COLUMNA DE HIERRO
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Durante semanas México vive una especie de tregua emocional.
Las calles se llenan de banderas, las diferencias políticas se diluyen por un momento y millones de personas gritan un mismo gol.
El futbol consigue lo que pocas cosas logran: hacer que un país entero mire en la misma dirección.
Pero cuando se apagan los reflectores y el árbitro pita el final del último partido, surge la pregunta inevitable: ¿cómo queda México?
Si la Selección triunfa, el país gana autoestima, confianza y un motivo para sentirse orgulloso. Los mexicanos recuperan, aunque sea por unos días, la convicción de que pueden competir con cualquiera. Esa energía colectiva puede convertirse en un impulso social y económico.
El gobierno también recibe una bocanada de aire fresco. Aunque los goles no los anoten los funcionarios, el ambiente de optimismo suele beneficiar a quienes ejercen el poder.
La ciudadanía asocia el éxito del evento con la estabilidad del país y, en ocasiones, mira con menos severidad los problemas cotidianos.
Sin embargo, el efecto tiene fecha de caducidad.
Al terminar el Mundial, regresan las preocupaciones de siempre: la seguridad, la economía, el empleo, la salud y la política.
Los festejos no pavimentan calles, no reducen la inflación ni sustituyen las políticas públicas.
La verdadera herencia del Mundial no debería medirse solo en trofeos o estadísticas. Debería evaluarse por la capacidad del país para fortalecer su infraestructura, mejorar su imagen internacional, atraer inversiones y demostrar que puede organizar un acontecimiento de talla mundial con eficiencia y hospitalidad.
Al final, la gran victoria sería que el entusiasmo que despierta la Selección se transformara en confianza para construir un mejor país. Porque los campeonatos duran unas semanas, pero las Naciones se edifican todos los días.
Quizá la pregunta más importante no sea si México gana el Mundial, sino si, cuando el Mundial termine, los mexicanos sienten que también ganó México.
eusebiogimeno@gmail.com