Jesús te Ampare

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De vez en cuando, la austeridad republicana también hace fila.

En Cancún uno puede encontrarse de todo: turistas extraviados, millonarios discretos, políticos indiscretos y hasta personajes que parecen haber confundido la austeridad republicana con una exclusiva modalidad de vida caribeña.

Pero lo que jamás imaginé fue encontrarme, en una farmacia, con uno de los apellidos más célebres de la 4T.

Todo comenzó de la manera más ordinaria.

Fui en busca de medicamentos para un familiar. Había una fila considerable, el calor de Cancún hacía de las suyas y la paciencia comenzaba a necesitar su propia receta médica.

De pronto, advertí que alguien se había formado detrás de mí.

Volteé discretamente.

¡Sopas

Era el mismísimo José Ramón López Beltrán.

Sí. El hijo mayor de Andrés Manuel López Obrador. El expresidente que convirtió la austeridad republicana en doctrina, la pobreza franciscana en discurso y la condena de los privilegios en una de las principales banderas de su movimiento.

Ahí estaba, con una obesidad que lo hacía respirar con mayor esfuerzo.

Sin reflectores. Sin conferencia mañanera. Sin nadie que gritara: ¡Es un honor estar con Obrador!

Por un instante pensé que presenciaba un acontecimiento extraordinario: la 4T haciendo fila como cualquier ciudadano.

¡Milagro de farmacia!

Reconozco que me asaltaron varias preguntas.

La primera, inevitable:

—Disculpe, joven, ¿la austeridad republicana también se receta o solamente se recomienda para quienes no llevan el apellido López?

La segunda era de carácter inmobiliario:

—¿Es verdad lo que se comenta sobre su vida en las exclusivas torres del Caribe mexicano? Porque una cosa es predicar desde Palacio Nacional y otra muy distinta contemplar el mar desde un balcón privilegiado.

Y una tercera, francamente política:

—¿Qué hay de esos rumores que lo relacionan con las conversaciones sobre el futuro político de Benito Juárez? ¿Son simples especulaciones de café o existe algo que valga la pena aclarar públicamente?

No pregunté nada.

Preferí guardar silencio.

Después de todo, no todos los días se tiene la oportunidad de observar cómo un apellido presidencial se somete a una de las experiencias más democráticas de México: esperar su turno.

Mientras avanzaba la fila, recordé aquella sentencia que su padre repitió hasta convertirla en evangelio político:

“No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”.

Una frase poderosa.

Tan poderosa que merece preguntarse si sus principios alcanzan también a los círculos familiares del poder.

Porque la austeridad, para ser convincente, necesita algo más que discursos. Necesita congruencia.

Y ahí está precisamente el debate que acompaña a José Ramón desde la controversia de la llamada Casa Gris de Houston: la distancia entre la imagen pública de una familia política y las preguntas legítimas sobre su estilo de vida.

Por supuesto, ser hijo de un expresidente no constituye delito alguno. Tampoco vivir cómodamente.

Pero cuando un movimiento político convierte la austeridad en superioridad moral, resulta inevitable que la sociedad examine la congruencia de quienes están más cerca de sus principales protagonistas.

Y entonces se me ocurrió otra pregunta:

—¿La transformación incluye puntos de recompensa, acceso a salas VIP y vista al mar, o esos beneficios pertenecen a un programa distinto?

Confieso que tuve ganas de soltar la carcajada.

Pero me contuve.

No quería interrumpir aquel encuentro excepcional entre el discurso político y la vida cotidiana de un regordete sin causa.

Finalmente llegó mi turno.

Compré los medicamentos y me retiré.

José Ramón permaneció ahí, esperando.

Y mientras caminaba hacia la salida, pensé que la escena merecía una crónica.

No porque un hijo de expresidente entre a una farmacia. Eso debería ser absolutamente normal.

Sino porque en México hemos escuchado tantas veces hablar de austeridad, sacrificio y humildad que hasta una fila puede convertirse en una curiosa metáfora política.

La farmacia vende medicamentos. La política vende discursos. Y la congruencia, por desgracia, no siempre está disponible en el mostrador.

Me fui sin hacer preguntas.

Quizá fue lo mejor.

Al fin y al cabo, para la fiebre hay paracetamol; para la tos, jarabe; para la presión, tratamiento.

Pero para la incongruencia política todavía no inventan medicina.

Y si algún día la inventan, ojalá también la incluyan en el cuadro básico del sector salud.

Porque pacientes sobran.

Y recetas, también.

ceciliogarciacruz@hotmail.com