CUERNAVACA,  MOR. 10 07 2026 .-  Se habla mucho de las ametralladoras Barrett,  de alto poder, de los explosivos, de los drones utilizados por los Cárteles y de los vehículos blindados que recorren caminos y carreteras. Pero la realidad es otra. La mayor potencia de fuego del crimen organizado no sale del cañón de una arma. No hace ruido. No deja casquillos. Su arma más devastadora se llama miedo.

Es el miedo el que obliga a un comerciante a pagar el derecho de piso.

Es el miedo el que silencia al vecino que sabe dónde se vende droga.

Es el miedo el que impide denunciar al extorsionador.

Es el miedo el que obliga a una familia a vivir con las cortinas cerradas mientras, en la casa de junto, funciona un punto de venta de droga las 24  horas del día.

Ésa es la verdadera fortaleza del crimen organizado.

Durante más de cuatro décadas, los grandes Cárteles dejaron de ser simples organizaciones dedicadas al narcotráfico.

Hoy constituyen una poderosa economía criminal que se extiende por prácticamente todo el territorio nacional. Diversos grupos controlan el cultivo de Marihuana y Amapola; otros producen drogas sintéticas como Metanfetaminas y Fentanilo; dominan rutas de trasiego, lavan miles de millones de pesos, trafican armas, personas y migrantes, roban combustibles, extraen minerales ilegalmente, secuestran, extorsionan y cobran cuotas a comerciantes, transportistas, productores y hasta a pequeños negocios.

Donde el Estado se debilita, ellos ocupan el espacio.

En Estados como Guerrero y Morelos, además de la presencia de grandes organizaciones nacionales, operan grupos regionales que disputan comunidades, caminos y corredores estratégicos.

Esa fragmentación multiplica la violencia y convierte a la población civil en rehén de intereses criminales.

El Ejército Mexicano, la Marina y la Guardia Nacional poseen, sin duda, mayor capacidad militar que cualquier Cártel. Cuentan con más personal, mejor logística, inteligencia, aviación y armamento. Sin embargo, los grupos criminales han desarrollado otra forma de poder: el dinero, la corrupción, la infiltración de autoridades, el reclutamiento permanente de jóvenes y, sobre todo, el dominio psicológico sobre comunidades enteras.

Ese es el verdadero desafío.

Miles de familias sobreviven gracias al cultivo de Amapola o Marihuana en regiones donde durante décadas no llegaron carreteras, escuelas, hospitales ni oportunidades.

No porque hayan elegido el delito como proyecto de vida, sino porque muchas veces el abandono terminó siendo aprovechado por quienes sí ofrecían dinero, protección o trabajo, aunque fuera dentro de la ilegalidad.

Pero hay una pregunta que millones de mexicanos se hacen todos los días.

¿Qué debe hacer un ciudadano cuando vive junto a una casa donde se vende droga?

Todos conocen el lugar.

Todos observan el ir y venir de vehículos.

Todos saben quién controla ese negocio.

Pero nadie denuncia.

¿Cobardía?

No.

Supervivencia.

Porque quien vive pared con pared con un delincuente sabe que, si llega un operativo después de una denuncia, la primera sospecha recaerá sobre quienes nunca participaron en esa actividad. Y entonces el miedo deja de ser una emoción para convertirse en una sentencia de muerte.

Por eso resulta tan fácil decir desde un escritorio: «Denuncie.»

Lo verdaderamente difícil es denunciar cuando el delincuente conoce el rostro de tus hijos, tus horarios, tu automóvil y hasta la escuela a la que acuden tus nietos.

Allí se encuentra el fracaso más profundo del Estado.

No cuando aparece un vendedor de droga.

Sino cuando los ciudadanos honestos tienen más miedo del delincuente que confianza en la autoridad.

La solución no pasa únicamente por más soldados o más patrullas.

Es indispensable golpear las finanzas del crimen organizado, impedir el flujo ilegal de armas, profesionalizar las Policías Municipales, depurar Ministerios Públicos, proteger de verdad a los denunciantes, recuperar los espacios públicos, ofrecer oportunidades a los jóvenes y reconstruir el tejido social.

Porque la Seguridad no se gana solamente en los cuarteles.

También se construye en las escuelas, en las colonias, en las familias y en las instituciones.

Los Cárteles no conquistan primero los territorios. Conquistan primero el miedo. Cuando el miedo se instala en una colonia, en un barrio o en un pueblo, la gente deja de denunciar, deja de confiar y comienza a sobrevivir en silencio. En ese momento, el crimen ya ganó la batalla más importante.

Ha llegado la hora de recuperar no sólo el territorio nacional, sino también el territorio del alma de millones de mexicanos que viven atrapados entre el miedo y el silencio. Porque los Cárteles no gobiernan por el poder de sus fusiles. Gobiernan por el poder del terror. Y mientras el miedo siga siendo más fuerte que la justicia, México seguirá librando una guerra que no podrá ganar por completo.

eusebiogimeno@gmail.com