Jesús Te Ampare 

Durante décadas, la sola idea de una intervención militar extranjera en territorio mexicano fue tratada como fantasía, exageración o propaganda política.

Hoy ya no lo es. El escenario existe, se discute en voz baja —y a veces no tanto— en Washington, y se alimenta de una realidad que México no ha logrado contener: el poder territorial, económico y militar de los cárteles de la droga.

Nadie puede descartar seriamente que el gobierno de los Estados Unidos decida actuar de manera directa contra organizaciones criminales asentadas en México, bajo el argumento de seguridad nacional.

El tráfico de Fentanilo, las muertes por sobredosis y la presión política interna han colocado el tema en la agenda prioritaria del vecino del norte.

Para ellos, el problema ya no es externo: está matando a sus ciudadanos.

Del lado mexicano, la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara: no aceptará ninguna acción que vulnere la soberanía nacional.

El discurso es firme, correcto en lo jurídico y entendible en lo político. Pero la pregunta incómoda persiste: ¿qué tan sólida es la soberanía cuando amplias regiones del país están bajo control criminal de facto?

Los focos rojos no son un secreto. Sinaloa, Jalisco y Tabasco aparecen hoy como los territorios más vulnerables ante una eventual acción extranjera.

No por capricho, sino por su valor estratégico: rutas, puertos, producción, liderazgo criminal y disputas internas que han desbordado a las autoridades locales.

La narrativa oficial insiste en que México es un país soberano y que sus fuerzas armadas son capaces de enfrentar al crimen organizado.

Sin embargo, la realidad contradice al discurso. Cuando los cárteles imponen toques de queda, paralizan ciudades, derriban helicópteros o desafían abiertamente al Estado, el mensaje hacia el exterior es devastador: aquí hay zonas sin control efectivo del gobierno.

Estados Unidos no actúa por altruismo ni por respeto a fronteras cuando siente amenazada su seguridad.

Lo ha demostrado históricamente. Si Washington concluye que México no puede —o no quiere— contener a los grupos criminales que alimentan su crisis interna, la presión diplomática puede transformarse en acción directa, quirúrgica, unilateral.

El riesgo es real, no retórico. Y no se conjura con discursos nacionalistas ni con negaciones automáticas.

Se enfrenta con resultados, con control territorial, con inteligencia eficaz y con un combate frontal a la colusión política que ha permitido que el crimen organizado se incruste en estructuras de poder.

México aún está a tiempo de evitar un escenario extremo.

Porque el reloj no se detiene. Y la soberanía, para sostenerse, no solo se defiende con palabras: se ejerce.

Hay que recordar las palabras de Marco Rubio, el poderoso político más cercano a Donald Trump cuando afirma: “Trump es un presidente de acción, cuando dice algo, lo dice en serio”.

ceciliogarciacruz@hotmail.com