En las nubes….

Decíamos.

Ahora ya sin gritos, al menos por tres días, que los refranes y proverbios, por lo demás le parecen al mexicano modelos más apropiados para la incursión filosófica y moralista, que, para la excursión espontánea de la risa, del desahogo y el desenfado, y lo inducen a burlarlos con una poca de rima, y más aún, con un poco de música.

Veamos:

Al diablo, con la rienda,

y a la mujer, con la espuela.

Un tanto ruborizado de esta rudimentaria expresión de machismo, le añade la dosis necesaria de ingenio:

Mi mujer y mi caballo,

los dos murieron a un tiempo;

Mi mujer, Dios la perdone,

mi caballo es lo que siento.

La explosión agresiva se vuelve alegre canto. El refranero da paso al trovador y éste será en adelante el intérprete genuino del pensamiento popular.

Para chismes y campanas,

Zacatlán de las manzanas.

Dos líneas que rezuman el veneno que el mexicano destila para los habitantes de cualquier región que no sea la suya, se transforman en:

Por una manzana, Adán

pervirtió a la especie humana;

¿Qué harán los de Zacatlán

que tienen tanta manzana?

Hay ocasiones, sin embargo, en que el proceso se invierte o se desvía hacia la procacidad, sobre todo cuando se trata de poner en su sitio al majadero que rechaza con insolencia lo que se le ofrece de buena gana:

Al que no le guste el fuste

y el caballo no le cuadre,

que tire caballo y fuste

y vuelva de nuevo tarde.

El refrán es discreto, la versificación, intemperada:

Al que no le guste el fuste

y el caballo no le cuadre,

que tire caballo y fuste

y que le monte a su madre.

Aunque, al final de cuentas, la brusquedad del lenguaje quede atenuada así:

Al que no le guste el fuste

y el caballo no le cuadre,

que tire caballo y fuste

y vaya y venga a la tarde.

El refranero filosofa de la siguiente manera acerca del demonio de los celos:

El que es celoso no duerme,

y si duerme no lo siente.

El versificador aconseja:

No te metas a celoso

duérmete sin sentir

olvídate del coloso

para no dar que decir.

Cuando la pobreza lo atosiga, fenómeno de lo más frecuente –sobre todo en los días que corren-, el mexicano se vuelve estoico:

Echarse platos de hambre

con rebanadas de necesidad.

Y masoquista:

Cuando la pobreza aprieta,

es una felicidad

echarse dos platos de hambre

y tres de necesidad.

Y más tarde, otro día, ofrecemos nosotros, un capítulo más del libro.

craveloygalindo@gmail.com