La presencia masiva de personas mexicoamericanas o descendientes de mexicanos en las filas del Ejército estadounidense no es un fenómeno fortuito ni reciente.
Responde a una compleja intersección de factores históricos, económicos y culturales que merecen un análisis profundo.
Para muchas familias migrantes, el servicio militar ha sido, por décadas, una vía expedita hacia la ciudadanía, la educación universitaria y la estabilidad económica en un país que, paradójicamente, a menudo las margina y discrimina.
El “sueño americano” se viste, en estos casos, de uniforme militar.
Esta realidad plantea una contradicción moral que poco se aborda abiertamente: las y los mismos jóvenes estigmatizados como “invasores” o “delincuentes” por grupos reaccionarios en Estados Unidos (EE. UU.) son quienes están dispuestos a dar su vida por ese país en los campos de batalla de Oriente Medio, África u otro escenario de conflicto, y quienes, tristemente, sirven en el frente del campo de batalla como carne de cañón.
Es una ironía trágica que quienes más tienen que demostrar su lealtad a la Unión Americana sean precisamente aquellos que cargan con el estigma de la “ilegalidad” o la “diferencia”.
Este fenómeno revela una profunda falla en las políticas migratorias estadounidenses.
Que el servicio militar sea una de las pocas rutas para la regularización migratoria y la movilidad social habla de un sistema que expulsa por una puerta a quienes entran por otra.
El sueño de una vida digna no tendría que pasar por el campo de batalla o por el ejercicio de la profesión más riesgosa, especialmente para quienes ya huyeron de la violencia (física o estructural) en sus países de origen.
Esto se confirma con un estudio de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC) y de United Firm (la firma de abogados más fuerte en la defensa de las personas migrantes), el cual señala que la población hispana joven se siente fuertemente atraída por ingresar al Ejército estadounidense por el estatus legal, económico y de identidad social que otorga la pertenencia a las Fuerzas Armadas, y aunque no suelan ocupar los cargos directivos medios ni altos de estas corporaciones, también les representa una opción de movilidad e integración social.
En cambio, las y los jóvenes estadounidenses de origen anglosajón se sienten cada vez menos interesados en ingresar a la milicia como opción de desarrollo profesional.
Este fenómeno debería ser más difundido para reforzar la defensa, el respeto y aprecio hacia las personas migrantes hispanas, especialmente a nuestras y nuestros connacionales, frente a la ola antimigrante y xenófoba que promueve la derecha en aquel país.
¿Qué podría significar para México esta sangría silenciosa de sus hijos?
¿Cómo reaccionar al ver que cientos de miles de mexicanos y descendientes de mexicanos están dispuestos a empuñar las armas para defender a otra nación, mientras que la propia podría enfrentar las diferentes crisis con esos mismos valerosos recursos humanos?
Es necesario hacer un ejercicio de autoevaluación sobre la persistencia de fallas estructurales que podrían propiciar la expulsión de nuestras juventudes y sobre las políticas migratorias que la absorben en condiciones de subordinación.
Las organizaciones de defensa de migrantes han documentado casos desgarradores: jóvenes indocumentados que perdieron la vida en Irak o Afganistán y que recibieron la ciudadanía de manera póstuma, como un gesto tardío e insuficiente.
Sus familias se quedaron con un consuelo vacío y un triste Certificado de Nacionalidad y la Medalla al Valor, pero sin el ser amado que partió a defender una bandera que en vida no lo cubría plenamente.
En hechos más recientes, el fin de semana nos enteramos de que entre los soldados heridos en la guerra contra Irán al menos cuatro serían de origen mexicano, según un informe del Pentágono.
Pero esos elementos pertenecen únicamente al Ejército, porque con certeza habrá otros, con el mismo origen, en la Armada, en la Infantería de Marina y en la Fuerza Aérea.
Se estima que un 27 % del total de las Fuerzas Armadas de EE. UU., integradas por 2.8 millones de personas (incluyendo reservistas), son de origen hispano. Esta denominación incluye a todas y todos los integrantes de la milicia estadounidense de ascendencia latina, pero el segmento específico de origen mexicano es el dominante, con un 70 %; es decir, aproximadamente 500 mil elementos, tanto activos como reservistas, que están listos y entrenados para defender a ese país en una conflagración. Baste decir que esa fuerza es parecida a la de las Fuerzas Armadas de México (Ejército, Marina, Fuerza Aérea y Guardia Nacional), con cerca de 650 mil integrantes.
La presencia creciente de personas hispanas, y en especial mexicanas, en las Fuerzas Armadas de EE. UU. es reflejo a su vez del crecimiento hispano entre la población en general.
En la llamada Tormenta del Desierto, con la cual el presidente George Bush enfrentó a Irak en la década de 1990, el grupo de las y los hispanos (incluyendo compatriotas nuestros) salió al frente en la primera línea de ataque en la batalla de tierra. Por ello, el número de elementos caídos en aquel conflicto fue en su mayoría de origen hispano-mexicano, según señalaron diversas asociaciones defensoras de la migración.
Si EE. UU. retomara los ataques contra Irán o incluso si hubiese una incursión por tierra (algo no deseado), es altamente probable que el número de heridos y caídos de origen mexicano se incrementara, pues la presencia hispana se concentra más en las tropas de tierra que en las marinas o de la Fuerza Área.
En otras palabras, el “Mexicanos, al grito de guerra” es tan válido y valioso para defender a nuestra Nación que para defender a nuestro vecino del norte —que les ha dado a ellos o a sus ascendientes la oportunidad de una segunda Patria—, cuando se mete en problemas en Oriente Medio o en otra parte del planeta.
Para estos jóvenes, la parte central de nuestro himno es un grito de supervivencia, búsqueda de pertenencia, lealtad a cambio de oportunidades. Y mientras en EE.UU. se construyen muros y se promueven políticas antiinmigrantes, miles de familias mexicanas siguen viendo en el uniforme militar la única puerta abierta a un futuro digno, lo cual es un espejo de las contradicciones del país que recibe a nuestras y nuestros connacionales.
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