Por Rosa Chávez Cárdenas. – La Doctora Angélica Peregrina Vázquez es Licenciada en Historia y Doctora en Ciencias Sociales por el Colegio Jalisco.
Ha dedicado su vida a los estudios Históricos. Su trayectoria es muy amplia.
Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores del Conahcyt. Delegada del INAH en Jalisco. Investigadora del Colegio Jalisco. Delegada del INAH en Jalisco.
Ha recibido varios premios y reconocimientos: La medalla “Ignacio L. Vallarta” por la UDG; la presea “Hilarión Romero Gil” por la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística; Reconocimiento por Méritos Profesionales por el Consejo Nacional de Cultura Mexicana, entre otros.
Presentó la ponencia “Hidalgo en Guadalajara: los días de la Insurgencia”, en el Museo de las Artes Populares, en los Jueves de Historia y Patrimonio, ante un público conocedor y amante de la historia.
El arribo de Miguel Hidalgo y Costilla a Guadalajara marcó la adhesión que la ciudad más importante del occidente de la Nueva España dio al Movimiento de Independencia. Corría el año de 1810 y desde el mes de agosto las principales ciudades del Bajío estaban convertidas en activos centros de conspiración: militares de Regimientos provinciales, Curas de pequeñas feligresías, Abogados, rancheros, comerciantes y algunos aristócratas se reunían en juntas secretas, fabricaban armas y se ganaban adeptos tratando de organizar una revolución.
Querétaro era el centro de la vasta conjura. Bajo el disfraz de una Academia Literaria se agrupaba a más partidarios de la Independencia que de las letras, quienes se reunían cada vez más frecuentemente.
El objetivo principal del Cura de Dolores, de Ignacio Allende y demás Oficiales Insurgentes era, simple y sencillamente, la desaparición del gobierno peninsular y la creación de alguna forma de Estado americano.
Los Criollos Insurgentes que encabezó Hidalgo planearon organizar un Movimiento que los condujera al poder, en el que participaran únicamente las élites provinciales para iniciarlo en diciembre de 1810 en San Juan de los Lagos durante la Feria que cada año se celebraba allí, a la cual concurrían miles de comerciantes y peregrinos a venerar a la Virgen.
Pero al ser descubierta la conspiración, los planes cambiaron y el Movimiento se anticipó, y para que dejara de ser una empresa exclusiva de Criollos se sumaron los pueblos de indígenas inconformes y desesperados por los perjuicios que la expansión de la agricultura comercial les había acarreado.
La inclusión de los indígenas marcó que al interior del pronunciamiento de Hidalgo se identificaran dos Movimientos: el de los Criollos, de naturaleza urbana orientado a conquistar el poder; y el de los pueblos de indígenas, de carácter rural, que pugnaba por la restitución de tierras, la defensa de las tradiciones y la conquista de algunas reivindicaciones sociales.
De allí que la incorporación de los indígenas al Movimiento, su desbordamiento y el cauce imprevisto que tomó, le dieran un carácter popular y provocaron la desunión de los dirigentes.
El Movimiento de Hidalgo no buscaba la Independencia del reino; era una insurrección que pugnaba por el establecimiento de un autogobierno, cuyos cargos públicos debían recaer en los Criollos y para disipar cualquier sospecha de deslealtad hacia Fernando VII, tal y como lo afirmaron los Realistas y el Clero, los americanos aclararon que la “Nación solo había tomado las armas para recobrar sus naturales derechos y mantener intacta la religión de sus padres”
En 1810 Hidalgo tenía 57 años, en la jerarquía eclesiástica solo había alcanzado la dignidad de Cura, estudiante sobresaliente en el Colegio de San Nicolás, en Valladolid, llegó a ser Rector, Teólogo consumado, Humanista familiarizado con los clásicos y las lenguas indígenas. En su casa de San Felipe Torres Mochas, traducía y representaba para sus feligreses y amigos las principales obras. En 1803 arribó a la Parroquia de Dolores, vivía de su sueldo y de los productos de una hacienda ganadera de su propiedad, llamada Jaripeo, criaba reses bravas y de allí su afición a la fiesta taurina. Se supo de su inclinación por las mujeres y de sus relaciones con la guapa Josefa Quintana, de la que nacieron sus hijas Micaela y María.
El Obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas. desde tuvo noticias del levantamiento, usó la fuerza para exhortar al Clero Diocesano en contra de las ideas revolucionarias. Procedió luego a integrar un Regimiento con Sacerdotes, Seculares y Regulares, Sacristanes y personas devotas, dispuestos a combatir la Insurgencia.
Amenazó con la Excomunión, incluso a Hidalgo y sus seguidores, el castigo más temido por cualquier católico a los que auxiliaran a los Insurgentes y recibieran propaganda revolucionaria.
Los Realistas, cerca de 600 comandados por el rico hacendado Tomás Ignacio Villaseñor, se encontraban próximos a Zacoalco, abandonó la población y acampó en las llamadas “playas de Sayula”. La batalla tuvo lugar el 4 de noviembre de 1810, la cual duró menos de una hora. La noticia del triunfo de Torres corrió con rapidez.
De las poblaciones aledañas a Zacoalco llegaron grandes contingentes dispuestos a luchar. Casi veinte mil hombres. En Guadalajara, la derrota causaba verdadera consternación entre autoridades y vecinos distinguidos, pues consideraban que la ciudad estaba ahora a merced de los insurrectos y en cualquier momento podrían ocuparla. Cuando la conspiración fue descubierta, en lugar de huir, llamó a Misa en la madrugada y convocó al pueblo a luchar por la Independencia. Todos los secundaron
Ante la ocupación de Guadalajara, un grupo de 200 residentes encabezados por el Obispo Cabañas, escaparon despavoridos rumbo a San Blas en busca de refugio, muchos españoles y criollos, poderosos y ricos, permanecieron en la ciudad hasta las últimas consecuencias.
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