Ni los drones. Ni los operativos espectaculares. Ni los discursos patrióticos.
Porque el narcotráfico no es únicamente un ejército criminal. Es una estructura económica y social profundamente incrustada en amplias regiones del país.
Se puede capturar a un capo. Se puede desmantelar una célula. Se pueden decomisar toneladas de droga.
Pero mientras millones de personas sigan viviendo alrededor de esa economía, el fenómeno volverá a regenerarse.
Como la humedad. Como una metástasis. Como un cáncer social que aprendió a mezclarse con el tejido nacional.
La verdadera pregunta no es cuándo caerá el próximo capo.
La verdadera pregunta es: ¿cuándo recuperará el Estado mexicano los espacios económicos, sociales y humanos que durante décadas dejó vacíos?
Porque el día que millones de jóvenes tengan más futuro en la legalidad que en el crimen, ese día comenzará realmente el fin del narcotráfico.
Y hoy, tristemente, todavía estamos muy lejos de eso.
eusebiogimeno@gmail.com