CUERNAVACA, MOR.- La pregunta parece sencilla. Sin embargo, detrás de ella se encuentra uno de los desafíos más complejos que enfrenta cualquier sociedad.

La semana pasada, mientras miles de personas asistían a un evento musical organizado bajo la bandera de la paz. La realidad recordaba que la violencia sigue siendo una presencia cotidiana en Morelos.

La paradoja no pasó desapercibida para nadie: mientras se cantaba por la paz, las noticias seguían reportando homicidios.

Pero quizá la discusión está mal planteada.

La verdadera pregunta no es si un concierto puede traer la paz.

La verdadera pregunta es si entendemos qué condiciones son necesarias para construirla.

La paz no es la ausencia temporal de balas.

La paz tampoco es un acto multitudinario, una campaña gubernamental o un eslogan atractivo.

La paz es un sistema social y político que permite a los ciudadanos vivir sin miedo.

Los especialistas en seguridad pública coinciden en que existen al menos cinco condiciones indispensables para considerar que un territorio avanza hacia una paz duradera.

La primera es el fortalecimiento del Estado de Derecho. Donde la ley se aplica por igual, la violencia pierde terreno. Donde existe impunidad, el crimen encuentra refugio.

La segunda condición es la confianza ciudadana en sus instituciones. Ninguna estrategia de seguridad puede prosperar cuando la población sospecha de sus policías, de sus Ministerios Públicos o de sus autoridades.

La tercera es la generación de oportunidades económicas. La paz también se construye con empleo, inversión, educación y movilidad social. Un joven que encuentra oportunidades legítimas tiene menos incentivos para incorporarse a circuitos criminales.

La cuarta es la recuperación del tejido comunitario. Familias fuertes, escuelas funcionales, organizaciones civiles activas y espacios públicos seguros son elementos que reducen la fragmentación social sobre la que prospera la delincuencia.

La quinta es la voluntad política para enfrentar los problemas sin maquillarlos. La paz comienza cuando los gobiernos reconocen la dimensión real de los desafíos que enfrentan.

Morelos posee ventajas importantes para lograrlo. Cuenta con una ubicación estratégica, una población dinámica, Universidades, Centros de Investigación y una identidad comunitaria que sigue viva a pesar de los años difíciles.

Sin embargo, también arrastra problemas estructurales que no se resolverán en un sexenio ni mediante acciones aisladas. La presencia de grupos criminales, la corrupción, la debilidad institucional y la desigualdad social forman parte de una ecuación que exige respuestas integrales.

Quizá por eso los ciudadanos reaccionan con escepticismo cuando escuchan hablar de paz mientras observan que la violencia sigue presente en sus comunidades.

No porque hayan perdido la esperanza.

Al contrario.

Porque saben que la paz auténtica es demasiado valiosa para reducirla a una ceremonia.

La experiencia internacional demuestra que los territorios que logran pacificarse comparten una característica común: la coordinación permanente entre gobierno, sociedad, empresas, Universidades y comunidades.

La paz no se decreta.

La paz se construye.

Se construye todos los días, con instituciones confiables, con justicia eficaz, con oportunidades para los jóvenes y con gobiernos capaces de convertir los discursos en resultados.

Por eso la pregunta sigue vigente.

¿Cuándo llegará la paz a Morelos?

La respuesta quizá sea incómoda, pero necesaria.

La paz llegará cuando deje de ser un evento y se convierta en una política de Estado; cuando deje de medirse por los discursos y comience a medirse por la tranquilidad de las familias.

Ese día, los morelenses no necesitarán que nadie les diga que viven en paz.

Simplemente lo sabrán. eusebiogimeno@gmail.com