Detrás de las carcajadas, los sustos y el humor negro de «Beetlejuice, el musical» hay una historia de soledad y duelo y que ha tocado al público.

Para Ryan Stajmiger y Leianna Weaver, dar vida al irreverente fantasma y a Lydia Deetz también ha significado descubrir cómo el teatro puede ayudar a sanar heridas y recordar que todos merecemos ser amados.

“Como describe Lydia, él es el hombre más solitario que ha conocido, eso es lo que realmente resuena, lo mucho que él quiere una conexión y todo lo horrible que hace para conseguirla. No sabe cómo interactuar con nadie, solo quiere ser visto y apreciado”, dice Ryan sobre su personaje.

Por su parte, Lydia cuestiona la forma de actuar de Beetlejuice, un espectro al que recurre una pareja de fantasmas, los Maitland, para asustar a los nuevos habitantes de su casa. El plan se complica cuando Lydia lucha por permanecer en el mundo de los vivos y romper el contrato con Beetlejuice.

“Lydia es muy independiente e inteligente. A través de su tristeza y de esta aventura alocada con Beetlejuice, y los Maitland, ella descubre la importancia de las personas que la rodean y de la vida misma”, dice Weaver.

«Beetlejuice, el musical» cuenta la historia de Lydia Deetz, una adolescente que atraviesa el duelo por la muerte de su madre y se siente incomprendida por su padre. Su vida da un giro cuando queda atrapada en el mundo de los muertos. Lydia emprende emprende entonces un viaje para encontrar su lugar en el mundo, mientras descubre el valor de la familia, la amistad y la vida.

“Exploramos la idea de encontrar a personas que te valoren y te amen tal y como eres. Partimos de una familia rota y, poco a poco, construimos otra más grande, en la que incluso Beetlejuice tiene un lugar”, dice Stajmiger.

Ambos temas se entrelazan con la muerte, una presencia constante en la vida de Lydia, quien la contempla con anhelo al inicio de la historia y, conforme avanza la trama, aprende a verla con respeto y desde una perspectiva más cercana a la tradición mexicana, como considera Weaver.

“Lydia tiene una conexión muy profunda con su madre y, a través de ella, con la muerte y con temas como el matrimonio. También crea un vínculo con Adam y Barbara Maitland, quienes se convierten en sus amigos.

“En la cultura mexicana existe una relación muy estrecha con la muerte y con la tradición de honrar a quienes han fallecido; ese es uno de los grandes temas de nuestro espectáculo”, señala Lianna.

La obra, que hoy ofrece su última función en el Centro Cultural Teatro I, ha sorprendido a los actores por los mensajes del público, cuyos testimonios dan cuenta de cómo la historia les ha ayudado a afrontar la pérdida de un ser querido o a mirar la vida desde otra perspectiva.

“Hay personas que nos han contado que este musical les dio el valor y la libertad para expresarse de cierta manera con sus familias. La idea de que pueden ser amadas tal cual son, a pesar de los errores y de las situaciones caóticas o aburridas que atraviesen. Es una historia profundamente humana”, apunta Ryan.

Con Información de El Universal