Jesús te Ampare
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Hay noticias que, por sí solas, invitan al optimismo.
Que en las tres sedes mexicanas de la Copa del Mundo —Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León— los homicidios dolosos hayan disminuido 31% durante junio parece ser una de ellas.
Pasar de 195 asesinatos registrados en el mismo mes de 2025 a 135 en este año representa, sin duda, una reducción significativa.
Son 60 vidas menos arrebatadas por la violencia.
Pero la pregunta obligada es si estamos frente a un cambio estructural o simplemente ante una tregua temporal del crimen.
La experiencia demuestra que, cuando México organiza eventos internacionales, la seguridad suele convertirse en prioridad absoluta.
La presencia de turistas, delegaciones deportivas, medios de comunicación y millones de espectadores coloca al país bajo el reflector mundial.
Ningún gobierno quiere que las imágenes que recorran el planeta sean las de una balacera, un bloqueo o un homicidio a unos metros de un Estadio.
Por ello, las corporaciones despliegan miles de elementos adicionales, incrementan la vigilancia con tecnología, fortalecen los centros de inteligencia y coordinan acciones entre los tres órdenes de gobierno.
Lo que durante años parecía imposible, de pronto se vuelve alcanzable cuando existe presión política, económica y mediática.
Los especialistas consideran que esta disminución puede obedecer precisamente a ese reforzamiento extraordinario de la seguridad.
Sin embargo, también advierten que sería un error interpretar los números como una victoria definitiva.
Las organizaciones criminales suelen modificar temporalmente sus estrategias cuando saben que enfrentan una presencia policiaca mucho mayor, desplazando operaciones o reduciendo confrontaciones abiertas para evitar la atención de las autoridades.
La verdadera prueba llegará cuando termine la fiesta mundialista.
Porque si el descenso en los homicidios desaparece apenas se apaguen las luces de los Estadios, significará que nunca se resolvió el problema de fondo. Solo se escondió debajo de la alfombra durante unas semanas.
En cambio, si las autoridades aprovechan este momento para identificar qué operativos funcionaron, qué zonas respondieron mejor al incremento de vigilancia, cuáles fueron los esquemas de coordinación más efectivos y cómo reaccionó la delincuencia organizada, entonces el Mundial habrá dejado un legado mucho más importante que cualquier resultado futbolístico.
La Seguridad Pública también tiene sus estadísticas, sus tácticas y sus alineaciones.
Si hoy existen menos homicidios porque hubo más inteligencia, más patrullaje, mayor presencia policial y mejor coordinación institucional, la conclusión parece evidente: sí se puede.
Lo que hace falta es voluntad para mantener el esfuerzo cuando ya no haya cámaras internacionales apuntando hacia México.
Porque la seguridad no debería ser un espectáculo reservado para cuando nos visita el mundo. Debería ser una política permanente para quienes viven aquí los 365 días del año.
Al final, la mejor herencia que puede dejar un Mundial no es un Estadio remodelado ni una ceremonia inolvidable. Es demostrar que la paz también puede entrenarse… y que no tendría por qué irse cuando termine el último silbatazo.
ceciliogarciacruz@hotmail.com