Las crisis no solo ponen a prueba instituciones; ponen a prueba liderazgos.

El hecho violento ocurrido dentro del campus ha rebasado el plano penal. Hoy es un asunto político que impacta directamente a la rectora, a la gobernadora de Morelos y al equilibrio interno del poder universitario.

Cuando una agresión ocurre dentro de instalaciones académicas, la responsabilidad penal corresponde a la autoridad investigadora. Pero la responsabilidad política recae en quienes encabezan las instituciones involucradas. En este caso, la rectora no es culpable del delito; sin embargo, es responsable de garantizar que existan condiciones razonables de seguridad en el campus y de conducir con liderazgo a la comunidad en momentos críticos.

El problema no es únicamente el asesinato de la infortunada Kimberly. Es la percepción de vacío.

Dieciocho horas sin comparecencia directa ante la comunidad estudiantil no son un dato menor en un entorno de alta tensión. En política universitaria, el tiempo se mide en confianza. Y cuando el liderazgo no ocupa el espacio público, lo ocupa la sospecha.

La gobernadora, por su parte, enfrenta un dilema clásico de crisis: respaldar institucionalmente a la rectoría o marcar distancia estratégica. Si la situación escala y la narrativa pública se consolida en torno a fallas estructurales de seguridad, el costo político podría ampliarse más allá del campus.

Aquí entra un actor clave: el Consejo Universitario.

En el diseño de gobernanza universitaria, el Consejo no es decorativo. Tiene facultades para evaluar la conducción institucional y, en escenarios extremos, procesar un eventual relevo de rectoría. No es un mecanismo automático ni sencillo, pero políticamente empieza a mencionarse cuando la comunidad percibe pérdida de control.

Sin embargo, antes de llegar a ese punto, la discusión debería elevarse a un plano estructural:

¿Existen controles reales de acceso?

¿Funciona el sistema de video vigilancia?

¿Está profesionalizado el cuerpo de seguridad?

¿Hay auditoría externa en materia de protección universitaria?

Si la respuesta es negativa, el problema no es individual: es de modelo.

La inseguridad es hoy el principal desafío público en Morelos y en el país.

Pretender que un campus pueda operar con esquemas laxos de décadas anteriores es desconocer el entorno actual.

La autonomía universitaria no significa aislamiento frente a la realidad; significa capacidad de adaptación responsable.

Políticamente, la rectoría enfrenta tres caminos:

Resistir y administrar la presión hasta que disminuya.

Reconocer brechas y anunciar una reforma integral con participación estudiantil.

Permitir que el conflicto derive en reconfiguración interna desde el Consejo.

La gobernadora también tiene margen de acción. Puede acompañar una reforma institucional y convertir la crisis en punto de inflexión, o dejar que la narrativa de omisión gane terreno.

En momentos así, el silencio no neutraliza el conflicto; lo expande.

La comunidad universitaria no está pidiendo discursos. Está pidiendo certeza, orden y liderazgo. Si las autoridades comprenden que la legitimidad se reconstruye con decisiones visibles y medibles, la crisis puede transformarse en evolución institucional.

Si no, el vacío seguirá siendo ocupado por la duda. Y en política, la duda prolongada suele tener consecuencias.

gimeno@gmail.com