En Estados Unidos, entre 60 y 70 millones de personas consumen drogas ilegales cada año.
De esos, al menos de 20 a 25 millones ya viven en la adicción.
Y en el corazón de la crisis —los opioides— hay entre 5 y 7 millones de consumidores problemáticos.

Del lado mexicano, las cifras son radicalmente menores.
Entre 150 mil y 200 mil personas integran el núcleo duro de los Cárteles.
Si ampliamos la red —productores, «halcones», transportistas, distribuidores— hablamos de entre 500 mil y 1 millón.
Y en total, incluyendo la economía paralela, el número ronda los 2 millones de personas.
2 millones… frente a 70 millones.
Esa es la proporción real del narcotráfico.

Por cada mexicano dentro de esta economía ilegal… hay decenas de consumidores del otro lado de la frontera sosteniendo el negocio.
Pero el discurso dominante insiste en otra cosa.
Se señala a México.
Se acusa a México.
Se presiona a México.
Se habla de Cárteles, de violencia, de corrupción…
y ahora, con más fuerza, de narcopolítica.
Porque cuando el dinero es tanto, inevitablemente busca poder.
El narcotráfico no solo compra rutas.
Compra protección.
Compra instituciones.
Compra voluntades.
Y entonces aparecen las acusaciones, los señalamientos, los expedientes abiertos desde el extranjero…

como si el problema naciera aquí.
Pero no.
El problema no nace aquí.
Aquí se ejecuta.
El verdadero motor está del otro lado de la frontera.
Y sin embargo, desde Washington se construye un discurso que invierte la lógica:
México como culpable… Estados Unidos como víctima.
Ahí es donde entra otro elemento que rara vez se dice con claridad: el injerencismo.
Porque cada crisis —seguridad, narcotráfico, migración— se convierte en una oportunidad de presión.

Presión política.
Presión económica.
Presión diplomática.
Bajo el argumento de combatir las drogas, se justifican:
– intervenciones en política de seguridad.
– condicionamientos en cooperación
– imposiciones en agenda bilateral.
Y en el fondo, el objetivo es más amplio.
No es solo frenar el narcotráfico.
Es influir.
Es marcar línea.
Es doblegar.
Porque un país bajo presión constante es un país más fácil de alinear.
Más fácil de condicionar.
Más vulnerable a decisiones que favorecen intereses externos.
Y ahí aparece la palabra que incomoda: expolio.
Porque mientras México pone territorio, riesgo y vidas…
el flujo de dinero, armas e intereses estratégicos se mueve en otra dirección.
Y mientras tanto, el tema de fondo sigue intacto:
¿Por qué Estados Unidos tiene decenas de millones de consumidores?
¿Por qué su propio sistema generó una epidemia de opioides?
¿Por qué millones de personas no reciben tratamiento adecuado?
¿Por qué el consumo sigue creciendo pese a décadas de “guerra contra las drogas”?
Esas preguntas no se colocan en el centro del debate.
Porque implican responsabilidad interna.
Y es más sencillo mirar hacia afuera.
Más cómodo señalar a México que revisar las causas profundas dentro de su propio territorio.
Pero la realidad es terca.
Sin esos 60 o 70 millones de consumidores…
no habría mercado.
Sin ese mercado…
no habría dinero suficiente para corromper gobiernos, financiar cárteles o sostener estructuras criminales.
Así de simple.
Así de incómodo.
Por eso, cada vez que escuchemos acusaciones, presiones o discursos que colocan a México como el origen del problema…
vale la pena detenerse un segundo.
Y recordar esta proporción:
Dos millones de mexicanos… frente a 70 millones de consumidores estadounidenses.
Esa es la verdadera balanza.
Y mientras no se reconozca, seguiremos atrapados en una narrativa que castiga las consecuencias…
y protege las causas.
Porque al final, el narcotráfico no se explica por la oferta.
Se explica por la demanda.
Y esa demanda… tiene nombre y dirección. Estados Unidos de América. eusebiogimeno@gmail.com