CECILIO GARCÍA CRUZ
“Bullet Machine”
Por Cecilio García Cruz
Jesús Te Ampare
Ejercer el periodismo en nuestro país encarna un acto de valentía cotidiana. No es una metáfora. Es una sentencia.
Por eso, el cortometraje “Bullet Machine”, producido por ARTICLE 19 y Grey México, no exagera: retrata con crudeza una realidad documentada durante años.
Una familia atacada a balazos. Un periodista que escribe mientras todo se derrumba a su alrededor. Una frase que retumba como condena y deber moral: “se tiene que saber”. Esa escena no es ficción; es síntesis.
Las cifras son demoledoras.
En México se registra una agresión contra periodistas cada 14 horas, según datos recientes de ARTICLE 19.
No se trata de casos aislados, sino de un patrón sistemático de violencia que incluye amenazas, intimidación, desplazamiento forzado, desapariciones y asesinatos.
En 2022, por ejemplo, se documentaron 696 agresiones, el año más violento desde que se tiene registro.
Y lo más inquietante: el enemigo no siempre está en la sombra.
Cerca del 40% de las agresiones provienen de autoridades. Es decir, el Estado —que debería proteger— aparece con frecuencia como agresor.
La impunidad termina de cerrar el círculo: la gran mayoría de estos delitos no se resuelven.
Por eso México figura, año tras año, entre los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo en tiempos de “paz”. Organizaciones internacionales lo colocan junto a zonas de conflicto armado.
En 2025, por ejemplo, fue señalado como uno de los países más letales para periodistas, solo detrás de contextos como Gaza, en el Medio Oriente.
El problema no es únicamente la violencia física. También existe una narrativa desde el poder que desacredita, minimiza o ridiculiza la labor periodística. Se les llama “comentócratas”, se les exhibe, se les estigmatiza.
A modo de ejemplo, la gobernadora Rocío Nahle acuñó el pasado 6 de abril el término “nado sincronizado”, que se aplica para descalificar a su gobierno, asevera.
Y cuando el discurso oficial convierte al periodista en enemigo, el siguiente paso suele ser el silencio… o la bala.
“Bullet Machine” no solo denuncia la violencia: expone el costo humano. La familia que suplica detenerse. El miedo que invade el hogar. La tensión entre sobrevivir o informar.
Porque en México, decir la verdad puede ser una decisión de vida o muerte.
Y, sin embargo, muchos siguen escribiendo.
Porque cuando un periodista calla, la sociedad queda a oscuras.
La pregunta no es solo “¿a dónde vamos a parar?”.
La pregunta real es: ¿cuánto más puede resistir una democracia sin periodistas libres?
Por supuesto que el periodismo incomoda, pero cuando se siente amenazado, manotea.
ceciliogarciacruz@homail.com
MESA QUE MÁS APLAUDA
Por Cecilio García Cruz
Jesús te Ampare
En política, el aplauso no siempre es sinónimo de respaldo. A veces es nómina. O peor: coreografía.
“El que paga manda”. La frase no es nueva, pero sigue vigente como regla no escrita del poder.
En tiempos donde la percepción vale más que la realidad, los políticos han perfeccionado una técnica vieja: comprar legitimidad envuelta en números, encuestas y porras sincronizadas.
La democracia convertida en espectáculo. Y el ciudadano, muchas veces, reducido a espectador… o a figurante.
Las encuestas —esas que se presumen como radiografías sociales— han mutado en instrumentos de propaganda.
No todas, pero sí las suficientes para distorsionar el tablero. Se contratan, se ajustan, se difunden. Se pagan para decir lo que el cliente quiere escuchar.
Y luego se repiten como mantra en medios, redes y discursos. Hasta que la ficción parece consenso.
Pero el aplauso comprado tiene fecha de caducidad. No mide convicción, mide presupuesto.
Como en la canción —esa joya tropical salida de Veracruz— “mesa que más aplauda, le mando, le mando…”. za za za.
El ritmo pegajoso no distingue ideologías. Todos bailan. Todos compiten por ver quién suena más fuerte, quién convoca más palmas, quién logra que su mesa —su grupo, su estructura, su clientela— haga más ruido. No importa si el entusiasmo es genuino o inducido. Lo importante es que se escuche.
La política convertida en pista de baile.
En ese escenario, las porras ya no son expresión espontánea. Son estrategia. Se organizan, se trasladan, se alimentan. Aplauden por hambre —literal o simbólica— y ese es el punto más delicado: cuando la necesidad sustituye a la convicción. Cuando el voto deja de ser decisión y se vuelve transacción.
El político demagogo lo sabe. Por eso invierte en aplausos. Porque el ruido confunde. Porque la multitud —aunque sea rentada— genera la ilusión de mayoría. Porque en la narrativa, parecer popular es casi tan importante como serlo.
Pero hay una trampa en esa lógica: el día de la elección no siempre vota la mesa que más aplaude, sino la que más cree.
Y ahí es donde las encuestas maquilladas se estrellan con la realidad. Ahí donde el algoritmo no alcanza, donde la dádiva no convence, donde la coreografía se rompe. La urna no aplaude. Decide.
Hoy, como hace décadas, los políticos siguen pagando por palmas como focas amaestradas, por porras que inflan egos y titulares.
Pero el país real —el que no sale en la foto, el que no responde encuestas pagadas— observa en silencio, y ese silencio, cuando se convierte en voto, suele ser mucho más poderoso que cualquier aplauso.
Porque al final, la mesa que más aplauda… no siempre… es la que gana.
ceciliogarciacruz@hotmail.com
