Jesús Te Ampare
El presidente (con minúscula) López Obrador tendrá que hacer circo, maroma y teatro, para entender los mensajes políticos, claros y contundentes del Presidente Joe Biden (con mayúscula) y del Primer Ministro Justin Trudeau.
Ambos conocen la muy singular forma de ser, pensar, actuar, de manejar e influir por el fango de las mentiras del Conde de macuspana.
Y como su ronco pecho no es bodega, suelta la perorata ocurrente de siempre. Pocos, muy pocos perciben que cada uno de sus movimientos corporales, revelan sus verdaderos sentimientos.
El lenguaje no verbal es más importante de lo que creemos, porque el 93% de lo que transmitimos tiene gran influencia en las relaciones sociales. Es el perfecto espejo de las emociones.
Por ello, las palabras que difunde el “Todopoderoso”, el actor protagónico de las mañaneras, se manifiestan a través de su expresión corporal. Sus mensajes subliminales logran imponer la agenda del día como distractor de la verdadera problemática nacional.
Los buenos comunicadores controlan el discurso a través del cuerpo; otros, como “El Monarca”, tropiezan porque sus gestos, el cambio de posición de manos o brazos y el rostro, manifiestan sus auténticos estados mentales y emocionales.
Hay quienes sí coordinan el lenguaje corporal y su comunicación verbal, por tanto, transmiten buenas sensaciones. Otros caen en el fango de la mentira.
“No voy a permitir que se solape la corrupción de nadie aunque se trate de mi familia. Siempre he hecho de mi vida una línea recta. Estoy dispuesto declarar en la Fiscalía General de la República. Siempre he salido ileso de la calumnia y aprovecho el viaje para aportar pruebas de delitos”, ha sostenido el jefe de la tribu Cuatroté.
Paul Ekman, un psiquiatra prestigioso de la Universidad de California, confirma la importancia del comportamiento corporal, o las filtraciones del lenguaje verbal, para identificar el engaño.
Los movimientos más insignificantes pueden transformarse en una ventana que mira hacia la mente humana.
La expresión corporal nos hace saber en quién confiar y de quién desconfiar; nos dice la verdad más que una monserga alucinante.
Encoger los hombros evidencia una señal universal de no saber qué está ocurriendo.
Las palmas abiertas expresan una señal antigua de honestidad.
Apuntar con el dedo y mano cerrada significa un intento de demostrar dominio.
El contacto visual prolongado, a veces sin pestañear, significa que está mintiendo.
Las cejas levantadas denotan incomodidad.
Uno de los cerebros más asombrosos y brillantes para la maldad, fue el comandante Fidel Castro. Él sabía cómo hablar para cautivar; pero esparcía odios, y todo aquel que propale odios, es considerada persona no grata.
El Dictador poseía las tres manifestaciones de la enfermedad conocida como trilogía: narcisista, sociópata y psicópata; un alma absolutamente atormentada, incapaz de sentir empatía y cariño por alguien. Usaba al ser humano como se puede utilizar algo desechable y después lo descartaba… hasta con la vida.
Joseph Goebbels, uno de los personajes más siniestros y cercanos al Canciller imperial Adolfo Hitler, hizo célebre la siguiente frase:
“Hay que hacer creer al pueblo que el hambre, la sed, la escasez y las enfermedades son culpa de nuestros opositores y hacer que nuestros simpatizantes se lo repitan en todo momento…”
El propagandista más temido del Tercer Reich, dibujó con un lenguaje verbal y corporal, un escenario similar al que hoy enfrenta, con gran dolor, decepción y humillación, el pueblo sabio.
Goebbels, el “enano cojo y diabólico” cayó en el abismo de la conciencia y vivió la más atroz desgracia, hasta su muerte. Se suicidó junto con su esposa y sus seis hijos.
Ahí concluyó la terrible era Nazi.
Biden y Trudeau podrán discernir a través de la expresión corporal si éste expresa la verdad o caerá como siempre en el fango de la mentira.
Vienen con todo para hacer razonar al tabasqueño que no tiene estudios de idiomas, y que con dificultad pronuncia palabras en español.
Nuestro querido México seguirá siendo “el patio trasero de Estados Unidos y dejará de hacerlo hasta que no haya mexicanos que piensen que es necesario “tragar camote”, expresó en su tiempo Adolfo Aguilar Zínser, entonces embajador de nuestro país ante la Organización de Naciones Unidas (ONU).
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