Oriente Medio es la región del planeta en donde más se habla del amor al prójimo y de la salvación de la humanidad creyente (la prédica de la paz y la justicia, a través de la religión), pero es donde más guerras se registran desde hace varios siglos.

Pareciera una paradoja, pero es parte de la racionalidad de las religiones practicantes cuyos Credos son considerados “verdades absolutas”.

Este 2026, dos de las tres religiones monoteístas han celebrado o celebrarán sus días santos en plena guerra. El Judaísmo conmemora el Pésaj o la liberación del pueblo de Israel de la dominación egipcia, durante la semana del 1 al 9 de abril. Pésaj es la festividad judía que conmemora ese evento central del Antiguo Testamento, relatado en el libro del Éxodo.

El Significado de “Pésaj” (פסח) significa literalmente “saltar por encima” o “tener compasión”. El nombre proviene del momento en el que Dios pasó por alto las casas de los israelitas, marcadas con la sangre de un cordero, durante la décima y última plaga con que fueron azotados el Faraón y su pueblo, ya que aquella noche pasó por Egipto y quitó a todo primogénito, tanto de hombres como de bestias.

La celebración del Pésaj se realiza durante siete u ocho días con el Seder, una cena ritual en la que se lee la Hagadá (que narra la historia del Éxodo), se comen alimentos simbólicos como el matzá (pan sin levadura, que recuerda la huida apresurada) y las hierbas amargas (maror).

Mientras que el Islam, religión dominante en Irán y el mundo árabe, acaba de celebrar el Ramadán, su principal conmemoración religiosa anual, que dura un mes; este año, del 18 de febrero al 19 de marzo. El Ramadán es el noveno mes del calendario lunar islámico y constituye uno de los cinco pilares de esa religión. Durante este mes, los musulmanes practican el ayuno (sawm), que consiste en abstenerse de comer, beber y otros placeres corporales desde el amanecer hasta el atardecer.

El objetivo central del ayuno en Ramadán es alcanzar la taqwa, un concepto que puede traducirse como piedad, conciencia de Dios o autodisciplina. El Corán establece la prescripción del ayuno para alcanzar la taqwa.

En definitiva, el Ramadán no es un mes de indulgencia cuidadosa, sino de disciplina, reflexión y transformación personal. No se trata solo de sentir hambre y sed, sino de entrenar el carácter, fortalecer la relación con Dios y desarrollar empatía genuina por quienes sufren necesidad.

Estados Unidos e Israel iniciaron su incursión contra Irán el 28 de febrero pasado, es decir, en plena celebración del Ramadán, lo que acentuó la creencia popular de que la guerra en curso tiene una condición de “santa” o de sacrificio espiritual. En otras palabras, los iraníes rezaban, en dirección a La Meca y a la mezquita de Omar, cuando sonaron las alertas por los misiles y las bombas aéreas.

Tampoco estas fechas bélicas son algo inédito, pues en otros años las confrontaciones comenzaron en fechas de importancia similar, a través de la estrategia bélica milenaria de tomar al objetivo distraído, con la guardia abajo o en actitud relajada. Las usan por igual militares judíos y Generales árabes.

El Cristianismo, por su parte, empezó a conmemorar la Semana Santa a partir del domingo pasado (de Ramos) y cerrará siete días después, con el Domingo de Pascua, por lo que el Pésaj hebreo coincidirá este año con la Semana Santa del mundo cristiano, la cual ha devenido más como un tiempo de entretenimiento y distracción que como una actividad dedicada a la reflexión y la meditación, que eran su sentido original y originario.

La Pascua es la principal festividad del Cristianismo, que celebra la resurrección de Jesucristo al tercer día después de su crucifixión.

El significado de Pascua, aunque de connotación cristiana, proviene de la misma raíz hebrea (Pascha en griego y latín), evidenciando su origen judío. Sin embargo, su significado cambió para los cristianos: la muerte de Jesús en la cruz es vista como el sacrificio definitivo, el “Cordero de Dios”, que libera a la humanidad del pecado, no de una opresión de carácter terrenal o de los afanes mundanos.

Es importante abordar las coincidencias y diferencias de estas tres conmemoraciones del mundo monoteísta, porque, entre otras razones, son las más practicadas por la población mundial:

Coincidencias

Significado espiritual:

Todas las festividades tienen un profundo significado espiritual y son momentos de reflexión, comunidad y fe.

Rituales y ceremonias:

Cada religión incluye rituales y ceremonias que marcan la importancia de los eventos conmemorados.

Enfoque en la libertad y redención:

Tanto el Pésaj como la Semana Santa cristiana abordan temas de liberación y redención, aunque desde perspectivas diferentes.

Raíz Abrahámica común:

Las tres religiones reconocen a Abraham como patriarca y comparten un sustrato profético común. Pésaj y Pascua están históricamente conectadas (la Última Cena que Jesús celebró fue de Pésaj, que dio origen a la Pascua cristiana); mientras que el Ramadán, aunque posterior, se inscribe en la misma tradición de ayuno y oración que también encontramos en el Judaísmo y el Cristianismo.

Caridad y solidaridad:

En las tres tradiciones, estas festividades enfatizan la ayuda a los necesitados. Pésaj: se invita a los pobres a compartir la cena del Seder. Pascua: en muchos países, se realizan colectas especiales y se reparten alimentos. Ramadán: se incrementa la caridad (zakat) y al final se entrega el Zakat al-Fitr, para que los pobres también puedan celebrar.

Divergencias

Narrativa histórica:

Cada festividad se basa en eventos históricos distintos: la liberación de Egipto, en el Judaísmo; la Pasión de Cristo, en el Cristianismo, y la revelación a Mohamed del Corán, en el Islam.

Duración y celebración:

Varían considerablemente, desde días hasta un mes.

Prácticas específicas:

Las prácticas rituales son específicas a cada tradición, como el Séder en el Pésaj, las procesiones en la Semana Santa cristiana y el ayuno en el Ramadán del Islam.

Estas prácticas religiosas forman parte de la psique colectiva y de la identidad más profunda de nuestros pueblos, y se encuentran tan arraigadas que ni siquiera las guerras pueden desplazarlas ni, mucho menos, exterminarlas.

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